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74 Economía LUNES 3 1 2005 ABC JUAN VELARDE FUERTES SETENTA AÑOS DE DURO COMBATE s preciso celebrarlo. Hace ahora exactamente setenta años vivíamos en una España que tenía, en paridad de poder adquisitivo, y con bastante peor distribución de la renta que la que hoy tenemos, un PIB por habitante que era algo menos del 15 del de 2003. O sea, que el conjunto de los bienes y servicios que, como media, correspondían a cada español, era semejante al que hoy tienen Azerbaiján, Lesoto o Ecuador, y un poco menos que el nivel que existe en Siria. Y exactamente hace setenta años, sin que lo percibiese nadie en aquella noche de San Silvestre, un investigador español publicaba en una revista de la Universidad alemana de Kiel, el Weltwirtschaftliches Archiv en su número de enero de 1935, en las páginas 61 a 132, un artículo titulado Der Wirtschaftsaufbau Spaniens und die Problematik seiner Aussenhandelspolitik donde se indicaba cómo salir de aquella penosa situación. El autor, Román Perpiñá Grau, nacido en Reus, dirigía el Centro de Estudios Económicos Valencianos, creado por una de esas inteligentes iniciativas características del empresariado de esa región. Era así posible conocer el camino adecuado gracias al trabajo de Perpiñá Grau. La Guerra Civil que pronto se iba a iniciar lo perturbaría todo, pero desde que en 1941 comenzó a trabajar la Sección de Economía del Instituto de Estudios Políticos y a publicarse por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas en su Instituto de Economía Sancho de Moncada la revista Anales de Economía y en 1943 a funcionar la Facultad de Ciencias Políticas y Económicas de la Universidad de Madrid, este estudio del profesor Perpiñá Grau, comenzó a calar en la opinión científica, en la de los jóvenes becarios del citado Instituto de Estudios Políticos y en la de los alumnos de la naciente Facultad, donde, además, este inves- E tigador impartía entonces docencia. La tarea era ardua, porque se oponía a lo que se puede llamar la sabiduría convencional, o simplemente, la opinión más generalizada. Era general convicción creer que nuestro progreso no podría hacerse de otro modo que con un nacionalismo económico, capaz de cerrar nuestra economía a cal y canto frente a la competencia exterior, al mismo tiempo que se españolizaban todos los capitales extranjeros aquí invertidos, y que se procuraba que fuese también española toda la tecnoestructura de nuestras empresas. Se esperaba, además, que una industrialización así forjada podría hacernos importantes. Claro que para eso, desde 1896, con la Unión Española de Explosivos, se pensaba que en ocasiones vendría bien una cartelización. Además, desde 1907 y la Ley Osma de Azúcares y Alcoholes, se admitía que eso debía apuntalarse con un intervencionismo estatal que sustituyese la mano invisible de Smith por el puño de hierro basado en las decisiones de la burocracia. Complementariamente, a partir del movimiento de las Cámaras de Comercio en el periodo 1898- 1900, derivado de un regeneracionismo en exceso admirado y cuya torpeza queda manifiesta con su oposición a Fernández Villaverde, aparece la exigencia de un corporativismo, que triunfa a partir de 1907, y pasa a convertirse en un punto de apoyo creciente del modelo económico vigente en las etapas de la Dictadura, la II República y la Era de Franco. Así era como, complementariamente se provocan importantes efectos de inflación estructural. Mas la industrialización aun necesitaba más apoyo. Como nos ha probado para siempre Elena San Román, en los Memoriales militares, sobre todo en los de Artillería e Ingenieros, se incuba la idea de crear empresas estatales industriales, vinculadas tanto con las necesidades de la defensa, como con la generación de productos industriales. Esto nos desligaría, se creía, de cualquier dependencia de otro país. Esto es, la liquidación de las importaciones podría ser el fruto sabrosísimo derivado de esto. Conducían a esto realidades como el Consorcio Nacional Carbonero, del Vizconde de Eza; el proyecto de control estatal del petróleo, propuesto por Joaquín Sánchez de Toca, por cierto con cierto apoyo de Flores de Lemus, hasta concluir con la creación de la Campsa en 1927 por Calvo Sotelo, o bien el papel Telecinco y Sacyr entran hoy en el Ibex- 35 en sustitución de Red Eléctrica y Zeltia ABC MADRID. Telecinco y Sacyr Vallehermoso entrarán a partir de hoy a formar parte del Ibex- 35, en sustitución de Zeltia y Red Eléctrica, según el acuerdo adoptado a mediados de diciembre por el Comité Asesor Técnico de dicho índice. Con estas incorporaciones, el índice más representativo de la Bolsa española aumenta su capitalización, ya que las dos empresas que se incorporan valen a precio de mercado cerca de 6.700 millones de euros, más del doble que las que ahora lo dejan, cuyo precio estaría en torno a los 3.200 millones. El valor actual de las acciones de Telecinco supera los 3.600 millones de euros, un 45 más que su precio de salida, mientras que Sacyr, que vuelve al Ibex seis meses después de haber salido, costaría en Bolsa más de 3.000 millones. de la Ley de la Flota de Maura con la consiguiente aparición de la Sociedad Española de Construcción Naval. Tenía ésta una filosofía en la que, por fuerza, vemos una prefiguración del Instituto Nacional de Industria. Todo ello precisaba un respaldo crediticio: tipos de interés baratos, comodidad en las relaciones con sus clientes por parte del Banco de España y, complementariamente, por una banca privada que funcionaba en régimen continental de banca mixta. El conjunto se apoyaba en que nuestra valuta, el duro de cinco pesetas, estuviese al margen de cualquier disciplina internacional. Cuando en la etapa de la II República se buscó esto con nuestra incorporación al Bloque Oro, se hizo a destiempo e ignorando el mensaje del Dictamen de la Comisión del Patrón Oro de Flores de Lemus. Y el mencionado conjunto tenía que coronarse con un sistema fiscal regresivo y petrificado, esencialmente basado en la reforma Mon- Santillán. No era, además, considerado como cosa muy preocupante el déficit desde que se decidió que, a partir de 1917- 1919, con la monetización de la Deuda Pública, era posible que así se facilitase el desarrollo económico. De esta manera se había formado una amalgama gigantesca, que dentro de sí tenía, por supuesto tal cantidad de enlaces que el colosal conjunto dominaba normalmente a todo el que pretendiese deshacer alguna parte de aquella gigantesca realidad. También poseía tal cantidad de contradicciones, que más que al Leviatán de Hobbes se parecía al Behemoth, también de Hobbes, otro monstruo enorme pero dentro del que combaten todas sus partes entre sí. Quien pretendiese orientar la política económica española tenía que aceptar combatir a este Behemoth hispano. Pugna dura, porque este monstruo era omnipresente. Sin embargo, cómo combatirlo es lo que, poco a poco, aprendimos todos de este ensayo de Perpiñá y de sus corolarios casi sin fin. El resultado está ahí. Es nuestro actual bienestar. Pero éste lo inició, al mostrar cómo se podía destruir a ese Behemoth hispano, aquel investigador con aquel trabajo científico. De este modo nació aquel mes de enero de 1935, de modo tan silencioso como inexorable, nuestra actual prosperidad.