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74 Tribuna JUEVES 23 12 2004 ABC H ACE meses recibimos la noticia del suicidio de un niño que no soportaba las amenazas de sus compañeros de colegio. Es un hecho sorprendente, pero para los profesores de las escuelas e institutos es todavía más sorprendente ver cómo la sociedad se escandaliza ante este hecho, cuando desde hace años se viene denunciando el problema. Un suicidio es un caso extremo y escandaloso, pero suceden hechos graves todos los días. ¿Cuántos niños y jóvenes no habrán sufrido y estarán sufriendo situaciones similares? Ni los profesores lo pueden saber con certeza. Comparándolo con los conflictos familiares, donde si grave es maltratar a las mujeres, más grave es el maltrato a los niños- -porque es mayor la indefensión- podemos imaginar la gravedad del problema. Porque si algunos alumnos pueden amenazar, insultar y agredir a profesores, en un clima de absoluta impunidad, ¿qué podrán hacer con sus compañeros? Para resolver este problema hay que empezar a escuchar la palabra de los profesores. Uno de los más reputados expertos de la formación del profesorado afirmó hace un par de años que los profesores exageran los problemas de violencia en los centros; para este experto no existe en realidad problema de violencia, sino problema de miedo de los profesores, lo que genera una injustificada alarma social. Incluso se atreve a culparlos de la violencia y los conflictos en la escuela; los profesores, afirma, encasillan a los alumnos problemáticos, originando así conflicto y violencia; estos profesores, dice, condenan a la marginación social a estos alumnos. Para colmo, termina justificando el problema de la violencia escolar que sufre el profesorado en razón de una supuesta consecución de una utopía histórica: lo importante para el experto no es la violencia que sufren sino que, por fin, hemos alcanzado la utopía histórica de la escolarización de toda la población. Todavía está por estudiar el daño moral, más grave que el físico o el psicológico, que produce esta situación en los profesores afectados por la violencia, teniendo en cuenta que el profesor es un profesional que realiza su VIOLENCIA EN LAS AULAS JOSÉ PENALVA Doctor en Filosofía Los defensores de la no- disciplina olvidan que todos los clásicos de la pedagogía afirman que el mayor autoritarismo consiste en abandonar a los niños a sus propias tendencias, porque acabará siendo un esclavo de sus propios instintos trabajo cara a los alumnos y que rinde cuentas en última instancia ante la sociedad Quien se haya preocupado por escuchar a los profesores sabe realmente lo que sucede en estos casos: el alumno agresor, naturalmente, culpa al profesor; los padres del alumno, lógicamente, defienden a su hijo; en todo caso conflictivo, el alumno busca al profesor de confianza para que le defienda, y le jura que él no ha hecho nada, que sólo se ha defendido, y el profesor- defensor, tocado en la vena sensible y avalado por el argumento de las dos lagrimitas tiradas en su justo tiempo, sale a defender la causa del pobre indefenso; la administración, mezquina como nunca, dice que el responsable es el profesor, o por falta de diálogo o por incompetencia; algunos médicos dicen al profesor que es poco resolutivo o que el daño le viene de una inadecuada relación materna acaecida en la infancia; los expertos dicen que la culpa es del profesor porque etiquetan al alumno, o porque no saben controlar las situaciones complejas, o, cuando menos, le acusan de ser po- co comprometido y los compañeros de trabajo... los compañeros de trabajo miran para otro lado. Ahora bien, si esto le sucede al profesor, ¿qué no le sucederá a un alumno? Contaré dos casos. En una ocasión dos alumnos (llamados por el psicólogo del centro: significativos retuvieron a una alumna en los servicios del instituto y estuvieron a punto de violarla. Afortunadamente, y gracias a los gritos, se les detuvo a tiempo. Pues bien, el director concluyó que no era el asunto para tanto; la chica no tenía razón en quejarse tanto: ¿qué más da unos tocamientos más o menos? Al final, el centro terminó pagando un psicólogo a los agresores porque les sentaba mal que sus compañeros les criticaran por lo sucedido En otro caso, retuvieron a un alumno a punta de navaja en los servicios. Esta vez los navajeros acudieron al profesor dialogante que terminó exigiéndole al alumno agredido que aceptara que sólo había sido una broma de sus compañeros y criticó la falta