Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
64 Tribuna LUNES 27 12 2004 ABC yo sin enterarme, enfrascado como estaba en las planchas de mi último grabado. Hasta hoy, fecha en que esto escribo, extraño día de Navidad en que un común amigo, también pintor de la vieja guardia- -de los de pincel aún, que diría Juan- -después de desearme lo mejor y todo lo demás propio de estas fiestas, ¡qué ironía! como el que no quiere la cosa me da la mala noticia. Este Madrid puñetero... Qué equivocado andaba aquel profesor de provincia, concretamente de Badajoz, no importa el nombre, aunque lo sé, cuando le aconsejó a Juan que olvidara la pintura, para la que no lo hacía capacitado. Triste historia que, inevitablemente, me recuerda la de Einstein, al que otros suspendieron en física o matemáticas, si mal en su caso con razón, de no estar igualmente yo en el error. Pero aún más los que le negaron la famosa Beca de Bellas Artes de la antigua Diputación pacense, que uno sí obtuvo por fortuna lustros más tarde, no sin dejar los cadáveres de mis oponentes a mi alrededor, pues ridícula y criminal idea aquella de que todo hubiera de ganarse por oposición. En la correspondiente a él, hizo al parecer Barjola un dibujo surrealista que, lejos de ser entendido, causó su perdición. Síntoma de que el entonces jovencísimo hijo de Torre de Miguel Sesmero se hallaba ya documentado, mientras los del jurado nadaban en la ignorancia o probablemente en la complejidad. Estas cosas me las contó muy serio Juan en el Manila en unos de esos arranques íntimos de manso acaloramiento a los que era dado de tocarse estos asuntos que tanto supusieron para su ánimo (y futuro) y pesó siempre sobre su conciencia; como en las nuestras, conocedores de su talento y tales hechos tan dolientes como incomprensibles. Ello obligó a Juan Barjola a ser de por vida artista autodidacta. De los más sabios, por cierto, como bien podemos apreciar en todo lo que hizo. De vocación clara, férrea y a prueba de fuego, ya lo vemos, vino a Madrid Y EN LA MUERTE DE JUAN BARJOLA EDUARDO NARANJO Pintor a la aventura y con lo puesto. Pero eso sí, repleto de ganas de saber y de ilusiones, imaginamos. Exactamente igual que marchara en sus tiempos a Roma el de Fuendetodos toda vez de habérsele negado, en dos ocasiones el pensionado de la Academia de San Fernando a dicho sitio; con la diferencia de hacerlo con los dineros de algunos maños, como él, amigos pudientes. Se alojó Juan, por lo que oí, en una de aquellas pensiones económicas y deprimentes en general o humilde casa de su periferia: en Carabanchel, tengo entendido, donde viviera tanto tiempo. ¡Qué valor, y cuánta soledad! pienso hoy. Al menos los que estudiábamos teníamos a los otros compañeros desheredados, llegados como nosotros de lejanos rincones y de la pobreza, pero alumbrándonos los unos a los otros y en la esperanza de poder encontrar sendas y salidas. De sobras inteligente, a falta de escuelas recurrió a los maestros de El Prado, de los que todos en verdad y a la postre aprendimos, incluidos los que tuvimos formación académica; y a alimentar su inspiración de cosecha propia, supongo, a través de las ilustraciones del arte moderno en libros y revistas, en esos tiempos escasos y de pésima calidad. Así debieron de aparecer los iniciales monstruos o seres amorosamente deformados de Barjola: niños o adultos desvalidos, desvencijados sus cuerpos e insólitos rostros de rictus doloroso, silencioso y desolado, y putas desarmadas, sin los encantos de las chicas Playboy o finas de hoy, apetecibles a rabiar, pero oliendo al sagrado semen de la auténti- ca pintura: todos y todo salvados por tan hermosas formas, matices y texturas en composiciones sublimes ¡He aquí el don y el milagro que convierte en bello aun lo más horrible! Vi los primeros Barjolas en las salas de nuestro Ateneo, recién integrado yo, a la edad de diecisiete años, en la de San Fernando. A él le conocí personalmente en 1964, en la Nacional de Bellas Artes- -pocos años más tarde desaparecida- donde acudía yo por primera vez con tres grabados y el cuadro La Noche, trágico (expresionista) y de tonos grises y miel. Él tenía dos soberbios, como salidos de un Goya de las pinturas negras resucitado, pero nuevo y distinto, que me estremecieron. Desde aquel glorioso instante nunca perdí de vista sus obras, que llegué a admirar al extremo de influir en las mías durante algún tiempo, antes, por supuesto, de emprender mi recto camino realista perdurable hasta hoy. Lo que no impidió la admiración y respeto mutuos entre los dos. Extraordinario ejemplo, pues, el nuestro que ojalá tengan en cuenta los jóvenes de ahora y del futuro. El arte es único aunque varíen nuestras formas expresivas según somos, irrepetibles. Particularidad ésta sin la que el arte no existiría, o sencillamente no sería Arte. Volví a ver a Juan a finales de los sesenta en su exposición de Biosca, galería a la que ambos pertenecimos. Se mostraban en ella sus llamados cuadros Nazis que, sueltos, de planos inmensos, desgarrados y rotundamente denunciadores, nos hablaban ya de un pintor diferente; y algo después en otra de las nacionales, la de 1968, en la que esta vez yo presentaba Movimiento sísmico y Los Sanfermines, pinturas también neofigurativas o expresionistas