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ABC DOMINGO 2 1 2005 Nacional 19 APROBADO EL PLAN IBARRETXE CON LOS VOTOS DE ETA OPINIÓN ÁLVARO DELGADO- GAL EMPIEZA LA FIESTA a está. Ya ha empezado la cuenta atrás para el Plan Ibarretxe. No debe sorprender que HB diera su apoyo al plan. Fatalmente, los vectores de fuerza apuntaban a una convergencia entre los dos nacionalismos. Si no hubiera habido fumata blanca el jueves, la habría habido poco después. Es claro por qué HB precisaba sumarse a la ruptura anunciada por Ibarretxe. Casi extinta ETA, HB no tenía más remedio que recuperar protagonismo y oxígeno poniendo el peso de su cuerpo, y las condiciones que con el tiempo se verán, en el platillo peneuvista. Para el PNV, la situación es una miaja más complicada. Y la ha complicado más la intervención tardía, lateral y profundamente torpe del PSE. En efecto, el plan Guevara, al ocupar de intento los espacios intersticiales entre el constitucionalismo ortodoxo y la voladura de puentes con el Estado, ha obturado la vía de escape que aún hubiera podido restar a un PNV súbitamente arrepentido de sus audacias radicales. Las posibilidades de una rectificación eran, de acuerdo, muy modestas. El plan Guevara las ha reducido a cero. Ello coloca a los partidos vascos, y de paso a los demás, en una situación curiosa. Según la cuenta de la lechera de López y compañía, una porción suficiente de la feligresía nacionalista se arrugará y votará, como alternativa, al PSE. Esta hipótesis se halla abierta a tres objeciones. En primer lugar, no está claro que los socialistas sólo vayan a ganar. A lo mejor no ganan, o pierden por su costado constitucionalista más de lo que ganan por el nacionalista. En segundo lugar, y supuesto que ganen lo bastante para ser los más votados, queda en pie cómo gobernar después. Han cortado con el PP, y sólo podrían formar un gobierno con el PNV si se verifica una revolución en este último y cambia el organigrama de la dirección nacionalista. Procesos difíciles y largos. La tercera objeción es la más importante. Según el guión más popular, Ibarretxe incluirá su proyecto soberanista en el programa electoral. Además enviará, cómo no, un trágala al Congreso de Madrid, que responderá que no. En algún punto, no determinado aún con exactitud, se celebrará un referéndum ilegal. Los que siguen empeñados en que aquí, en definitiva, no pasa nada, quitan pólvora al referéndum- -que comparan a la payasada ensayada por Bossi en Lombardía- y dan por descontado que el no madrileño garantiza la integridad del territorio y la vigencia de la Constitución. Me temo que los nacionalistas intentarán ir por otro lado. En esencia, interpretarán las elecciones en clave referendaria, o si ven flojo al Gobierno, anticiparán el referéndum. Conviene notar que están exigiendo ya la participación de HB en las elecciones. Si se legaliza HB, habrán ganado la batalla antes de librarla formalmente. En un santiamén, se habrá venido abajo lo que resta de Estado. Si no se legaliza HB, y se celebra el referéndum, identificándolo o no con las elecciones, su propia celebración consa- Y graría de oficio la independencia vasca. No sería una consulta sino un ejercicio unilateral de soberanía. ¿Reaccionaría Madrid? Quizá no, si no ha sido capaz de reaccionar antes. El Estado se desharía como un azucarillo en agua templada. El Gobierno, por cierto, está haciendo todo lo que es menester para que el Estado se vea pronto en un auténtico apuro. El Plan Guevara forma un arco voltaico perfecto con las estrategias catalanas. Y no es incompatible con las relecturas de la Constitución que se vienen sugiriendo desde Moncloa últimamente. De resultas, el Gobierno se ha embalado hacia la Confederación. El PP, de un tiempo a esta parte, da señales inequívocas de desconcierto. Su falta de iniciativa en todo cuanto no sea remover los rescoldos del 11- M no se puede achacar a pura desidia. Probablemente, revela una profunda oscuridad de ideas sobre los caminos a seguir en un paisaje cambiante y cada vez menos controlable desde un contexto constitucional en rápida desintegración. Sea como fuere, el PP ayudaría al Gobierno, cómo no, en un trance de emergencia nacional. Pero no establecería con él una alianza duradera si Zapate- ro no se libera de la presa que sobre él ejercen Maragall y ahora el PSE, amén de ERC. O sea, si no se despeja toda veleidad confederalizante. Y éstas son palabras mayores. El Gobierno tendría que invertir toda su estrategia, desdecirse en un 90 por ciento, y aceptar, aunque se eludiera el nombre, el equivalente a una Grosse Koalition coalición que carecería de sentido si no se procediera a una reforma de la Constitución en toda regla, aunque justo en dirección opuesta a lo que ahora se predica. Cambios demasiado grandes, y en tiempo excesivamente corto, para que puedan llevarse a cabo sin un milagro de pericia, mucha generosidad política, y un ejercicio inteligente y enérgico de pedagogía ante la opinión. Por cierto: los dos partidos no se hablan.