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ABC MARTES 21 12 2004 La Tercera CON PLANES VASCOS A PORFÍA INSTON Churchill justificó sus migraciones partidistas con una frase que decía más o menos así: a veces, cuando uno quiere mantener sus convicciones debe cambiar de partido Eso ha hecho Emilio Guevara, un nacionalista moderado que para seguir siéndolo prefirió emigrar de un PNV ultramontano a un PSE sin prejuicios. A diferencia de lo que es habitual, Guevara no ha tenido que integrarse en las ideas del partido que le acoge, sino que ha sido el PSE quien ha elegido amoldarse al emigrante, encargado por la ejecutiva de Patxi López de redactar un nuevo Estatuto vasco. Dado que el autor principal no ha cambiado de ideas, la propuesta que fundamenta el ya conocido como Plan López es más nacionalista que cualquier otra cosa. Por eso López intenta deleitar a sus bases y a los posibles nuevos votantes con cánticos al patriotismo vasco bien entendido, anunciando su voluntad de representar como nadie a Euskadi en las instituciones europeas, y dando por hecho que los vascos y vascas forman una comunidad nacional extraña entidad completamente novedosa aunque más familiar para los estudiosos de ética y política donde, por cierto, el comunitarismo (de Macintyre, Taylor, Kymlicka y compañía) se opone claramente al individualismo y a la democracia liberal. Puede objetarse el hecho de que los mismos que defenestraron a Nicolás Redondo por hacer seguidismo según decían, de Jaime Mayor Oreja, entreguen la estrategia y la ideología del socialismo vasco, sin ningún debate previo ni restricción mental conocida, a un nacionalista sin complejos, aunque sea tan íntegro como Emilio Guevara. Sería maledicente atribuir esta entrega a la escasez de materia gris en el seno dirigente del PSE, que ya intentó no hace mucho otra fusión ecléctica con la doctrina de Herrero de Miñón. Lo cierto es que la ilusión de batir al bloque nacionalista el año 2001 quedaron frustradas por unos pocos miles de votos que los actuales dirigentes creen posible atraer fichando a Guevara y renegando moderadamente del constitucionalismo, con vistas a entrar el 2005 en esa Ajuriaenea casi hollada hace cuatro años. Es el Plan López. Pero debido a su peculiar gestación, el Plan López nace lastrado por un nombre inapropiado y un ideario insólito para un partido socialista (si bien es cierto que las ideas cada vez importan menos) en realidad es el Plan Guevara, de orientación netamente foralista radical o, si lo prefieren, nacionalista moderada. El que todos preferirían que defendiera el PNV, pero que suena a impostura en otras bocas. La consecuencia de esta impropiedad es que el Plan Ibarretxe, genuino tanto en autoría como en sentido, conserva e incrementa sus ventajas originales. La dirección socialista ha maniobrado de tal modo que ha compensado el mayor fracaso de Ibarretxe, a saber, que no haya ganado ninguna adhesión nueva para su Plan desde que fuera presentado. Salvo, ahí es nada, la abstención de Batasuna en la ponencia que lo votó ayer, transmitiendo un vía libre de ETA. Al preferir un pacto transver- W El bloque nacionalista sabía muy bien que la única alternativa creíble a su dominio era conseguir el fin de ETA sin concesiones políticas, fruto de la alianza implícita entre PSOE y PP explicitada en el Pacto por las Libertades. Pero la brutal resaca del 11- M ha destruido el acuerdo, iniciado el vaciado lento del Pacto y, si no lo remediamos, se han puesto las bases para el regreso de ETA sal a otro frentista es decir, al elegir gobernar con el PNV antes que con el PP- -lo anunciaba ayer Jesús Eguiguren en ABC y lleva tiempo haciéndolo (mal) Odón Elorza- las críticas socialistas al soberanismo se transforman en una clara invitación a negociar el proyecto lunático de Ibarretxe. La cuestión era y es si, forzando el aislamiento del PP, iban a conseguir los socialistas una mayor flexibilidad del nacionalismo gobernante. La respuesta ha sido (y era) no, por partida doble. Gracias a la debilidad socialista en el Parlamento Vasco, el Plan Ibarretxe ha salido endurecido de la ponencia. Invitado a negociar por quien se ofrece como socio y enseña sus cartas antes de acabar la partida, Ibarretxe procede a subir la apuesta sin enseñar las suyas. La otra negativa llega desde el comando parlamentario de ETA. La mayoría de los analistas políticos- ¡como está la profesión! -daban casi por seguro que ASK votaría contra el Plan Ibarretxe en la ponencia, pero algunas de las razones para abstenerse ya las adelantó Arnaldo Otegi (y las comenté en este periódico) en el acto del Velódromo. Lo esencial es que esa abstención certifica la defunción de un Estatuto de Gernika abandonado al PP, y de paso la alianza PP- PSOE. También es una invitación a Ibarretxe para que dé otro giro de tuerca al Plan, un poco más de lo que el PSOE pueda admitir. El bloque nacionalista sabía muy bien que la única alternativa creíble a su dominio era conseguir el fin de ETA sin concesiones políticas, fruto de la alianza implícita entre PSOE y PP explicitada en el Pacto por las Libertades. Pero la brutal resaca del 11 M ha destruido el acuerdo, iniciado el vaciado lento del Pacto y, si no lo remediamos, poniendo las bases para el regreso de ETA. La guevarización del PSE- -decidida a espaldas de todos los procedimientos internos, como ha observado Rosa Díez con tanto acierto como impotencia- -ha colocado a este partido en el papel de peor postor en la puja nacionalista por más soberanía propia y menos compartida, más identidad comunitaria y menos pluralismo social. Y el PSE no puede superar en esa subasta a los partidos genuinamente nacionalistas, como también se está viendo en Cataluña. La abstención de ASK significa en potencia muchas cosas; las iremos conociendo a lo largo de los próximos meses. Hay una oferta al PNV y el tripartito para que, a cambio de más radicalidad y menos concesiones, ETA pueda declarar alguna clase de tregua. Así parecería cumplida la promesa de Ibarretxe sobre la aprobación de su Plan en ausencia de violencia. De paso, Batasuna podría conseguir derogar su ilegalización tras mostrar vagamente sus deseos de un pronto arreglo dialogado del conflicto. Y así presentarse a las elecciones, deseada por algunos socialistas para comerle terreno al PNV por ambos lados y conseguir una mayoría a la catalana, con Batasuna en el papel de ERC. Pero el despertar de este sueño ilusorio podría tener la siguiente forma: al día siguiente de las elecciones, ganadas por el frente PNVEA- IU y la nueva Batasuna (vista la bronca entre constitucionalistas, muchos electores no nacionalistas preferirán quedarse en casa) se anunciaría la formación de un gobierno con Otegi de vicelehendakari y la negociación con ETA como programa de paz. López tendría el consuelo, por lo menos, de acusar a María San Gil de haber errado en sus previsiones: el vicelehendakari será otro. Cosas peores se han visto, quizás nada comparadas con las que podemos llegar a ver. CARLOS MARTÍNEZ GORRIARÁN Profesor de Filosofía Universidad del País Vasco