de tamaños descomunales, tal vez- -tenía yo tan sólo veinte años- -por eso de llamar la atención. Fue el año en que por fin le dieron la primera medalla a Barjola. A esa etapa bélica, altamente significativa, sucedieron las de sus espléndidas tauromaquias o de figuras aisladas y solitarias, que también seguí de cerca, en las que al fin la luz y brillantes cromatismos deleitan nuestras miradas. Juan Galea Barjola (simplemente Barjola para sus colegas y adictos) ha sido, es y seguirá siendo uno de nuestros artistas contemporáneos más singulares. Creador nato, y de escuelas, con mundo, estilo y sello propios, jamás se repitió salvo en la inconfundible manera de sentir expresar el drama que, como su imagen exterior asimismo tan especial, llevaba él consigo, y es lógico. Caen en otro tremendo e injusto error los que estrechamente le relacionan con Bacon, sin duda también lobo solitario de enorme singularidad y valía dentro del arte actual. Portaban almas, conceptos y modos pictóricos desiguales, aunque ciertas trágicas formas de entender la vida representada, así como de distribuir sus espacios compositivos, los semejara. Sí influyeron en Barjola- -afloran casi siempre, y a veces descaradamente, en sus pinturas, dibujos y gráficas- -Goya y Picasso: elección que evidencia su exquisita sensibilidad y sabiduría al hacer lo aprehendido de ellos suyo. Era Juan Barjola trabajador empedernido, incansable. Con un algo de fuerza primitiva (y de primitivo él mismo) y sin embargo culto y abierto a la modernidad. Más aún: reflejo de ella para los demás indispensable. Y en estos tiernos y dulces días, lo cual contradicción, cuesta creerlo, igual que lo hicieron otros genios, se nos ha ido, dejándonos, menos mal, sus obras, a las que amó por encima de todo y para las que vivió. T ODO viaje diseñado por ocio suscita el optimismo: no te moverías de tu sitio si no creyeras que en el lugar a donde te diriges te sentirás mejor, o hallarás algo favorable o novedoso, o al menos te habrás alejado de lo que te amenaza. Todo viaje así mejora y purifica la visión del lugar que se visita, merced a una voluntad dispuesta a encontrar interesante lo que contempla la retina. En cambio, el viaje emprendido por obligación y urgencia despoja al itinerario de su atractivo, puesto que ni los ojos van dirigidos a contemplar el paisaje ni hay una predisposición del alma para apreciar sus virtudes. En el primer caso, cualquier imprevisto que rompa el orden de la ruta es una aventura; en el segundo, es un sobresalto. Los siglos XVI y XVII fueron la época de los grandes descubrimientos, del estupor y de la epopeya, del plus ultra sin saber si el siguiente paso iba a hundir al navegante en el abismo. En el XVIII, marcado por la Ilustración y los afanes científicos, el hombre se dijo: Ya sabemos cómo es la forma del mundo. Vea- VIAJES EUGENIO FUENTES Escritor mos ahora qué crece dentro que nos sirva de provecho El siglo XIX fue el de los últimos exploradores de ríos, porque junto a los ríos siempre se han asentado las civilizaciones, desde el Tigris y el Éufrates que rodeaban el Paraíso, al Nilo, al Danubio o al Sena. Y en el siglo XX los grandes viajeros parecen haber perdido la fe y el entusiasmo por conocer a los demás hombres de la Tierra. En su lugar, buscan descubrir lugares duros y deshabitados: los desiertos y los picos más altos de la tierra, el Sáhara y el Gobi, el Everest y el Karakorum. ¿Y en el actual siglo XXI? Se diría que ya somos demasiados sobre la exhausta y recalentada Tierra, que estamos de- masiado cerca unos de otros y que, por tanto, casi resulta inevitable que terminemos haciéndonos daño. Es el espacio exterior el que espera mientras los telescopios lanzan tentaciones irresistibles: resulta casi imposible contemplar algo ahí fuera y no sentir el impulso de ir a conocerlo. Quizá dentro de no mucho tiempo todo esté dispuesto para lanzarse a navegar por el líquido amniótico del vacío. Pero mientras llega el futuro, seguimos viajando por aquí abajo, aunque el miedo al terrorismo, las tensiones provocadas por las guerras y los avances de las tecnologías hayan modificado la concepción del viaje. Si ya apenas se filman road movies ni se escriben li- bros de peripecias en las carreteras es porque todo el mundo lleva un móvil en el bolsillo, porque las autovías están llenas de teléfonos de socorro y de áreas de servicio y porque cada minuto pasa un coche a quien pedir ayuda. Todo está hoy bajo control en el mundo occidental y no hay lugar para la aventura, de modo que el verdadero viaje hoy no consiste en cruzar el Amazonas o la Antártida con un GPS y media docena de satélites que te están fotografiando para ver si te caes y con un servicio de mensajería urgente para llevarte una tirita. El verdadero viaje de aventuras está en cruzar un país del Tercer Mundo visitando ciudades fanáticas o hambrientas, o, en algún caso, también aquí, en nuestro país, al cruzarlo de una esquina a otra en un día de frenesí vacacional, entre algunos semejantes enloquecidos en su particular túnel de velocidad. El riesgo del viaje no está en los cocodrilos, ni en los osos, ni en las serpientes venenosas, sino en algunos semejantes desesperados o camicaces que entran acelerando en una autopista en dirección contraria.