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70 Tribuna DOMINGO 26 12 2004 ABC A Navidad ha sido durante siglos como un simple rumor, sencillamente. Durante otros tantos siglos, parece que, cuando los hombres se percataron- -y se percataron muy pronto aquellos hombres primitivos capaces de pintar hermosuras con tanta delicadeza como sabemos- -de lo trunco y frágil de su naturaleza, y veían que hasta el sol les abandonaba al comienzo de invierno, pero que un día comenzaba a llamear y a enseñorear el día de nuevo, tomaban confianza, y, al final, dedujeron que el sol era invencible, y entonces todo podía continuar. Y fue aquél un sentimiento y una expresión tan fundantes que la Iglesia del siglo IV echó mano de ellos e instituyó la fiesta de la Natividad de Cristo en ese solsticio de invierno, porque el sol era solamente el candil de los días, como la luna el de las noches, y el Sol Invicto realmente había nacido un día, y en un lugar concreto, en una aldea bajo administración romana, y en los tiempos de Augusto. Y tal fue el rumor que incendió al mundo: Hubo una vez un niño que nació en un pesebre. Era el Señor del Mundo, y venía a rasgar los tiempos en un antes, y un después. Y por ello la historia tendría ya un sentido, fuesen lo que fuesen luego esos tiempos; y, por llenos de estruendo y furia que estuviesen, desembocarían en una prima y soberana mañana. Había ya en el mundo más de lo que había, y, entonces, ¿cómo no iba a incendiarse el mundo? Los hombres se alzaron con la conciencia de una dignidad desconocida porque ya no serían nunca una cualquier cosa más del mundo, y a los paganos cultivados les maravillaba que las gentes social, política y culturalmente más despreciables entonces, si eran cristianos, se mostraban con una calma, un peso, una alegría, un señorío y unos modales aristocráticos que resultaban incomprensibles. Aunque otros hombres, los del poder, se irritaban ante ese hecho, y especialmente ante el rumor mismo de que un niño había nacido en un pesebre, y las gentes sencillas habían ido allí, habían visto, y se habían alegrado. Y se inquietaban irremediablemente, porque nada hay que L UN RUMOR, CASI UN SUSURRO JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO Escritor. Premio Cervantes El Sol Invicto realmente había nacido un día, y en un lugar concreto, en una aldea bajo administración romana, y en los tiempos de Augusto empavorezca más a un poder de este mundo que lo débil y lo frágil, el susurro, la alegría. Curzio Malaparte observó, e hizo observar, muy sutilmente que un enfermo, un viejo, un handicapé, una muchacha de la calle, un mendigo, eran presencia insoportable para un nazi, le aterraban; y así es, efectivamente, porque el poder político puede extender su potencia y administrar el terror y la muerte, que es algo que está en su naturaleza, pero es absolutamente impotente ante la debilidad, y esto es lo que explica que resultara tan obvio y necesario enviar a esos seres, a los que se negaba la plenitud de su condición humana- -sin calidad de vida- -a los hornos y a los campos de hielo para exterminarlos: pero a todos, porque debería desaparecer la amenaza de una sola presencia, una mirada, un susurro, una alegría. Y, desde luego, nadie que tuviese un yo, y tan desmesurado, además, que entendiese que ni la muerte puede acabarlo, debería quedar a salvo; porque lo cierto era, y es, que está conciencia del yo se había levantado al socaire de aquel rumor de que hubo una vez un niño que nació en un establo. Pero el rumor prosiguió, pese a todo; y prosiguieron la dignidad y la ale- gría. Por lo menos durante dieciocho siglos después de aquel singular nacimiento en un establo, hasta las fechas del XIX y el XX, que son las fechas en las que comenzó a decidirse que resultaba intolerable y vergonzoso que el poder y el imperio de nuestros conocimientos, nuestras conquistas, nuestra plenitud de dioses o de césares pudiera admitir en modo alguno que el simple susurro acerca de lo ocurrido en aquel establo sobreviviese. Es decir, tornaba a alzarse el miedo del rey Herodes, el miedo del nazi, el miedo del comisario político, el miedo de que en lo real haya más que la realidad, porque ése es un plus que no puede controlarse. Es decir todavía ahí el nacimiento de un niño en un establo, sin que los servicios sociales estén al tanto, no es concebible que se produzca en la modernidad. ¿Inconcebible? Ésta es la corrección política, la realidad es que ahí siguen, incólumes, la extrema pobreza y la debilidad. Y también la indebida alegría. La verdad es que ni siquiera se ha renunciado a la fuerza e incluso o la violencia para soterrar aquel rumor del que vengo hablando, y no puede decirse que sin eficacia, porque, sin ir más lejos, se calculan en más de cien millones los cristianos o recordadores del rumor en cuestión que han muerto como víctimas de islámicos y comunistas, en el recién pasado siglo XX, en medio del silencio más cuidadoso de un