de disponibilidad al diálogo del agredido Podría llenar páginas y páginas contando casos. Basta con lo dicho, que no son hechos aislados, sino indicios de que algo grave estamos haciendo mal. Para alguien que no trabaja en la escuela le es difícil imaginar las estupideces que se están cometiendo en nombre del diálogo. Los defensores de la no- disciplina olvidan que todos los clásicos de la pedagogía afirman que el mayor autori- tarismo consiste en abandonar a los niños a sus propias tendencias, porque acabará siendo un esclavo de sus propios instintos, y se le hurta la posibilidad de llegar a desarrollarse como persona. La absolutización del diálogo ha servido para generar un clima de impunidad en los centros. En un ambiente donde todo es discutible todo es justificable y nadie es responsable y todo acto carece de consecuencias es imposible la educación. El problema de fondo que nos encontramos a la hora de poner freno a este cáncer es que los profesores, que son los que deberían detectar y frenar la violencia, se ven atados de pies y manos, sin autoridad y sin recursos para establecer el mínimo de disciplina que requiere el normal funcionamiento de la escuela. Y hay que decir bien claro que son los padres, aquellos que ahora exigen a los profesores que resuelvan estos problemas, los que antes les han quitado la autoridad y los mecanismos que requiere el ejercicio de su profesión. Como se sabe, nuestro sistema educativo se rige por la participación democrática padres, alumnos, administración local, junto con algunos profesores, deciden la marcha del centro, también sobre la disciplina. Pero un padre o un experto juzga los conflictos desde fuera trata individuos y aborda hechos aislados El profesor es el que conoce la dinámica de una escuela, que nunca es cuestión de individuos, sino de grupos, y conoce- -debe conocer- -el clima social que generan las normas o la ausencia de ellas. Y es de sentido común que tenga los mecanismos necesarios para su resolución. Esto es imposible si no se empieza por restituir la imagen del profesor. La verdadera reforma educativa empieza por la figura del educador. Como dice Giner de los Ríos: El maestro no representa un elemento importante de ese orden (de cosas en que consiste la educación) sino el primero, por no decir el todo. Dadme el maestro, y os abandono la organización, el local, los medios materiales, cuantos factores, en suma, contribuyen a auxiliar su función. Él se dará arte para suplir la insuficiencia o los vicios de cada uno de ellos U TILIZAR el ordenador para casi todo en nuestras casas ha pasado a ser algo habitual. Ahorramos tiempo, dinero, esfuerzo y cuando nos invade el aburrimiento es una aparente ayuda para distraernos. Y nos engancha a los mayores. Sí, sí, nos engancha y mucho. ¿Para qué engañarnos? Nuestra intención en un principio es muy loable. Buscamos cualquier escapatoria para justificar en casa nuestro encierro frente al ordenador: luego seguimos hablando, ahora tengo mucho que hacer Y así rompemos una sobremesa o cualquier momento de encuentro familiar para correr a nuestro refugio y sentarnos frente a nuestro cóm- INTERNET CUCA GARCÍA DE VINUESA Escritora plice de abandono de hogar Mientras escribo, nadie me puede distraer porque me enfado. Pero reconozco el peligro de mi dócil compañero de pupitre: si él quiere me roba el alma. El secreto para que eso no ocurra es la disciplina para evitar que sus pequeños iconos de colores no los enciendan las yemas de mis dedos e incontroladamente se pongan a jugar con los solitarios o con los desconocidos amigos de un Chat. Y, a veces, eso cuesta. Nuestros hijos reclaman su ordenador por necesidades obvias: todos mis amigos lo tienen, sin ordenador ya nadie puede estudiar Y como si del aire se tratase, encontramos esa oferta y el dinero que no tenemos, para que nuestro niño o niña no se sienta discriminado frente a sus compañeros y le colocamos en su cuarto el milagroso aparato que presuntamente hará de profesor brillante. Pues bien, la diferencia enorme entre el profesor del colegio y el profesor informático de casa es: la tutoría. Me explico. En el colegio periódicamente el profesor de nuestros hijos nos cuenta como va el desarrollo humano e intelectual de nuestros hijos. El brillante profesor informático de casa, el ordenador no habla. Jamás podrá contarnos lo que ocurre entre su alumno y él. Y en el interior de ese presunto profesor se pueden encontrar peligrosas enseñanzas que incluso a veces, matan. Cuidado.