Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
60 Los domingos DOMINGO 19 12 2004 ABC LAS CATEDRALES DEL CONSUMO En 1973 se inauguró el primer hipermercado en España. Treinta años después, durante los doce meses de 2003, se invirtieron 1.800 millones en nuevos centros La variación de los hábitos de consumo resultó fundamental, por la amplitud del horario y la multiplicación de la oferta, y el contacto con algunos de los fetiches del mundo moderno Cena después de comprar. Bonaire, en Valencia, punto de reunión MIKEL PONCE De la tienda del barrio a la ciudad del ocio J. F. ALONSO El paisaje ha cambiado tan súbitamente que apenas ha dado tiempo a fotografiarlo. Como ese cielo despejado que, más allá del puerto, se torna un banco de niebla. O viceversa. España era una tienda de barrio: mi carnicero, mi frutero. En 1973 se inauguró el primer hipermercado, y en los 80, algunos centros comerciales (87) pero nada cambió radicalmente. La transformación llegó en los 90, y se refleja en el espejo de las cifras: en 1990 se crearon 194.912 metros cuadrados de superficie comercial; en 2003, 1.334.000. En España hay ya 427 centros comerciales (el 20,1 por ciento en Madrid) que ocupan nueve millones de metros cuadrados de superficie, visitados por 23 millones de consumidores cada semana. Sólo en 2003 se invirtieron 1.800 millones de euros en nuevos centros. Suma y sigue. Son cada vez más, y más complejos, y más grandes, hasta convertirse en ciudades de ocio en las que, a veces, se va a comprar. Y otras, a comer, al cine, a jugar a los bolos, a pasear por un bosque de escaparates. El éxito reside en haber logrado un espacio para el ocio y la convivencia explican en la Asociación Española de Centros Comerciales, que ve así la evolución del sector: crecen los grandes centros, los centros temáticos (Ocio y Factory Outlets o tiendas de fabricantes) y los parques comerciales, y se estancan o disminuyen las galerías y los centros basados en un híper. Viene de la página anterior do moderno de comprar, y vincularon la democracia política con la del consumo, materializaron un pacto social que hizo del ciudadano un comprador. En ellos, las clases populares se mezclaron con viejos y nuevos ricos, se educaron en la aspiración a poseer múltiples objetos y tejieron sus sueños de prosperidad. Sus edificios, de plantas diáfanas y elevados como moles seguras y desafiantes, se integraron con seguridad y prestancia en los remodelados centros urbanos (murallas, barrios populosos y tugurios fueron eliminados sin miramientos) y les confirieron un extraordinario valor, porque los adaptaron a la civilización del siglo XX. La variación de los hábitos de consumo resultó fundamental, no sólo por la amplitud del horario y la multiplicación de la oferta, sino por el contacto físico e individual con los fetiches del mundo moderno: escaleras mecánicas, feroces y ciclópeas estructuras de acero, dependencias interminables con luces tenues que borraban la conciencia del tiempo, entornos climatizados y seguros. La filosofía revitalizadora o urbanizadora de entornos degradados a la hora de concebir los grandes almacenes, que fue capaz de anteponer una reflexión sobre la ciudad a su existencia particular, empezó a fracturarse a mediados del siglo XX. Desde entonces, la concepción de la urbe como estructura homogénea, pública y depositaria de una tradición política inclusiva entró en crisis y se abrió el tiempo de los grandes centros comerciales, malls o villas urbanas categoría específica de la sociedad del espectáculo, localizados en entornos dispersos en los centros o las periferias urbanas. Aunque en algunos casos han mantenido la vieja función de revitalización ur- bana y una arquitectura de calidad (el ejemplo de La Vaguada en Madrid es paradigmático) su tendencia a disgregar el tradicional tejido urbano resulta preocupante, aunque en otros casos surtan de servicios las áreas periféricas. Seguramente, el extremo de esta NUEVO OCIO Y NO- LUGARES POR MARC AUGÉ ANTROPÓLOGO A medida que los centros comerciales se extienden por el mundo, cumplen funciones cada vez más diversas y acaban por crear aglomeraciones urbanas en la ciudad o una especie de emporios comerciales en los suburbios o en los antiguos cascos históricos. Es preciso añadir que al mismo tiempo el centro comercial se ha convertido en el modelo según el cual se construyen otros escenarios característicos de nuestra época y especialmente los espacios de circulación, como los aeropuertos y las estaciones de tren. Los hipermercados constituyen la fase superior de esta evolución. En ellos encontramos todos los servicios necesarios para la vida supermoderna más avanzada y, en especial, se radican las agencias de viajes en las que nos podemos abastecer de productos turísticos que permiten consumir el espacio, el sol y cierto número de decorados naturales o históricos, cuya imagen ya hemos capturado antes de salir en internet, la agencia de viajes... o el propio hipermercado. Así, el mundo del consumo está en continuo movimiento, en perpetua circulación. Al mismo tiempo, se observa que las ciudades nuevas o modernizadas se organizan cada vez más, tanto en sus funciones como en su arquitectura, alrededor del centro comercial. En este sentido, conformamos y vivimos con todas las consecuen- cias en una verdadera sociedad de consumo. Esta expresión existe desde hace largo tiempo, pero la realidad o el modelo que designaba se ha transformado. La sociedad en la que nos encontramos no se caracteriza porque todos los individuos tengan acceso al consumo (la pobreza ha aumentado incluso en los países ricos) pero la única relación con las cosas e incluso con otros seres humanos se ha ido convirtiendo de manera progresiva en una relación de consumo. Este encierra tanto un espectáculo como un determinado valor. En los grandes centros comerciales situados en el corazón de las ciudades o en el cruce de los grandes ejes de comunicación, se pueden comprar los libros más leídos, las televisiones que son el soporte de la publicidad más eficiente, los discos DVD con las películas más recientes, productos de todas las procedencias y de todos los tipos. Sin embargo, esta diversidad es extrañamente semejante de un extremo a otro de las zonas más ricas del planeta. No podría ser de otra manera, porque los centros comerciales se han convertido en las catedrales del consumo globalizado. Marc Augé es director de investigación de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y autor de El tiempo en ruinas y ¿Por qué vivimos? (Gedisa)