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60 Tribuna VIERNES 31 12 2004 ABC M IS últimos viajes en tren- -Murcia, Jerez, Sevilla- seis por tanto, si tenemos en cuenta la ida y la vuelta, los he compartido, en cada caso, con una mamá con niña; no con las mismas, claro, sino con mamás y niñas diferentes, pero con un comportamiento- -y ésta es una de las razones que me mueven a escribir- -no ya similar, sino idéntico. Apenas iniciado el recorrido, una azafata advierte de que se reduzca el tono de voz de las conversaciones y el volumen de los móviles, para cuyo uso se recomiendan las plataformas. Pero ninguna alusión a la mamá con niña. Esta, apenas enmudece la azafata, comienza su actuación, que dura tanto como el viaje; entre tres y cinco horas; porque no reposa, ni por supuesto se adormece. Tal actuación puede iniciarse, por ejemplo, de esta forma: Mamá, quiero pintar Tres palabras que no tendrían importancia si se pronunciasen con normalidad, pero que se gritan de tal modo que, desde el sector marcado como Preferente deben de llegar con claridad a oídos del maquinista. Mamá le entrega un lápiz y un cuaderno. Transcurridos unos minutos, cuaderno y lápiz van a parar al suelo, al grito de ¡Ya no quiero pintar Mamá se levanta, recoge lo que su hija ha tirado y vuelve a su asiento. Es su primera y única intervención, porque a partir de ese instante ingresa en un estado de abstracción y contemplación del paisaje, que debe de conducirla a una sordera progresiva. Todo lo que a la niña se le ocurre decir o hacer desde entonces, irá precedido de tres o cuatro disparos terribles de la palabra ¡mamá! que no hallarán respuesta. Quiero agua MAMÁ CON NIÑA CARLOS MURCIANO Escritor Es su primera y única intervención, porque a partir de ese instante ingresa en un estado de abstracción y contemplación del paisaje, que debe de conducirla a una sordera progresiva Quiero hacer pis ¿Cuándo llegamos? etc. se adoban con caramelos pisados en el pasillo, caídas de escasa gravedad pero provocadoras de un llanto estentóreo, que mamá atiende, cuando se decide a hacerlo, de desmayada manera. Pero, de pronto, mamá recuerda que aquella criatura encantadora es fruto de sus entrañas. Y aprovechando un momento de relax de la pequeña, la atrae hacia sí y la colma de besos. (En ningún caso se le ocurre aconsejarle que amaine el tono de sus voces) La efusión amorosa devuelve a la niña sus fuerzas, en apariencia disminuidas. Lope lo dijo bien: Efectos son del amor, de su infinito poder Y la representación se reanuda. He hablado de actitudes idénticas, pero admito ciertas variantes, aunque no en lo esencial. Eso sí, los viajeros que han tenido la suerte de compartir viaje con la mamá y la niña, guardan un educado silencio, aunque sus miradas y sus susurrados comentarios son elocuentes. La azafata se mantiene al margen. Campo libre. Oigo a la niña decir, esta vez casi llorosa, Mamá, mírame Pero el paisaje- -veloz- -vence. Mi última experiencia de esta índole acabo de vivirla en el AVE Sevilla- Madrid. La niña, a mi espalda, se había anticipado con sus requerimientos a la mamá ajena (ajena a sus requerimientos, quiero decir, porque se trataba de su verdadera mamá) incluso a las recomendaciones de la azafata. La sentía cerca, augurando un confortable recorrido. Un empleado pasó repartiendo auriculares. La niña gritó: ¡Opá! ¿me meto esto en las orejas? Silencio. Y entonces la niña repitió: ¿me meto esto en las ore- jas? (renuncio, por estética, a escribirlo con mayúsculas, que sería lo apropiado) y el tren dio un respingo. De lo que deduje tres cosas: Que en esta ocasión el padre acompañaba a la familia, que debió de decirle a la niña- -porque calló dos minutos- -que se lo metiera en las orejas o en cualquier otro lugar que le placiera, y que al maquinista había estado a punto de darle un soponcio, pero aún hice otro descubrimiento. Cuando a la niña se le ocurrió jugar a Veo, veo probablemente con todo el pasaje, dado cómo se esparció por aquel ámbito cerrado el eco de su propuesta, supe que también iba con ella una hermanita, la cual se atrevió a decir: Yo también juego ¡CALLATEÉÉÉ gritó la niña (ahora no me resisto a usar las mayúsculas) y todos los viajeros enmudecieron e incluso algunos palidecieron. Menos mal que el viaje en AVE es más corto. Porque la mamá, y en este caso el papá, no volvieron a intervenir. No quiero que se me malentienda. Adoro a los niños; y a las niñas, claro; he escrito para ellos una treintena de libros y llevo tres lustros viajando por toda la España peninsular e insular realizando encuentros con ellos; tengo tres nietos varones con los que me entiendo perfectamente, y sueño con que alguno de mis hijos me regale una nietecilla antes de que concluya mi peripecia vital (frase que me