Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC MIÉRCOLES 29 12 2004 La Tercera DON QUIJOTE EN FUERTEVENTURA ICHARD Guston, periodista y escritor sueco, vino a dar con Fuerteventura por recomendación de un deportado del régimen franquista, Barros de Lis, uno de los protagonistas del Contuberbio de Múnich. Hay quien cree que con los Guston, Richard y Lisette se invierte el viaje que Unamuno comenzó al evadirse de Fuerteventura el 9 de julio de 1924 para llegar a París. A sus 80 años, Guston recala en Fuerteventura durante cuatro meses todos los años, desde principios de los 70, recorre todos los días Playa Blanca, el mismo paraíso de arena y azul, la misma playa de Unamuno, viaja leyendo libros por todo el mundo sin moverse de la isla, como hizo Unamuno durante su destierro, como don Quijote por La Mancha. Durante esos meses no deja de hablar con los majoreros que ya son su gente, contándoles sus viejos recuerdos de corresponsal en la guerra de los Seis Días, en la guerra colonial de Argelia o en Mayo del 68, en París, la misma ciudad donde Unamuno corrigió y terminó de escribir De Fuerteventura a París Es su diario íntimo del confinamiento y destierro vertido en sonetos que abrió con una carta fechada en París el 8 de enero de 1925 y dirigida a Ramón Castañeyra, hidalgo caballero de Puerto Cabras y amigo suyo, donde le promete volver a la isla y escribir otro libro que titularía Don Quijote en Fuerteventura con el Gran Caballero recorriendo aquella tierra en camello a modo de Clavileño Pero de Unamuno no sólo quedan los sonetos en la memoria de los majoreros y de la Fuerteventura de hoy, casi un siglo después y sometida a la constante llegada de las pateras de la vecina costa africana, sino una especie de magua de aire vivo que flota en la conversación de los isleños que siguen leyendo a Unamuno, sobre todo entre los hijos y nietos de quienes fueron sus amigos y confidentes durante el destierro. En esa memoria viva está el episodio de Miguel Velázquez, en su casa de Casillas, a pocos quilómetros de Puerto Cabras, cuando llevaron a Unamuno para que se conocieran. Desengáñese, don Miguel, usted y yo sabemos que sólo hay tres migueles importantes en la historia de España: Miguel de Cervantes, Miguel de Unamuno y Miguel Velázquez le dijo el eufórico majorero, dejando fuera de la Historia a Primo de Rivera. Fue la primera vez que algunos ilustres majoreros vieron brillar la intensidad colérica y contenida de los ojos claros y nada serenos de Unamuno. Y es parte de la misma memoria majorera que se confabuló en un secreto a voces para que el escritor tuviera, como escribe Elías Rodríguez, su evasión quijotesca por la bahía de Caleta de Fuste, cuatro meses más tarde de haber llegado a Fuerteventura deportado por el régimen del dictador Primo de Rivera, el mismo que unos meses antes había expulsado de España a la escritora Mercedes Pinto por haber pronunciado un discurso alabando el divorcio como medida terapéutica para la sociedad De modo que Unamuno dejó en la isla lejana no sólo raíces de roca sino raí- R Unamuno dejó en la isla lejana no sólo raíces de roca sino raíces en la roca y casi un siglo después la insoslayable silueta de su pétreo busto y su mirada de claros ojos penetrantes ces en la roca y casi un siglo después la insoslayable silueta de su pétreo busto y su mirada de claros ojos penetrantes destaca sobre las tierras rojas en la soledad rural de Montaña Quemada. Territorio de personajes silenciosos, entreverados y quijotescos, nebulosas leyendas y paciencias de novelas todavía por escribir y codificar en la literatura española, desde Mafasca a Tindaya, desde Puerto Cabras a Gran Tarajal y Jandía, la isla que fuera la del destierro para Unamuno, primero, y después para Barros de Lis, Álvarez de Miranda y Miralles, es ahora por paradoja del tiempo puerto de esperanzado abrazo con la vida para cientos de africanos que escapan del destierro al que los han condenado sus propias patrias, para llegar al mundo a través de un viaje suicida muchas veces y quijotesco siempre, como el unamuniano, de Fuerteventura a París, Madrid, Barcelona, Roma, Berlín. En un reciente viaje a Fuerteventura recorrí todas las mañanas los mil metros de paraíso salvaje de Playa Blanca, a veces junto a Richard Guston, otras junto a la memoria de Unamuno y sus raíces de roca. Durante esos días, el viento africano, enfrentado a los alisios naturales en las islas, trajo por mar, nadando en sus pateras de algas sobre la cara del agua, la plaga de langosta que recuerda la cercanía de esta última Thule canaria con el continente africano. En las orillas de arena de la unamuniana Playa Blanca, Guston me señaló los restos exhaustos del bíblico ejército volador, de color rojizo fuerte en la última parte de su vida, que llegaba a la isla para devastarla toda. Al mediodía, guiado por Miguel Sánchez Velázquez, el boticario nieto de aquel Miguel, uno de los tres más importante de la Historia de España y Elías Rodríguez, maestro, recalamos en la conversación y las sombras de Unamuno junto a Jorge Kanes, alemán, teólogo, ex sacerdote (y creo recordar que obispo) discípulo de Ratzinger en Tubinga, pero sobre todo gran lector en alemán y en español. ¿Qué hace aquí, por qué no vive en Alemania? La respuesta, como casi todo en Fuerteventura, es parte de un relato por escribir, un cuento real tal vez lleno de esquinas y recovecos, plagado de misterios humanos más que divinos que Jorge Kanes, anclado en su especial pacto con la vida, sugiere y deja entrever a cuentagotas, pero no cuenta del todo, sino más bien casi nada. En Lajares, al norte de la isla, muy cerca del Cotillo y Corralejo, nos recibió Jorge Kanes, protagonista de la novela de su vida. En la puerta de la casa, junto a su mujer alemana, nos acogió con la inmensa sonrisa de un fugitivo surgido de las páginas de Stevenson, con el aspecto físico muy cercano a lo Paul Breitner como me hizo ver Miguel Sánchez Velázquez. Y en La Marisma, junto al mar y la arena del norte majorero, Kanes me confesó que se había varado allí por voluntad propia, en una casa a la que había bautizado con el nombre de Corazonada en homenaje a Unamuno y Don Quijote. Porque me dijo sin dejar de sonreír, contiene las tres palabras más importantes de la lengua española para esos dos héroes, que también son majoreros: corazón, razón y nada Añadió, para mi asombro, que había leído el Quijote de Cervantes ocho veces en alemán y una en español que también había leído los sonetos de Fuerteventura escritos por Unamuno y que lo primero que hacía en la isla al levantarse por la mañana era servirse un café, bebérselo a sorbos y ponerse a estudiar gramática española durante una hora Con la disciplina marcial y las ganas de saberlo todo de un alumno que trabaja para matrícula de honor. Para que no me quedaran dudas, se arrancó en voz alta el teólogo alemán con la definición unamuniana y quijotesca de su destino en Fuerteventura, al final de la tarde, escrutando el color plata de la mar en el crepúsculo majorero, más allá del paisaje todavía virgen del Castillo de Corralejo: Duerme la mar y calla, duerme el viento, duerme en el lento olvido al fin la herida del agravio y con ella el pensamiento; cual de carcoma que en el alma anida siento el susurro del remordimiento de haber ligado a una misión mi vida J. J. ARMAS MARCELO Escritor