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ABC MIÉRCOLES 22 12 2004 La Tercera LA LOTERÍA Y LOS PÁJAROS estas alturas de su historia la lotería se ha tornado algo científica, ya que, para muchas gentes, el jugar a ella se ha convertido en un quehacer o ejercicio de cálculo de probabilidades, que trata de que el azar descorra un pequeño velo y por ahí pueda amarrársele. Para otras gentes, se trata casi de un asunto de relación pitagórica y mística con un determinado número de billete de lotería, que un día u otro recompensará, con el premio, la confianza y la espera de su comprador. Y, en otras gentes todavía, comprar es una pura costumbre como la de comprar el periódico sin que les importe gran cosa lo que dice, o sacar el abrigo por estas fechas de diciembre, aunque sea suficiente, a veces, echarse algo más leve sobre los hombros. Pero, en general, la mayoría de las gentes que compra lotería lo hace porque de ese modo se compra un tiempo de emoción y di- vertimento, para decirlo como el señor Pascal; es decir, un tiempo en que se está pendiente de un afuera de sí mismo, y esto, aun dando por descontado que la lotería nunca toca sino a otros, asegura ese glorioso escape de uno mismo. Y tanto es así, que lo más frecuente es que el comprador de lotería habitual ni siquiera piensa en grandes, sino en moderadas cantidades de dinero, para emplearlas en un capricho, que no se podría dar de otra manera, o no con buena conciencia. Y hay, en fin, hasta una filosofía de consolación, que asegura que es algo muy negativo que toquen grandes premios, porque el mucho dinero desgobierna las vidas, si bien esto debía de suceder en tiempos anteriores a la modernidad, y cuando se utilizaban pesetas, porque con los euros todas las cantidades parecen modestas, y, con la modernidad, la modestia se ha puesto ya por las nubes, y resulta inalcanzable. En el setecientos, fue cuando Pascal inventó la máquina calculadora, fabricada precisamente para aliviar a su padre de los cálculos que tenía que hacer como funcionario del Rey, y no mucho después de esto fue cuando a los Estados se les ocurrió este otro cálculo de la lotería para ingresar más dineros. Aunque, en realidad, los Estados no hicieron más que copiar la viejísima ocurrencia de gentes muy antiguas y avispadas que, cavilando cómo podrían obtener dinero sin dar golpe, que es una idea connatural a la especie, se las ingeniaron para hacer lo que se llamaba una suerte. Estas gentes estaban convencidas de que, si ofreciendo en juego de azar un objeto o dinero interesaban a las gentes para que se di- virtieran, harían negocio; y lo que no se explica es que los Estados no tomaran enseguida el asunto en serio, y en sus manos. Pero, en cuanto lo hicieron, la suerte se convirtió en lotería, y a ésta se la rodeó de un verdadero empaquetamiento de seriedad, ligándola a la Hacienda Pública, que siempre ha sido y sigue siendo el Departamento estatal de mayor fundamento, y de toda una serie de ringorrangos jurídicos: desde el papel especial a las firmas y los sellos autentificadores, y finalmente de una especie de liturgia de otorgamiento del premio con niños de coro incluidos, y con canto llano para números en vez de para letras. Así A Las loterías transcurren a lo largo del año, como una especie de pedagogía de que los Estados son capaces de realizar estos sueños, y, desde luego, a muchos parecen igualmente algo así como una verdadera distribución de la riqueza a ojos vistas la lotería se hizo honorable; y comenzó a participar de la naturaleza de la teoría combinatoria, y, a la vez, del impuesto voluntario, del juego, y del encantamiento de los libros de Caballería con sus promesas de ínsulas maravillosas, sueños. Las loterías transcurren a lo largo del año, como una especie de pedagogía de que los Estados son capaces de realizar estos sueños, y, desde luego, a muchos parecen igualmente algo así como una verdadera distribución de la riqueza a ojos vistas, como a otras gentes les ocurría antaño con los bandoleros románticos a los que confundían, efectivamente, con caballeros andantes, también deshacedores de entuertos como don Quijote o Robin Hood. Pero el hecho es que el Estado produce, para sus súbditos, un carrusel de ilusiones y di- versión, que apartan de otros pensamientos algo más sombreados. ¿Cómo podría faltar, entonces, una tal diversión en la Navidad? La Navidad ha sido desde hace veinte siglos, en la cultura occidental, el recuerdo de una historia que llenó de alegría al mundo, y se ha venido reflejando en toda esa cultura, y en la existencia cotidiana misma de su celebración; desde la cocina a los apacibles entretenimientos de las nochesbuenas que han producido algunos muy divertidos libros en nuestra literatura, y cuya tradición oral aún está viva, sin necesidad de la televisión. De manera que la lotería de Navidad pertenece a este orden de cosas, y está como provista de un cierto poder taumatúrgico, que origina algo que no es tan fácil en nuestra humana condición; es decir, una alegría espontánea y hasta alborotadora por la alegría de los que han sido agraciados con un premio. No es cosa que se dé fácilmente, desde luego, en los diarios esquinamientos y roces del vivir humano, y mucho menos entre nosotros, entre los que, según una sabiduría ya muy consolidada, no conviene significarse, ni por riqueza ni por ninguna otra razón, porque cabeza que asoma entre las demás se corta, ya que enciende hogueras de envidia y malevolencia. Sólo en este caso de la lotería o de empinamiento en riqueza por el azar se tolera esa significación, porque, para algo así, cada quien y cada cual se tiene, sin duda, como candidato. Así que, al fin y al cabo, la lotería vendría a resultar como una tregua de la envidia y la acidez estomacal causadas por las distinciones del vecino, una vacación del medieval sentimiento de democracia que ya exigía que todo el mundo fuera tan igual como en los cementerios, y siguen propugnando todavía, desde grandes Complejos de Ocio, los jacobinos de ahora mismo. Es decir, todo sucede como si esas alegrías de la lotería fueran, pese a todo, como una pequeña limpia de las ánimas de los individuos y del cuerpo social. Y quién sabe si también el régimen político con el que sueñan los españoles: el Estado Lotero, sin andarse con más jurisprudencias. Lo de la igualdad, libertad y fraternidad, decía Unamuno que había tenido al final una traducción algo mostrenca y se había convertido en café, copa y puro, que es un ideal más tangible, y que la lotería puede lograr en un ratito, sin esperar a evoluciones históricas, y sin revoluciones de ninguna clase. A lo mejor por esto, aunque sea inconscientemente, la lotería se vende en tiendas estatales y monopolísticas, que hasta se llaman Administraciones, pero que son las únicas, juntamente con las de Correos, en las que las gentes entran no sólo sin aprensiones, sino en busca de ilusiones y esperanzas, y de los di- vertimentos de los que vengo hablando. Porque tal es la singularidad de estas Tiendas del Estado; en las que se venden pájaros volando, y que no se sabe si, por fin, se aposentarán en nuestra casa, y se dejarán cazar, pero por los que se apuesta con dineros. Y luego, casi siempre, son pájaros de hogaño. JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO Escritor. Premio Cervantes