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ABC DOMINGO 19 12 2004 Nacional 23 ÁLVARO DELGADO- GAL SE AHONDA LA HERIDA l discurso de Zapatero ante la Comisión y el pimpampum dialéctico con Zaplana han sobrecargado un ambiente cada vez más espeso, más ominoso. Conviene notar, antes de nada, que la intervención de Zapatero recordó poco, muy poco, al la de Aznar. Éste fue duro, y no escamoteó imputaciones graves a una empresa de comunicación. Ahora bien, se abstuvo de realizar acusaciones integrales, de ésas que gustan a los autores de titulares explosivos. Los enemigos de Aznar reflejaron esta reserva de corte casi forense afirmando que el ex presidente se había dedicado a sembrar insidias Acusaciones veladas, tergiversaciones, etcétera... En materia política, es complicado distinguir entre la insidia y la prudencia. Sea como fuere, Zapatero no fue prudente. En cierto momento, aseveró que el Gobierno popular había perpetrado un engaño masivo contra la ciudadanía. Eso sí que da para un titular, y convierte en difícil o desesperada una reconciliación de los partidos. Sea dicho, en descargo de Zapatero, que Zaplana le acosó sin miramientos, y que la frase terrible pudo deberse a un espas- E mo de irritación o a un exceso provocado por el agobio. En todo caso, hay expresiones que no tienen arreglo. He ahí un motivo que justifica por sí solo la preocupación. Pero no es el único, ni siquiera el principal. El Pacto Antiterrorista fue atacado muy vehementemente por los representantes de ERC y del PNV. Y la defensa que de él hizo Zapatero... fue tibia. En particular, Zapatero mostró escaso entusiasmo por el preámbulo del documento, que es donde se excluye todo contacto político con el PNV mientras el último no denuncie explícitamente el Pacto de Estella. Es decir, cualquier posibilidad de acuerdo con HB o sucedáneos. Aseveró textualmente Zapatero: Recuerdo que el presidente del Gobierno ha cambiado de manera sustancial la actitud de diálogo hacia el Gobierno vasco, hacia las fuerzas políticas nacionalistas, y creo que eso también tiene un valor ¿Qué se quiere decir con esto? Posiblemente, muchas cosas. Los suspicaces, sin embargo, no podrán ignorar que tres o cuatro días después se daría a conocer un documento de los socialistas vascos, redactado por Emilio Guevara, en el que se propone crear una co- munidad nacional vasca en una España plurinacional El itinerario hacia esa comunidad nacional presuntamente respetuoso de la Constitución, bien que apurándola hasta límites máximos y muy contenciosos, tendría que discutirse en una mesa integrada por todos los partidos democráticos. Ello reclama la presencia, cómo no, del PNV. Pero el PNV no entraría si no se coopta de alguna manera a HB. No parece que estos movimientos sean compatibles con el mantenimiento del preámbulo que encabeza el Pacto. Zapatero observó que los preámbulos no tienen valor normativo. Y es cierto. Pero no lo es menos que lo más importante del Pacto, para el PP, es el preámbulo. Parece probable un nuevo conflicto entre los dos grandes partidos, de resultas del cual el PSOE podría decidir que lo mejor es entenderse con los demás. Entiéndase, con todos los que no son el PP. Eso liquidaría el Pacto, que sufre ya de ictericia aguda. He estado haciendo conjeturas. No las haré sobre el punto más grave de todos, al menos desde una perspectiva moral. Por tres veces consecutivas, y de manera directa, Zaplana pidió a Zapatero que condenara las manifestaciones frente a las sedes populares que tuvieron lugar el día anterior a las generales de marzo. Zapatero repuso que las desaprobaba, y negó toda conexión de su partido con el hecho lamentable. Pero no las condenó. Consta pues, con contundencia inapelable, que no las quiso condenar. Esto es extraordinario, y quiero pensar que incomprensible. Y ahonda en una herida que impide el restablecimiento de la normalidad democrática. Intentaré ser más claro. Una porción de la derecha social, y no sólo política, estima que la izquierda rompió las reglas del parlamentarismo y empezó a acudir a la acción directa desde, más o menos, las algaradas del Prestige. Que hubo entonces demagogia, y oportunismo, no se le escapa a nadie que no esté cegado por la pasión. Hubo también errores del Gobierno, pero esto es otra cosa. El asunto pasó a mayores durante las protestas contra la guerra. Más de trescientas sedes populares sufrieron asaltos, sin una condena enérgica ni oportuna en el tiempo por parte del PSOE. Es preciso tener esto presente, para hacerse cargo de la impresión enorme que produjeron las manifestaciones el día de reflexión electoral. Admitamos, por simplificar, que el Gobierno cometió errores intolerables. Aún con todo, millones de votantes de la derecha experimentaron la sensación de que se estaba desplazando la puja política fuera del marco fijado por el sistema, y que ya no se sabía dónde estaban los socialistas: si dentro, o fuera. Resultaba por tanto máximamente urgente que Zapatero disipara mediante una condena firme los temores de los recelosos. Su renuncia a hacerlo es literalmente increíble. No sólo se ponen las bases para una desestabilización de Rajoy, al que muchos pedirán pronto que saque los pies del tiesto, sino que se introducen en la democracia fermentos muy peligrosos.