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ABC VIERNES 24 12 2004 La Tercera UN CUENTO DE NAVIDAD E L camino descendía hasta el arroyo y luego se adentraba en el bosque, con sus árboles altos y su misteriosa profundidad. La hierba, protegida por las frondosas ramas, siempre parecía allí empapada de rocío y las flores la salpicaban formando pequeños grupos que cabeceaban con la brisa. Era entonces cuando Marta le empezaba a escuchar. Primero sus pasos leves y el ruido que hacía entre las ramas al moverse y, luego, el sonido delicado y profundo de su respiración. Llevaban dos semanas así. Al principio, Marta había sentido miedo, pues aquel era un lugar muy solitario y, de haber necesitado ayuda, nadie habría escuchado su llamada de auxilio, pero enseguida supo que no corría peligro y que la criatura que acudía a su encuentro no quería hacerle ningún daño. Puede que estuviera tan asustada como ella. Un día empezó a verle. Se trataba de un ciervo macho. Era muy joven, pues apenas le habían crecido los cuernos, y la miraba fijamente con aquellos ojos redondos que parecían bañados en miel. Marta hacía ese camino para ir a por leche, y decidió darle de beber. Vertía un poco de leche en la tapadera de aluminio y se retiraba unos pasos, pues no quería imponerle su presencia. Cuando volvía, la leche había desaparecido. Una vez regresó antes de tiempo y le sorprendió mientras bebía. Era muy hermoso y, antes de huir, alzó su cabeza perfecta y con los belfos manchados de leche se la quedó mirando un instante, como si le dijera que ella también pertenecía a aquel lugar, que era parte del bosque. Marta no hablaba con nadie de estos encuentros. En realidad no tenía muchos amigos. Su padre había muerto en la serrería y vivía sola con su madre, que tenía que trabajar a todas las horas para que pudieran tener de comer y un poco de carbón para la estufa cuando empezaban los fríos inviernos. Se pasaba el día sin apenas salir de casa. A la escuela no la gustaba ir pues los otros niños se reían de ella. Era por lo del pie. Había nacido con un pie extraño que más que un pie humano parecía la pezuña de un animal. Pie equino, ese era el nombre que le daban los médicos. Tenía que llevar unas botas especiales, unas botas que valían una fortuna y que muchas veces, para que no se la estropearan, se quitaba y llevaba en la mano. Cuando llegaba al bosque, sobre todo, le gustaba quedarse descalza, pues nada amaba más que el contacto de sus pies desnudos sobre la arena y la hierba. Una noche, estando en su casa, sintió ruidos y, al asomarse al exterior, vio al ciervo. Le había seguido hasta el pueblo y permanecía con los ojos fijos en su ventana, aunque al ver encenderse la luz enseguida desapareció en la oscuridad. Hubo más noches como esa. Marta se asomaba a la ventana y veía al ciervo merodeando por los alrededores de su casa. A veces se acercaba a la puerta y la abría muy despacio, tratando de aproximarse a él, pero el ciervo huía invariablemente Primero fue aquel sonido extraño que de pronto le salía de la garganta, y que interrumpía el curso de sus palabras, llenándola sin embargo de una indescriptible felicidad. Luego, la creciente dureza de sus manos y pies y aquella pelusilla que se extendía por todo su cuerpo, oscureciendo su piel cuando se daba cuenta. Marta se metía entonces en la cama y pensaba en lo que tenía que ser poder seguirle sin que le tuviera miedo. Y en esos sueños siempre se veía a ella misma como un pequeña cierva que corría feliz al lado de su amigo. Entonces empezaron las transformaciones. Primero fue aquel sonido extraño que de pronto le salía de la garganta, y que interrumpía el curso de sus palabras, llenándola sin embargo de una indescriptible felicidad. Luego, la creciente dureza de sus manos y pies y aquella pelusilla que se extendía por todo su cuerpo, oscureciendo su piel. Además, sus sentidos se agudizaron. Iba por el bosque y percibía sonidos y olores en los que nunca había reparado. El ruido que hacían sobre la arena las patas de los conejos, las carreras de las perdices entre las espigas, la respiración acechante y agónica de los búhos. Una de esas tardes, el ciervo no se apartó al verla y estuvieron caminando juntos a varios pasos de distancia. Al día siguiente aún le dejó acercarse un poco más y así, apenas una semana después, Marta pudo caminar a su lado y hasta acariciarle y abrazarse a su cuello. Y eso fue lo que empezaron a hacer, se encontraban en aquel lugar solitario y se internaban juntos en el bosque, que se abría ante ellos como un jardín nuevo en el que todo parecía por estrenar. Fue entonces cuando Marta desapareció. Todos la estuvieron buscando hasta que dieron con sus vestidos y sus botas, y pensaron que la habían matado los lobos. Y así pasó el verano y llegó un nuevo otoño y un nuevo invierno. Hacía ya mucho frío cuando el guardabosque se encontró una tarde con un leñador en lo alto de la colina. Se conocían desde hace muchos años, y siempre que se veían aprovechaban para hablar un rato y fumarse juntos un cigarrillo. Había caído la primera nevada y las ramas de los árboles estaban cubiertas de nieve. Una suave brisa las hacía mecerse como grandes bandejas de espuma. A lo lejos vieron un ciervo. ¿Te has fijado? -Es el ciervo del Bosque Negro. Se ha transformado en un hermoso ejemplar. El ciervo lanzó un fuerte bramido y una delicada cervatilla emergió de la maleza y se acercó hasta poner el hocico sobre su lomo. Se fijaron que cojeaba levemente. -Sí- -dijo el leñador- y parece que ha encontrado una compañera. -Me alegro por ellos. El invierno es largo y duro y podrán darse calor y complementarse. Unos kilómetros más abajo, a esa misma hora, un chico y una chica paseaban por el parque de su pequeña ciudad. Eran muy jóvenes, y la chica llevaba un libro bajo el brazo. Como era Navidad, habían puesto hileras de bombillas entre las ramas de los árboles. Las luces brillaban sobre la nieve como pequeñas islas sonoras. Todo estaba en silencio, pero era a la vez como si escucharan a su alrededor una música muy dulce. Los chicos se sentaron en un banco. Llevaban gorros y guantes de lana, y el frío no parecía importarles pues se reían por cualquier cosa. Sus alientos formaban una nube de vaho alrededor de sus cabezas, como si fuera la vida que les sobraba. Estaban enamorados. La chica abrió el libro y estuvo buscando algo en sus páginas. Su cara parecía una luna pequeña bajo la gran luna blanca que flotaba en el cielo. -Fíjate lo que pone aquí- -le dijo a su amigo, señalando con el dedo una frase- Conviértete en otro por amor a mí. Y, mirándole fijamente, le preguntó llena de dulzura. ¿Tú crees que es posible? GUSTAVO MARTÍN GARZO Escritor