mundo que cotillea a diario cualquier cosa. Pero, en general, es a los poderes culturales de este mundo a los que se ha encomendado el entierro del viejo susurro o recuerdo del niño nacido en el pesebre. Lo que pasa es que, ante la ironía radical de este hecho, esos pode- res quedan encerrados en un dilema igualmente irónico, tanto si trata, por un lado, de silenciar aquel rumor de que hubo una vez un niño que nació en un pesebre, en el silencio de la noche y de la historia entera, como si trata, por el otro, de expulsarlo mediante la irrisión, porque la debilidad, la esperanza, la alegría, y el rumor de que somos algo no puede ridiculizarse; sólo aplastarse, para, sobre su ruina, pretender levantar otros rumores sobre un tiempo nuevo de plenitud y el nacimiento de una nueva historia de Granja Feliz. Sólo que ¿de dónde sacaría al mundo el cuestionamiento del mundo desde el propio mundo, y cómo aplastaría un susurro? Hay algo patético, algo infantil, algo desesperado, algo delirante, algo trágico, y algo simplemente necio en esta empresa, como lo había en la inauguración del Tiempo Nuevo que pretendió levantar el calendario de la Revolución Francesa, tras haber tiroteado los relojes de los campanarios para parar el tiempo antiguo, y también el rumor de aquel niño nacido en un pesebre. Incluso si a este tour de force se llama laico, como si este asunto de lo laico no fuera sino otro más de los osados pensamientos que pudieron tenerse precisamente con el incendio que en el mundo se produjo, y como una más de las muy serias consecuencias para la historia de aquel nacimiento casi clandestino; y por esto es, por ejemplo, por lo que Karl Jaspers decía que todo intento de teocracia cristiana lleva siempre en su entraña una bomba de relojería, que, a su hora, estalla; pero que de bombas de éstas no dispone el mundo para las mundocracias. Porque, por lo demás, incluso en la Granja Feliz de ganado adoctrinado por los acomodadores sociales, es indudable que un día, alguien, si ocurre una desgracia a su lado, alzará la cabeza, sentirá com- pasión en lo que le quede de su ánima, y, echará una mano. Y entonces, no dejará de volver a resonar el rumor antiguo y soterrado, que Hegel creía que el tiempo iría haciendo inaudible, y entonces inevitablemente será la Nochebuena y una mañana para el mundo. E STAMOS trabajando en tu ciudad reza el letrero, en mayúsculas. Y debajo, en minúsculas: Perdonen las molestias Lo que están haciendo es cambiar el pavimento de las aceras, molestia que no entiendo ni perdono, pero dejemos a un lado este aspecto de la cuestión. El cartel me interesa como síntoma. Quien lo firma, una Consejería municipal de larguísimo y rimbombante nombre que tampoco hace al caso, demuestra no saber cómo tratar al ciudadano a quien rinde sus servicios, si de tú, o de usted. La primera, al tutearnos y dirigirse a nosotros en singular, como si fuera consciente de que las víctimas somos individuos a los que hay que tomar de uno a uno, resulta un poco agresiva. Tiene también un matiz publicitario, no sólo por el tamaño de PERDONEN LAS MOLESTIAS AGUSTÍN CEREZALES Escritor las letras, sino por el aire de eslógan que respira la frase, y de nuevo por el tuteo, del que tanto usan y abusan los publicistas, en su afán de captar a una clientela potencialmente juvenil, a la que se supone desenfada o mal educada, sin respeto propio ni ajeno, y en consecuencia sin necesidad de miramientos ni demás zarandajas en la convivencia. El añadido, en pequeñito, del perdonen las molestias vendría a ser como una tímida rectificación de la actitud inicial, poco conforme con lo que se espera de un organismo público. El salto al plural redunda en lo mismo: ya no se dirigen a cada uno de nosotros, con quienes se han atrevido a tomarse la confianza, sino a una entidad más vaga y acaso temible, que podría identificarse con la opinión pública. Primero te insultan, y luego te acarician. ¿Exagero? Sí, exagero, pero eso no quita que el cartel siga siendo significativo. Hay quien piensa que los tratamientos de respeto empezaron a desaparecer en España con la guerra civil, que unió a todos en la cuneta del dolor, y otros juzgan que fue la eclosión de la democracia lo que, como un viento fresco, barrió el rígido envaramiento de antaño. Lo cierto es que ya en la literatura del Siglo de Oro abundan las anécdotas y episodios donde la cuestión del tratamiento se evidencia problemática. ¿No será que los españoles llevamos sin resolver este asunto prácticamente toda nuestra historia, que nunca hemos sabido tratarnos unos a otros, que no tenemos normas, costumbres claras al respecto? De ahí, sin duda, la falta de naturalidad, o el exceso- -pues también la naturalidad puede ser excesiva, es decir, artificiosa- -que tantas veces se da en nuestras relaciones. Puede que sea un asunto nimio, pero hay asuntos nimios, chinas en el zapato, que causan grandes cojeras. Como las zanjas, por ejemplo, en mitad de la calle.