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34 Madrid MARTES 28 12 2004 ABC MADRID AL DÍA HERODES IGNACIO RUIZ QUINTANO ecuérdase hoy la matanza de Herodes, que, según los cálculos estadísticos más pesimistas, debió de ser de cuatro o cinco niños, aunque tampoco es cosa de ponerse a discutir por un niño arriba o un niño abajo la figura del tetrarca de Galilea, que bien poco importa al laicismo reinante. Puestos a recordar, ¿recuerdan ustedes aquel diálogo en una comisión de investigación de la Asamblea de Madrid entre el diputado comunista Machota, el de la inmobiliaria, y el diputado popular Beteta? Machota: ¿El señor Tamayo era Bellido Dolfos, siguiendo el mandato de doña Urraca para asesinar a su hermano el rey Alfonso en los muros de Zamora? Beteta: ¡Sancho, Sancho! Hay que estudiar un poco. Machota: Me es igual. Pues Sancho. Es que yo no fui a clases de Religión. He aquí un ejemplar de laico que lo que no se perdió, a juzgar por su patrimonio, fue una sola clase de matemáticas. Lo malo de los laicos es que están tan ocupados en amasar sus dineros que no tienen tiempo para gastar, no un duro, sino una broma. Hasta el apagón laico que nos ha traído la alcaldía de Gallardón, el día de los Inocentes lo pasaban los madrileños gastando bromas, y el periodismo clásico consagró esa tradición en sus portadas contra el parecer del periodismo de progreso, que también las gasta, pero más adentro. Una de las más audaces que se recuerdan es la del espía Paesa, que se embromó a sí mismo publicando su propia esquela: Falleció en Tailandia el 2 de Julio de 1998, donde fue incinerado. Las misas gregorianas que durante todo el mes de agosto se celebren en el monasterio cisterciense de San Pedro de Cardeña se aplicarán por su alma y para confortar a los que lo llevamos en el corazón. Mas ya dijo don Emilio García Gómez que el progreso en Occidente parece consistir en la tendencia a la vertical: el espía Paesa, en efecto, se puso en pie y salió corriendo. Sólo que García Gómez hablaba de otra cosa: de cómo de sentarse en el suelo en almohadones la civilización se pasó a las sillas. Va a haber que encargarles algo sobre este asunto a Eva Lootz y Andrea D Odorico. R DIMES Y DIRETES ANTONIO SÁEZ DE MIERA PRESIDENTE DE AMIGOS DEL GUADARRAMA DE LA SOCIEDAD PEÑALARA UN SUEÑO INOCENTE N o me lo podía creer, pero era cierto, lo estaba viendo con mis propios ojos. Nos encontrábamos en un lugar indeterminado del monte. No sabría decir si era el puerto de la Fuenfría, la Morcuera, Navafría, el valle del Lozoya, el Malangosto, el Montón de Trigo, los Siete Picos, la Maliciosa... No sé con precisión dónde estábamos pero sí que era un día claro, limpio y frío, y que las cumbres aparecían blancas en contraste con el verde de los pinares. Todos nos conocíamos, sabíamos por qué y para qué estábamos allí. Éramos amigos y compañeros que compartíamos sensaciones, sentimientos y preocupaciones, también preocupaciones. Podríamos discutir infinitamente sobre los detalles, pero respirábamos un acuerdo esencial en el fondo del asunto. Había mucha gente, pero pude reconocer a Juan Vielva, Fernández Caveda, Paco Cantó, Diego Labourdette, Juan Andrés, Gonzalo Sáenz de Miera, Pepe Hurtado, Enrique Hidalgo, Antonio Guerrero, Adolfo Garrido, Juan García, Valentín Quevedo, Julio Vías, Luis Asín, Jorge Arranz, Carlos Bravo, Oliva, Santiago Martín... Formaban un coro vigoroso y entusiasta dirigido por Martínez de Pisón al que la sie- rra respondía con ecos de agradecimiento. Aquel día algo importante iba a ocurrir, sin que supiésemos exactamente de qué se trataba y cuáles serían sus consecuencias. El caso es que todos nos hacíamos responsables. Por el sur, llegaban juntos Aguirre y Gallardón, no con la sonrisa forzada y engañosa de congresos y plenos, sino con la franca naturalidad de los excursionistas que saben lo que hacen y lo que quieren, e hicieron un sitio en su coche a Romero, el alcalde de Cercedilla. Acudía también la ministra Narbona con la alcaldesa de Rascafría, ambas con cara de buenas noticias, y, por su cuenta, fueron llegando los alcaldes de los pueblos serranos madrileños. Por el norte llegaba el presidente de Castilla- León con los alcaldes de Segovia y de la Granja y, al poco tiempo, hicieron su aparición otros alcaldes de los pueblos segovianos con un grupo de dulzaineros dirigidos por Antonio Lucio y ganas de fiesta y aire puro. Había motivo para todo ello. Algo nacía y teníamos que celebrarlo y darle nombre. La sierra tenía el suyo, Guadarrama, y también lo tenían sus lugares, pero nos dábamos cuenta de que todo eso no era suficiente. Teníamos que cuidar la sierra de nosotros mismos. Era el día de la inauguración del Parque Nacional del Guadarrama. Se decidió que no habría discursos, y todos nos sentimos aliviados. Sería sólo un día de fiesta, de canciones y bailes; ninguno de los que allí estábamos nos sentíamos obligados a expresar nuestro amor por la sierra. Algunos debieron quedar desconcertados, porque debían tener algunas palabras escritas o soñadas para tal momento, pero aquel era un día especial, y no era cuestión de decir y escuchar cosas innecesarias. A los alcaldes se les veía felices y contentos; en algunos momentos, cuando miraban hacía el sur, se hacían cruces al ver algunos pequeños desastres urbanísticos, pero eso era ya el pasado. Pecadillos a la mar, decían, y se quedaban arrobados mirando las cumbres, los valles y los ríos de su querido Guadarrama. Los consejeros de Medio Ambiente de Madrid y Castilla y León no cabían de gozo; lo veían todo muy claro, diáfano, desaparecía el localismo y el interés partidista. Todo era la Sierra. Nada que no fuera la protección a conciencia del Guadarrama preocupaba a la diversa y dispersa fauna que allí nos habíamos juntado. Todos intuíamos que aquello que estábamos viviendo no sería igual cuando volviésemos a nuestros trajes cotidianos, pero lo que allí estaba sucediendo no tenía vuelta de hoja. Lo que sucede una vez, deja huella, sienta precedente, abre el horizonte. Era un acontecimiento que teníamos el deber de recordar una y otra vez para que no desapareciesen sus mejores intenciones. Estaba tumbado, semidormido, bajo los tibios rayos de sol de este frío mes de diciembre. Sólo había sido un sueño inocente.