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ABC DOMINGO 19 12 2004 59 Los domingos Cibercompras. Se disparan en España las compras por internet, y eso a pesar de estar a años luz del resto de Europa Vocaciones de hierro. Hace XXV años las mujeres abrían brecha en la Policía española de Camino de Belén. Si los pastorcillos quisieran hoy ver a su Rey se chocarían con un muro Veintitrés millones de personas visitan cada semana alguno de los 427 centros comerciales que hay en España. Algunas van a comprar; otras, a pasar el día entre cines, restaurantes y tiendas. He aquí un retrato de este cóctel de consumo y ocio Las catedrales del consumo POR MANUEL LUCENA GIRALDO os relatos incluidos en El Aleph, Jorge Luis Borges narró la peripecia del anticuario Joseph Cartaphilus. Este cometió la imprudencia de aventurarse a buscar la ciudad de los inmortales, que estaba presidida por un palacio de arquitectura sin fin, el corredor sin salida, la alta ventana inalcanzable, las increíbles escaleras inversas, con los peldaños y la balaustrada hacia abajo Esta sensación de pérdida espacial alcanza con frecuencia a los visitantes de los recientes centros comerciales, devenidos en ¿inevitables? iconos de la postmodernidad. Por supuesto, detrás del ruido mediático que los presenta como lugares imprescindibles, se dibuja la impostura atribuible a toda novedad. Porque los centros comerciales representan la última reencarnación de un género de larga vigencia. Si las grandes ciudades europeas se articularon desde la Edad Media sobre diferentes funciones políticas y económicas, hasta la primera mitad del siglo XIX no surgieron las galerías y pasajes comerciales con diferentes tiendas, que ofrecieron a la burguesía emergente artículos de calidad y lujo cosmopolita en entornos arquitectónicos forjados en hierro, cubiertos de cristal e iluminados por gas, aislados del estrépito, el peligro y la miseria de la calle. La revolución industrial implicó el triunfo de la sociedad de consumo y la variación de los hábitos y los espacios del comercio. Así, el antiguo bullicio de las estrechas vías urbanas, tomadas día y noche por vendedores ambulantes, pícaros y buhoneros, fue sustituida por la pulcritud de la tienda, con estanterías ordenadas, precios marcados e impuestos legales. El incremento de la productividad y la mejora de los sistemas de transporte (que empujaron fuera de la ciudad a grandes contingentes de población y dieron lugar a la vida supuestamente feliz del suburbio, tan propio de la Inglaterra victoriana) multiplicaron la actividad comercial, y así aparecieron en los centros de las ciudades los primeros grandes almacenes. Estos representaron de Nueva York a Berlín, Barcelona o Buenos Aires el triunfo de un mo- Enunodel Plaza pública. El centro comercial Plaza Norte, en Madrid, ha sido uno de los últimos en llegar JAVIER PRIETO (Pasa a la página siguiente)