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ABC LUNES 20 12 2004 Tribuna 61 H ACE medio siglo, más o menos, irrumpió en España el árbol de Navidad con su cosecha de luces, estrellas y paquetitos misteriosos, envueltos en papel con motivos navideños y atados, primorosamente, con cintas de colores. Los que por entonces éramos jóvenes padres con retoños entre dos y nueve años, por ejemplo, aceptamos de grado la nueva ornamentación, pero sin renunciar, de ninguna manera, al nacimiento. (En mi tierra cordobesa no se decía belén por aquella época; ahora no lo sé. Tanto cambian los tiempos, las modas y los hombres. En una maceta bien forrada de papel brillante o papel platilla, se clavaban unas humildes ramas de abeto o de pino; jamás se cortaba o se arrancaba un arbolillo tierno o recién nacido, a pesar de que aún no se había descubierto la ecología, pero se nos había inculcado desde nuestra más tierna infancia el respeto a los árboles. También se recurría a un ejemplar fabricado de material sintético, talmente abeto si no te acercabas mucho y, sobre todo, si no lo tocabas. Colocado en un rincón penumbroso, con su lucecitas que se encendían y se apagaban, daba el pego. Los exquisitos sonreían y aseguraban que era una cursilada, pero eso a los niños que eran los que disfrutaban del invento les importaba un comino que el arbolito fuese abeto de mentirijillas. Lo que realmente importaba y ocupaba un lugar preferente en cualquier hogar era el nacimiento, humilde o fastuoso, con figuras de tosco barro cocido o de fina porcelana. Hasta de miga de pan y de papel recortado se hacía. Tal era el fervor y la devoción hacia el nacimiento familiar. Naturalmente, lo más importante era el Misterio, es decir, la representación plástica de los tres personajes principales y los dos secundarios sin BELENES ANA ROSA CARAZO Catedrática de Lengua y Literatura Españolas Lo que realmente importaba y ocupaba un lugar preferente en cualquier hogar era el nacimiento, humilde o fastuoso cuya posesión y presencia no parecía Navidad. Los dos animales, cálidos y cándidos, cuyo aliento era imprescindible para que Jesús- Niño resistiera los rigores de diciembre. Después vendría el ángel que anunciaría a los pastores la Buena Nueva y la estrella que guiaría a los Magos a Belén. Durante años en mi casa sólo teníamos un Misterio humilde, cuya estrella nunca llegó a traernos a los Reyes de Oriente, ni el ángel que convocaba a los pastores, venite, venite in Bethlehem... consiguió su propósito. Mis niños cantaban con mucha entonación y poca devoción, todo hay que decirlo. Pero, a pesar de ello, una luz mágica irradiaban los ojos infantiles que entonaban villancicos al Niño- Dios. A Belén tengo que ir cuando esté la gente junta para regalarle al Niño un arado con su yunta. Cuento esto, que a muchos les parecerá de una ingenuidad totalmente obsoleta y hasta anacrónica, con la intención de establecer la comparanza en- tre todo esto, lo obsoleto, lo anacrónico, con lo que tal vez llamen algunos posmoderno y multicultural... Bien es cierto que siguen armándose belenes- -y no se tome esta expresión en el sentido con que suele usarse- es decir, fabricándose belenes fastuosos, barrocos, riquísimos, hechos para la exposición y el concurso, pero sin algarabías de niños que cantan y alborotan y saben que aquellas figurillas encarnan un misterio profundo y sagrado que exige respeto y amor. Que el belén responda a criterios estéticos, que haya belenistas con gran sentido artístico para dotar sus creaciones de belleza y originalidad me parece magnífico y sano, digno de ser visto y admirado como un buen cuadro, aunque perecedero. Pero qué lejos de la luz de aquellos nacimientos de mi infancia y de la infancia de mis hijos. En la mayor parte de los hogares le ha ganado la partida el árbol foráneo, que dejó de ser puro aggiornamento y se convirtió en el símbolo y centro de la Navidad. Pero que el nacimiento, que ahora se llama belén, haya pasado a otros ámbitos en los que las notas predominantes son el escarnio o el jolgorio, me parece una profanación del Misterio, una osadía inaceptable, una falta absoluta de sensibilidad y de discernimiento. Es lo que viene ocurriendo estos días pasados, y escribo viene ocurriendo y no ha ocurrido porque, por desgracia, lo que más se imita o se copia es lo que más degrada y envilece. Monos de imitación. Y como monos, lo copiamos todo. Que en Londres hacen un belén en cera para el Madame Tussaud con futbolista, cantante y adláteres representando el Misterio, el hecho fundamental del