resulta deliciosamente elusiva) Pero si tuviera la suerte de poder viajar un día con ella en tren, y empezara a hacer de las suyas, me bajaría en la primera estación- -con ella, claro- le compraría un globo y le mostraría los encantos turísticos de Córdoba. O de Puertollano. Lo juro. OS ciclos en que se mueve la literatura son causa de perpetuo asombro. Stendhal tenía la certidumbre de que su nombre desaparecería de la actualidad literaria para reaparecer después. Seré leído en 1936 dijo un siglo antes. Así fue. Tras un olvido de decenios retornó con fuerza en nuestra era. Algo similar ocurrió con Shakespeare quien, tras ser un autor de moda en el siglo XVI, se eclipsó por completo durante dos centurias para ser redescubierto en el siglo XIX. Marcel Proust nunca ha desaparecido de la vida literaria. Pese a haber sido rechazado por André Gide, quien desechó su obra y se negó a publicarla en Gallimard, logró alcanzar el reconocimiento de su tiempo en su breve vida. Rechazado por su padre- -de fuerte personalidad, profesor de la Facultad de Medicina y miembro de la Academia, Inspector General de Salubridad- consentido por una madre mimosa y permisiva, Proust era un neurótico. Padecía asma, probablemente de origen sicosomático. En la última parte de su vida, tras la muerte de su madre, se encerró en una habitación con paredes de corcho para aislarse de ruidos exteriores. Ese espacio estaba siempre regado con sahumerios e inhalaciones para aliviar sus atribuladas vías respiratorias. Su enfermiza naturaleza lo inclinó a una vi- L EL FIN DE UNA CLASE LISANDRO OTERO Director de la Academia Cubana de la Lengua da protegida, aunque se entregaba a los fastos del abolengo y a los agasajos del linaje. Proust vivió en un país que se enriquecía rápidamente tras el desastre de la derrota ante Alemania en 1871. El Segundo Imperio había asentado las bases para una progresiva industrialización. Tras los avances revolucionarios y las guerras napoleónicas, tras el retorno del absolutismo y el apogeo de la nueva burguesía, los ímpetus elitistas y los afanes aristocratizantes, creaban cenáculos de iniciados, círculos de cerrado esnobismo a los cuales era necesario ascender si se quería alcanzar trascendencia social. Proust fue atormentado por esta movilidad de clases. Su origen judío, en una época en que Francia se sumió en el antisemitismo del affaire Dreyfuss, era un obstáculo a superar. Proust fue un escalador social, siempre quiso ascender dentro de la elite a la que pertenecía por nacimiento. El barón de Charlus y la duquesa de Guermantes son caracteres que emergieron de esas experiencias. Hay dos rasgos de carácter que son contemplados por sus biógrafos: el esnobismo y la homosexualidad. Su rica y culta familia judía, emparentada con Henri Bergson, siempre lo amparó de las vicisitudes de la vida ordinaria. Desde muy joven dio señales de su homosexualismo. Su padre lo envió a un burdel, en un intento para frenarle su opción erótica, y la experiencia fue desastrosa. Tuvo muchos amantes. El más conocido es el compositor Reynaldo Hahn, pero también tuvo relaciones con su chófer Alfredo Agostinelli y con Jacques Bizet, el hijo de George Bizet, autor de la ópera Carmen Como voyeur frecuentaba casas de mancebía para presenciar, sin participación, actos amatorios entre homosexuales. Su inmadurez le hacia ser inconstante: variaba de compañero cada año. Pese a todos sus problemas de salud, y de personalidad, logró la meta que se propuso: usar su memoria como un ánfora que custodiase los olores, soni- dos, climas y proyectos de cada hora transcurrida. Su mentalidad analítica, sus finos poderes de observación, le permitieron que registrara para la historia los trotes y andanzas de una clase social que emergía orgullosa de sus brillos, arrogante por su nueva eminencia. Su galería de tipos dejó un testimonio histórico de un instante de la historia en que Francia llegaba al cénit tras cuatro decenios de opulencia creciente. Fue ese el tiempo donde maduró el impresionismo, la poesía maldita, se incubó el surrealismo y nuevas maneras más audaces de expresión artística. Fue el período de ascenso de las ambiciones colonialistas y de la rivalidad franco- germana. Proust lo vivió de la manera en que debe hacerlo un novelista: absorbiendo las vivencias de cada día en una sociedad grávida de cambios, vibrante por su potencialidad; expresando sus percepciones de manera trascendente con una voluntad de estilo y una ansiedad vehemente de comunicación. El recluso insigne, el asmático feraz, el señorito de sociedad evocador dejó una obra monumental que aún nos sirve para reconstruir una época y vivir junto a él los saraos elegantes de una sociedad que se hundía, sin percatarse, en una guerra horrible y el fin de una clase.