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ABC DOMINGO 2 1 2005 Los domingos 59 table anuncio de una ofensiva nacionalista contra el Estado, con un incomprensible sin novedad en el frente Esto significa, en rigor, que el Gobierno se apresta a una reforma de la Constitución en la que no entraría, no podría entrar, el PP. La Carta Magna se cambiaría sin su concurso, verbigracia, mediante reformas estatutarias. El desenlace presunto sería una España confederal, antes de que se agote la legislatura. Pero todo esto empieza a sonar viejo, descolocado, vagamente surrealista. ¿En qué confía en último extremo el Gobierno? Por las trazas, en ganar las autonómicas vascas gracias a un plan de sabor nacionalista cuya generalización haría inviable al Estado en el medio plazo. Y eso sin contar con el consenso de la mitad de los votantes. El proyecto es peor que malo. Es estrafalario. La población española se divide, en este instante, en tres categorías. Sigue habiendo un porcentaje enorme de ciudadanos que no termina de levantar acta de lo que está ocurriendo. Es normal, puesto que no se ha hecho, hasta la fecha, ninguna pedagogía política seria. Aznar, en su etapa última y dogmática, había propuesto la defensa numantina de la Constitución. Pero una constitución no es, meramente, un documento escrito. Consiste en las actitudes que le infunden vida, y las expectativas que genera. Las actitudes, tras el desmarque de los nacionalistas primero, de los socialistas después, han cambiado. Sobre ese documento, desactivado por sus antiguos suscriptores, es por tanto peliagudo a fecha de hoy, y lo será más cuanto más tiempo transcurra, seguir haciendo política. La táctica popular se ha vuelto, ahora, disfuncionalmente conservadora. Pone los acentos, y los remedios, en un escenario evaporado. En cuanto a los socialistas, no se han apeado aún del todo de una de las premisas más dañinas y destructivas de los últimos tres años: la de que el peligro para la democracia viene más del PP que de nacionalistas como Carod. Estas fábulas ayudan al Gobierno a persistir en su táctica actual, y por lo mismo, a no replantearse sus alianzas. Pero no arreglan el problema. Antes bien, lo agravan. Un porcentaje creciente, aunque todavía no predominante de españoles, empieza a sentirse genuinamente alarmado. Y luego están, como he dicho, los políticos profesionales. Perseveran en hacer recuentos finos, como he dicho también, para calcular sus probabilidades en las legislativas del 2008, o una miaja antes si el Gobierno disuelves las cámaras. Son como opositores a notarías que recitan en voz baja los temas... mientras arde el edificio en que se están examinando. El espectáculo es estupefaciente. Una advertencia a los opositores rutinarios. No es verdad que Ibarretxe sea Bossi. No es verdad que su referéndum ilegal se reduciría por fuerza a una payasada, vacua ante una negativa firme del Congreso de Madrid. Si Ibarretxe celebra su referéndum, identificándolo o no con las autonómicas, y Madrid no hace valer su autoridad apelando al uso legítimo de la fuerza, podríamos asistir a un colapso del Estado. La mera celebración del referéndum integraría un acto de soberanía unilateral, y por tanto, la consagración del País Vasco como entidad no sometida al orden constitucional. Hemos entrado en una nueva fase. La aprobación del Plan Ibarretxe, con el apoyo de HB, debería forzar a PP y PSOE a limpiar su agenda, y empezar desde cero Pero todo esto empieza a sonar a viejo, descolocado, vagamente surrealista. ¿En qué confía en último extremo el Gobierno? El presidente Rodríguez Zapatero tendrá que hacer frente este año a una serie de reformas estatutarias que abren incógnitas de todo tipo IGNACIO GIL