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ABC LUNES 27 12 2004 La Tercera TREGUA DE NAVIDAD AMOS a tomarnos un pequeño descanso y suspender hostilidades y denuestos durante algunos días. En fin, una especie de pacto de no agresión para no amargarnos las fiestas Los más avispados, también los peor intencionados, pensarán enseguida que estamos ante una grave situación de conflicto y casi en peligro de extinción de lo cristiano, y que si no ponemos ojo avizor a los acosos que se ciernen sobre nuestra fe y costumbres cristianas nos quedamos a la intemperie. Cuando el río suena, algo debe de llevar. Pero hay que estar bien precavidos, no sea que por estar atentos al lodo descuidemos la abundancia de aguas limpias que corren por el río. No es tregua para el reposo, sino para trabajar más en favor del respeto mutuo, la comprensión, el diálogo, la reconciliación y la búsqueda sincera, inteligente y justa del bien común. Siempre habrá que permanecer vigilantes para que la tregua no se convierta en una trampa, en un timo que puede robar las esencias de aquello en lo que creemos y vivimos, en un camuflado cepo que nos atrape y ya no nos deje mover en el futuro. Ni la tregua es olvidar temporalmente el denuesto ni acomodaticio armisticio para declinar responsabilidades. Mucho menos, anestesia y placebo para descuidar ineludibles obligaciones. La tregua no puede ser interpretada como relajación y apostasía implícita que pretendiera debilitar la fortaleza y la constancia que han de ser imprescindibles acompañantes del hombre de fe. Más que un período de tiempo, esta peculiar y necesaria tregua es un estilo, una manera de vivir que marca el comportamiento y las ideas, las preocupaciones y esperanzas. A pesar de los muchos pesares de la frivolidad, el consumismo y otros adornos más o menos interesados, el tiempo de Navidad, llamado por algunos con la ambigua y un poco vergonzante expresión de las fiestas sin apellido alguno, nos pone ante el espejo de nuestra propia imagen. Suelen aparecer, en este tiempo navideño, algunos valores- ¡perdón! prefiero decir virtudes- -y convencimientos que tenemos aparcados en los sótanos de la indiferencia, el egoísmo y el mal humor. Llegan estos días y es como si esos sañudos carceleros aflojaran un poco el entrecejo y consintieran en que saliera, burlando censuras de timideces y cobardías, lo mejor que hay en cada persona y que trata de compartirlo, aunque nada más que sea por unas horas, con gentes a las que querría apreciar más. Hipocresía de la fina, dirán algunos. Desde luego, pero no la de los días de Navidad, sino la del resto del año. Porque la persona muestra su autenticidad cuando de verdad aparece tal como es, sin tapujos ni falsas vergüenzas, sin jugar a ser niño malo para complacencia de abuelos un tanto bobalicones. El tiempo de Navidad puede ser ese catalizador que ayuda a que se produzca la reconciliación del hombre consigo mismo, con su imagen, con sus más profundas y auténticas esencias. La tregua es, pues, con uno mismo. Dejar las armas V Hay otra tregua que deseamos: la de la paz en el país en el que naciera Jesús. La situación lleva muchos años estancada, dicen los obispos del lugar, y requiere acciones destinadas a acabar con los sufrimientos de judíos, cristianos y musulmanes, que han llegado a una situación de incapacidad para resolver el conflicto y violencias del autodesprecio de la propia bondad y aceptar esa inapreciable condición humana del poder ser libre. El mal, en todas sus formas, es la cárcel más oscura y tenebrosa. Es difícil salir de ella. Pero la nobleza de la generosidad, del perdón y del amor fraterno puede hacer el milagro. Pero atención, porque también aquí puede haber una tregua trampa, que no es otra que la de querer ocultar cualquier rendija por la que pudiese entrar una luz que proviniera de otras fuentes que no fueran las simples y exclusivamente humanas. Nada de Dios, en definitiva. Es una trampa, pues, como decía Pablo VI, el hombre puede organizar el mundo prescindiendo de Dios, pero si así lo hace, al fin acaba construyéndolo contra el hombre. También sería una tregua trampa el pensar que, por unos días, debemos aparcar los asuntos que nos preocupan. ¡Con la que está cayendo! No se trata de olvidar la situación, sino de aprender, con el espíritu de Navidad, a buscar los mejores caminos para el entendimiento y la solución. Desde luego, por los caminos de la justicia y el derecho, que son los únicos que llevarán a la paz a los hombres de buena voluntad. A la cena de Navidad- -al espíritu de Navidad- -se acude para quedarse. No puede ser algo ocasional y de cumplimiento forzado por circunstancias y compromisos sociales y familiares. No se puede hacer de discípulo 13 que come y desaparece. Esto del discípulo doce más uno es relato oído en versiones distintas y se refiere al pintor que había recibido el encargo de hacer un cuadro de la última cena del Señor. En lugar de doce discípulos, pintó trece. Al llamarle la atención por el error, el artista comentó: no se preocupe usted, el discípulo 13 cena y desaparece. Borró la figura del discípulo sobrante y dio ocasión a uno de los pentimenti que haría las delicias de los historiadores del arte. No es una simple tregua, ni un entretenimiento de temporada. Para nosotros, como cristianos, es tiempo de reencuentro con Jesucristo, días para hacer memoria de su presencia en el mundo. Una Navidad sin Cristo no tiene sentido. Todo quedaría en fiestas, evasión, consumismo y nostalgia. Con Cristo y la fe es tiempo de gracia y favor de Dios para encontrar el verdadero camino de la esperanza, y, en definitiva, de la felicidad. Más como enredo que como actitud de tolerancia positiva de diálogo interconfesional, suele aparecer cierto paternalismo amparador de la pluralidad de creencias que, en el fondo, suele quedarse en relativización de todo y falta de consideración para lo religioso. Tenemos que celebrar nuestra Navidad en paz, sin la matraca cansina y pretenciosa que intenta quitarle sentido al calor religioso de unos días santos y entrañables por muchos motivos. Ya tenemos bastante con estar invadidos y colonizados por un sinfín de adornos que nada tienen que ver con nuestra cultura y nuestras tradiciones religiosas. No sé si la palabra recuperar sea la más adecuada para expresar un sentido deseo de vivir con autenticidad los días de Navidad. Se recupera lo que se ha tenido y ya no está bajo nuestro dominio. Ciertamente, la Navidad no es propiedad de nadie. Es la fiesta de Cristo y de los cristianos y así queremos vivirla. Que los demás quieran acompañarnos, bienvenidos sean. Su presencia honra nuestra mesa con la amistad y el respeto a lo que celebramos, que no es otra cosa que la memoria del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. Hay otra tregua que deseamos: la de la paz en el país en el que naciera Jesús. La situación lleva muchos años estancada, dicen los obispos del lugar, y requiere acciones destinadas a acabar con los sufrimientos de judíos, cristianos y musulmanes, que han llegado a una situación de incapacidad para resolver el conflicto, bloqueados por una violencia cruel e irracional. No se trata de tomar partido por una parte o por otra, sino de encontrar el camino de la reconciliación y de la paz para todos. CARLOS AMIGO VALLEJO Cardenal Arzobispo de Sevilla