Cristianismo, allá que vamos y, superando lo inane de la cera, aquí lo remedamos a lo vivo: valgan cantantes de más o menos fuste, de más o menos procacidad o simpleza, para armar un belén musical o cañí que figure como portada en una revista televisiva. Hasta los nombres artísticos de algunos actores rechinan, por cacofonía en los oídos y hasta hieren la vista. Que el Niño- Dios sea presentado, que no representado, como un rollizo adulto a medio desnudar y con gesto pícaro, nos revela la crisis moral, cultural y social que se va agravando a medida que pasan los días. No me sorprende que el Vaticano haya puesto el grito en el cielo ante tal desacato, ante tamaña burla sacrílega. No es necesario pertenecer a la jerarquía eclesiástica, ni siquiera ser creyente y practicante, para asistir impávido a tan execrable espectáculo. Basta con sentirse persona, ser humano que respeta al prójimo. Podríamos decir que se acaban de inventar los belenes laicos. LEGA la Navidad, pero ¿para cuántas personas es una fecha de paz y felicidad como se desea, conscientes de que eso no es cierto, en muchos casos, en estas fechas, en crismas y felicitaciones? Sí, los comercios, como siempre, están llenos, y eso que la vida está cada día más cara y el euro por más que se estira, no es como nuestra entrañable y desaparecida peseta, que para todo llegaba, y siempre quedaban veinte duros en el bolsillo para el cine y un chocolate con churros, es decir, para una tarde de domingo. De las de antes, porque, ahora, tampoco nos conformamos como no vaya incluida la cena y, a ser posible, en un restaurante de lujo. Mas, volviendo al tema principal de la alegría en Navidad. Cómo es posible que cada día haya más desencanto, más tristeza y miedo de que lleguen estos días navideños, sí, miedo, terror casi a esa soledad que nos convoca, sobre todo esa noche, la Nochebuena, en que estamos todos reunidos, y empiezan a notarse más que nunca la falta de los seres queridos, padres, hermanos, amigos, etcétera. Y esto se acentúa según se avanza en edad, según va siendo L NAVIDAD LOLA SANTIAGO Escritora Procuremos que esta Navidad sea la más hermosa de nuestra existencia, vivámosla con amor uno mayor y va dejando atrás esa juventud en la que el dolor parecía no existir. Para los más afortunados, claro; mas al menos entonces, estaba la familia reunida y tenías, si las cosas iban mal, el consuelo de ellos que, como una piña, te alentaban a levantarte, a recuperarte, y a seguir tu camino. Pero en Navidad no, en Navidad escuece todo más, se siente todo de una manera especial, y así, la pérdida de los seres queridos que sabes que no vol- verán. Y es que estas fechas por su misma esencia son nostálgicas, llaman al amor y es cuando uno reflexiona, que este ya no está- -cristalizado en los seres queridos- que ya se han ido para siempre; llaman a la unión y esa unión tampoco es posible por lo mismo, y la alegría es un nudo en la garganta, una sensación de impotencia, que sólo te lleva a la añoranza, a la angustia, a la levedad de eso que llamamos felicidad, al pensar en la misma fragilidad de la vida y en la fuerza del recuerdo, que aflora como mala hierba, como espina afilada, hasta dejarte como erial abrupto y seco. Pero la vida es hermosa, no nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que caemos enfermos o perdemos a algún ser querido, entonces afloran en nosotros las ganas de vivir, nos cuidamos, nos aferramos a ella, olvidando el dolor, incluso, buscando que se alarguen esas horas- -si en último término nos queda poco tiempo- de vida. Salvo casos excepcionales. Por eso procuremos que esta Navidad sea la más hermosa de nuestra existencia, vivámosla con amor, con auténtico fervor y espíritu navideño, pensando en todos aquellos seres que no tienen ni lo más elemental para seguir adelante, ayudándoles en lo que esté de nuestra mano, o en las pequeñas cosas de cada día y, así, a los seres que están a nuestro alrededor hagámosle la vida más agradable, con cariño, con paciencia, olvidándonos por un momento de nosotros mismos. En definitiva, con Amor, Amor del grande, del que no está desvirtuado, del que no contempla egoísmos... y, si conseguimos, que este espíritu nos alumbre estos días, intentar, con la ayuda de Dios, seguir en él el próximo año, no sólo para lo pequeño sino para lo hermoso y grande, colaborando en tareas de paz y evitando el odio y las guerras, tanto a nivel privado como internacionalmente. Buscando siempre la paz, esa paz que nace en el corazón y se extiende, desde lo que nos rodea, hasta el infinito.