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66 Los domingos DOMINGO 19 12 2004 ABC UNA NAVIDAD NADA DULCE Un pastor palestino guía un rebaño de ovejas junto al muro de ocho metros de alto que bloquea la ciudad de Belén AP Como cada año por estas fechas, todas las miradas cristianas se dirigen hacia la ciudad en la que nació el Niño Dios. Una ciudad a la que han cantado voces populares, voces famosas, voces anónimas, voces desafinadas, grandes voces a lo largo de los siglos. Pero la letra de esas canciones navideñas ya no vale. Basta un paseo hasta la Basílica de la Natividad para comprobarlo Belén ya no es la de los villancicos POR JUAN CIERCO CORRESPONSAL EN JERUSALÉN amino que lleva a Belén ya no discurre por el valle que la nieve cubrió. Los pastorcillos que quieren ver a su Rey tienen que dar un largo rodeo, o esperar mucho tiempo ante un control militar hasta que los soldados les den su permiso para cruzar, antes de llevarle los regalos que traen en su humilde zurrón. El camino que lleva a Belén, por el que el pequeño tamborilero va marcando con su viejo tambor, está hoy, más de 2.000 años después, plagado de obstáculos, físicos y materiales, que harían muy difícil la llegada siquiera de la Sagrada Familia desde Nazaret. Incluso su salida de la Galilea. El camino que lleva a Belén se topa de golpe con un muro de hormigón de ocho metros de alto que rodea gran parte de la ciudad. Choca de bruces con una interminable serpiente de alam- Elc bradas, verjas, torretas de vigilancia, pistas de arena y patrullas militares que obligan al tamborilero a pasar por la única puerta abierta al libre albedrío de unos soldados casi siempre de malhumor. Las campanas no repican en Belén salvo por los muertos recogidos a lo largo de cuatro eternos años de Intifada. Campana sobre campana, y sobre campana una, si te asomas a la ventana difícilmente verás al Niño en la cuna. El muro ciega el horizonte, cierra la vista, impide el crecimiento natural de la ciudad, ahoga la expansión del corazón sagrado del cristianismo, empuja a esos mismos cristianos, antes mayoría en una localidad hoy mayoritariamente musulmana, a buscar fórmulas para emigrar y dejar atrás su particular cárcel. Belén, campanas de Belén, que los ángeles tocan, ¿qué nuevas nos traéis? Malas nuevas casi todas. Nuevas que resume, en la penumbra de su despacho, Hanna Nasser, el alcalde cristiano de una ciudad demasiado triste desde hace demasiado tiempo. Belén se ahoga en sí misma. No podemos crecer. Israel confisca nuestra tierra día a día, ocupa nuestras colinas y valles, destruye nuestras casas, se apodera de nuestros campos de cultivo, levanta asentamientos, nos encierra con un muro declarado ilegal por la Corte Internacional de Justicia de La Haya sin que a nadie, tampoco a los cristianos, les importe Tiene la lección bien aprendida. La ha repasado en los últimos días, a sabiendas del protagonismo que le esperaba por la llegada de la Navidad. La intención de Israel no es otra que la de crear, como hizo en su día en Hebrón, alrededor de la Tumba de los Patriarcas, un asentamiento judío en torno a la Tumba de Raquel. Hace un par de sema- nas, dos familias de colonos judíos se instalaron en una casa junto a ese lugar. El Ejército les expulsó pero ellos, poco a poco, por la fuerza de los hechos consumados se harán con esa zona y la poblaran de familias de colonos judíos No sólo se ha aprendido la lección, también ha memorizado los números de una discordia eterna: El 97 por ciento de la tierra confiscada por Israel en Belén era tierra perteneciente a cristianos. No tenemos siquiera derecho a reclamar al Estado israelí nuestras pertenencias. Lo único que nos queda es la opción de emigrar. En 1994, los cristianos representábamos el 17 por ciento de Palestina. Hoy apenas sumamos el 2 por ciento El alcalde, con raíces en la ciudad desde 1609, según dice su árbol genealógico, se indigna al comentarle que esa dramática recesión se ha debido también a la persecución que los musulmanes pa-