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ABC LUNES 27 12 2004 Opinión 7 JAIME CAMPMANY No sé cómo va a arrancar Zapatero del Archivo de Salamanca unos papeles que ni el alcalde ni el pueblo quieren que se lleve nadie LA TORPEZA DE ZAPATERO E da una circunstancia, fea, enredosa y además inquietante en ese contencioso que enfrentaal Ayuntamiento de Salamanca y la Junta de Castilla y León, de una parte, con la Generalidad de Cataluña y el mismísimo Gobierno de la Nación, de otra, a propósito del Archivo de los documentos de la Guerra Civil. El pleito no se mantiene dentro de los límites naturales de un asunto cultural, histórico o jurídico. Si así fuese, se hallaría una fórmula de solución. Peroun pleitoque no debería habersobrepasado esos límites naturales, históricos, jurídicos o culturales, se ha convertido de repente en un debate de carácter político y amenaza con adquirir encono de pelea entre dos Comunidades, la castellana y la catalana. Es comprensible que Cataluña quiera conservar en su poder la parte de los papeles de ese archivo de la Guerra Civil que afectan a su territorio. Y es también explicable que Salamanca no quiera descuadernar y desguazar un Archivo tan importante como el que conserva desde hace muchos años, cuyo valor máximo consiste precisamente en su integridad. Ha sido la locura reivindicativa de ese personaje nefastollamado Carod- Rovira lo que ha traído a la actualidad española un nuevo conflicto casi inexistente para unir a los muchos que ya le lleva planteados desde ese partido de los quatre gats y de los cuatro mil problemas. Y ha sido la torpeza estelar, tan egoísta como bobalicona, de Rodríguez Zapatero lo que ha hecho de un debate pacífico entre Comunidades, perfectamente superable, una pelea entre pueblos que amenaza con discurrir por caminos y sucesos indeseables. Zapatero ha concedido a la Generalidad de Cataluña la parte que pide de los documentos de Salamanca, sin buscar una fórmula de entendimiento, por ordeno y mando, y de la forma más fea, o sea, como precio político para seguir comprando los votos de Esquerra Republicana. El propio Carod ha confirmado que los documentos los ha conseguido él a cambio de los votos de Esquerrapara aprobar los PresupuestosGenerales del Estado. Mal asunto. Mala manera. Mala política. Y mal talante. La Junta de Castilla y León se ha apresurado a asegurarse por norma legal la posesión de los documentos, y el Ayuntamiento de Salamanca ha declarado de manera terminante que los papeles del Archivo no van a salir de donde se guardan. Unos expertos nombrados por la expertísima ministra de Cultura Carmen Calvo, ésa que cree que Cervantes vivió en Argel en una finca de recreo, dictamina el derecho de los catalanes, y el director de la Academia de la Historia, Gonzalo Anes, que es experto de verdad y que para su prestigio y fortuna no ha sido nombrado por la nesciente ministra, aconseja no deshacer el Archivo. Lo que yo no sé, ni me imagino, es cómo va a arrancar Zapatero del Archivo de Salamanca unos documentos que ni el alcalde ni el pueblo quieren que se lleve nadie. Los ejemplos de la Historia son elocuentes. Lo mejor es dar los documentos al Lazarillo para que los esconda por si el Gobiernomanda por ellos aRubalcaba con Telesforo Rubio. Y es que este Zapatero es la órdiga. Todo lo que toca se descoña. S JUAN MANUEL DE PRADA La desmembración del Archivo de Salamanca supone el desmantelamiento de una realidad histórica que, para ser comprendida cabalmente, debería mantenerse íntegra, como expresión nítida de lo que fue aquella maquinaria represora EL ARCHIVO DE SALAMANCA N más de una ocasión, mientras escribía Las esquinas del aire, acudí al Archivo de la Guerra Civil de Salamanca. Consultando aquellos legajos, tan exhaustivos en su repertorio de recortes de prensa, cartas manuscritas o mecanografiadas, documentos privados y públicos (la burocracia de la muerte es metódica, concienzuda, parsimoniosa como la confección de un herbolario) pude asomarme al horror de la maquinaria represora, cuyos engranajes trituraban vidas sin inmutarse, como la rueda de molino tritura el grano y lo convierte en harina. Aquellos miles de nombres que componían el catastro de la represión eran la harina humana sacrificada en una de las épocas más sombrías de nuestra Historia. Y aquel Archivo de Salamanca se erigía en memorial de aquellas vidas desbaratadas, aventadas, sometidas a perpetua inquisición y sospecha. La desmembración del Archivo de Salamanca supone el desmantelamiento de una realidad histórica que, para ser comprendida cabalmente, debería mantenerse íntegra, como expresión nítida de lo que fue aquella maquinaria represora. Las naciones adultas se distinguen por su capacidad para enfrentarse al horror de su pasado sin ñoñerías revisionistas o atemperadoras; también por su fortaleza para anteponer el interés colectivo sobre los intereses particulares. Quienes solicitan desde Cataluña el retorno del patrimonio expoliado (esto es, dicho sin proclamaciones enfáticas, la restitución de documentos incautados por la maquinaria represora franquista) están reclamado, a la postre, un insensato derecho a torcer o tergiversar el sentido de la Historia. Pues, aun entendiendo que en la petición de dichos documentos se cifre un anhelo legítimo, debería prevalecer el deber de preservar la naturaleza de lo que fue concebido como un gran centro represor. En el mantenimiento E de ese Archivo tal como fue concebido se cifra el mejor y más sincero homenaje que podemos tributar a la memoria de sus víctimas. Una comisión de expertos acaba de evacuar un dictamen que, al auspiciar el desmantelamiento del Archivo de Salamanca, legitima la tergiversación de la Historia. Algunas de las conclusiones de dicho dictamen delatan la mala conciencia (que en algunos será bellaquería y en otros mero atolondramiento) de los citados expertos: ocurre así, por ejemplo, con la superflua y un tanto irrisoria expresión de repulsa dirigida contra los hechos que dieron origen al Archivo; expresión de repulsa que, aparte de constituir un brindis al sol, debería actuar como argumento inatacable de la preservación del mismo. La Historia está hecha con la argamasa de sucesivos expolios, rapiñas, latrocinios y usurpaciones; ponernos ahora a disociar los ingredientes de esa argamasa, convirtiéndonos en apóstoles de la restitución, equivale a negar sus enseñanzas. ¿Qué ocurriría si mañana la Iglesia reclamara la restitución de los bienes que le fueron arrebatados durante la desamortización de Mendizábal? ¿Y si el Islam reclamara la restitución de los templos y palacios que le fueron usurpados durante la Reconquista? La Historia no puede ser sometida a operaciones de cirugía plástica; sus lacras y deformidades forman parte del barro del que estamos hechos. Me sorprende que esa comisión de expertos haya promovido con su informe un dislate histórico de tal magnitud. A la postre, tal dictamen demuestra la condición precaria del intelectual español, siempre supeditado a las veleidades políticas de turno, siempre temeroso de la intemperie que le aguarda si contraría los designios del poder, siempre dispuesto a comulgar con ruedas de molino, con tal de no desairar al que manda. Que no es Zapatero, precisamente.