Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC MARTES 21 12 2004 Opinión 7 JAIME CAMPMANY La política actual marcha a veces como si transitara por una carretera en la que todos condujeran borrachos QUE SOPLEN V IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA Si la Comisión se olvidó de las víctimas para centrarse en disputas partidarias, no hay que olvidar quiénes señalaron el camino: quienes imputaron al Gobierno de Aznar la responsabilidad sobre los atentados, la imprevisión política y la mentira LA VERDAD Y LAS VÍCTIMAS UIEN ha padecido la más brutal injusticia merece todo el respeto, la solidaridad y la reparación, en la escasa medida posible, de su injusto dolor. Sólo tributa respeto quien reconoce la dignidad de la persona. No hay solidaridad sin fraternidad, y no hay fraternidad sin paternidad común. La justicia exige la identificación y castigo de los culpables y la reparación del daño sufrido. En todo esto, la razón de las víctimas es absoluta. Más allá de esto, no. Seamos amigos de las víctimas, pero más amigos de la verdad. Nunca el dolor carece de sentido, pero tampoco confiere una especial inteligencia. Extraño es que las víctimas, o su portavoz, en una concesión al eufemismo, rechacen su condición para acogerse al término de afectados No es bueno dejar de llamar a las cosas por su nombre. También es extraño el cambio repentino de portavoz y el agravio comparativo entre los dos comparecientes. En cualquier caso, lo que no compete a las víctimas es la identificación, detención y juicio de los culpables, ni el diagnóstico de la etiología de la delincuencia, ni la determinación de las responsabilidades criminales y políticas. Son dueños de su dolor, que debe ser el de todos, y reclamantes de la justicia. Nada menos, pero nada más. En la valoración de la actuación de la Comisión de Investigación, su juicio está, como el de cualquiera, sometido al tribunal de la verdad. La inteligencia sólo es solidaria con la verdad. Las lecciones morales mediante una especie de casi unánime sufragio universal deben ser acogidas con cautela. Si el silencio de los corderos es inaceptable, tampoco debe ser sustituido por el balido de los borregos. Albergo más que dudas sobre las bondades de la Comisión, pero tampoco creo que pueda con justicia despacharse con apelaciones a goyescas disputas partidarias a garrotazos. Y, aunque así fuera, tam- Q poco podrían repartirse las descalificaciones por igual. Creo muy poco más en las bondades del hombre común que en la de los políticos. En las democracias, suelen ser tales para cual. La descalificación de los representantes y la santificación de los representados es la vía regia hacia la demagogia populista y la destrucción de la democracia representativa. Y si la Comisión se olvidó de las víctimas para centrarse en disputas partidarias, no hay que olvidar quiénes señalaron el camino: quienes imputaron al Gobierno de Aznar la responsabilidad sobre los atentados por su apoyo a la coalición en Irak, la imprevisión política (inédita hasta ahora en la lucha de la democracia contra el terrorismo) y la mentira en las vísperas electorales. Nada de esto es justo ni se ha probado. Tan graves acusaciones merecen respuesta y legítima defensa. Por lo demás, la determinación de la pertinencia de las tres imputaciones tampoco es ajena a los derechos e intereses de las víctimas. Mientras el acusador no pruebe sus cargos, el acusado tendrá derecho a defenderse. Por lo demás, la Comisión está siendo decepcionante, pero no del todo inútil. Y de la eventual inutilidad deberá responder más quien niega comparecencias que quien las reclama. Si resultan inútiles, sólo se pierde algo de tiempo. Si son útiles, aprovechan a la verdad. Al menos, algo habría que aprender de los errores (compartidos, pero repartidos a partes desiguales) calor, respeto, solidaridad y apoyo a las víctimas; e investigación para depurar las responsabilidades criminales y políticas. Es decir, justicia y verdad. Pero nunca la justicia se edifica contra la verdad. La pasión por la justicia es un bien, pero puede nublar la visión. Aristóteles afirmó que la ley es la razón desprovista de pasión. No estaba mal encaminado. AMOS a ver. Esos diputados vascos que han aprobado en Comisión el pase a debate del Plan Ibarreche, ¿habían soplado antes en el chivato de la alcoholimetría? Estoy seguro de que no, padre Las calles están llenas de guardias provistos de alcoholímetros, que obligan a los coches a detenerse y ponen a soplar a los conductores para cerciorarse de que nadie ha cogido un volante con unas copas en el coleto. Está muy bien eso, porque su vida o su integridad física, las de aquellos que van en el mismo vehículo y los que viajan en otro, pueden depender de que vaya sereno quien conduzca. En cambio, a los diputados autonómicos o nacionales y a los comisionados de todas las comisiones más o menos ejecutivas no se les exige soplar antes de entrar en la sala del debate, y así van las cosas. La política marcha a veces como si transitara por una carretera en la que todos condujeran borrachos y a gran velocidad. Aprueban cualquier norma y votan cualquier ocurrencia, por disparatada que sea, como si estuvieran con la toña, que a lo mejor están. En algunos casos, es todavía peor. Hay conductores que quieren ir quitándole piezas al vehículo, y uno quiere llevarse el depósito de Cataluña, y otro arrancar del coche la caja de cambios del País Vasco, y no falta quien quiere llevarse la rueda de Galicia. Bueno, pues al menos que demuestren que no están con el colocón o con la torrija, y que lo que sucede es que están locos como cabras del Medioevo. El otro día me llevaba un amigo en coche por Madrid, nos detuvo el guardia de la prueba del alcohol y le hizo soplar al conductor. En el aparato, el cero no se movía y ni siquiera temblaba. Preguntó el guardia: ¿Cuánto hace que tomó usted una copa? Ocho años respondió mi amigo, que sólo bebe agua mineral. Y en cambio, no le habrán hecho la prueba del alcoholímetro a Jesús Caldera, ministro de Trabajo en un Gobierno que lo primero que hizo fue romper el pingüe contrato para nuestros astilleros que habría evitado la crisis y la pérdida de empleos. Y que además tiene un jefe de Gabinete que entretiene sus toquillas en pintar barajas con políticos y periodistas, como aquellas que hizo Bush con Sadam y sus iraquíes. Tampoco le habrán hecho que sople a Maragall, que dice cosas como si estuviera bajo los efectos de la resaca. Es posible que las ministras de cuota no prueben gota de alcohol, pero actúan a veces como si estuvieran iluminadas por una papalina gloriosa. Después, tiene que llegar la vicepresidenta y explicarnos que no hagamos caso de lo que ha dicho la ministra, que lo que sucede es que le ha sentado mal el sorbo de poder porque lo ha tragado de golpe y sin respirar. Ya se sabe que en estos días de Navidad siempre se bebe algo más de lo normal, y convendría extremar la vigilancia sobre los políticos, que esa gente no descansa ni durante la Navidad. Han aprovechado que el gentío estaba distraído comprando en El Corte Inglés para darles a las Víctimas del Terrorismo un Alto Comisionado, y les han dado a Peces- Barba, en cuya primera declaración ha dejado claro que a esas víctimas no hay que hacerles caso en lo que piden. Lo que yo digo: que soplen.