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ABC DOMINGO 19 12 2004 Opinión 5 CARTA DEL DIRECTOR LA VOZ DE LA CALLE IGNACIO CAMACHO L Dando facilidades Tayip Erdogán fue recibido como héroe a su regreso de Bruselas. Pero entre la algarabía dejó claro que no hará concesiones sobre Chipre (socio del club al que pretende entrar) hasta que no se solucione a satisfacción de Turquía ese conflicto. Quizás se trataba de no aguar la fiesta. Pero esas palabras no parecen el mejor comienzo para un proceso de adhesión ya de por sí complejo, al que le hace falta más labor didáctica y menos arengas. ¿Quién lo cuestiona? En una entrevista que publicamos en Nacional, el ministro Jordi Sevilla aclara, y es todo un alivio, que el famoso aserto pronunciado en el Senado por el presidente Rodríguez Zapatero el concepto de nación es discutible y discutido es sólo una discusión académica y no política, porque el Gobierno socialista no dejará que se ponga en cuestión el concepto de nación española que recoge la Constitución Sobran, pues, vueltas y vueltas al asunto; y si no sobran es mejor que ese manoseo se aparte lo más posible del foro político y se circunscriba a las academias, que es donde se suele teorizar sobre estas materias. Si el concepto de nación española está tan claro, no hay mucho más que hablar. Averdadera fortaleza de una democracia no reside tanto en la condición de su estructura política como en la salud de su sociedad civil. Con cierta frecuencia, los procesos políticos democráticos resultan en cierto modo secuestrados por intereses de sus nomenclaturas, sean éstas partidarias, financieras, sindicales, mediáticas o de otra cualquier índole, y sólo una ciudadanía firme y bien articulada puede impedir la suplantación de su libertad a través de pronunciamientossociales inequívocos de eso que conocemos como opinión pública. En España ha ocurrido en ocasiones cruciales, como cuando la médula del país se movilizó enel llamado espíritu de Ermua que obligó a los grandes partidos a sumarse a una inmensa energía colectiva desatada en pacífica defensa frente al terror, o como cuando la solidaridad humanitaria con la Galicia enfangada por el chapapote desbordó de largo el ventajismo de quienes pretendían convertir la catástrofe en un arma arrojadiza. No es que el pueblo no se equivoque nunca; es que la democracia consiste en escuchar su voz. Esta semana hemos asistido a dos fenómenos que, aunque inconexos entre sí, han puesto de manifiesto el peso enorme de la soberanía directa de la opinión pública. De un lado, el silencioso boicot desencadenado en una campaña contra el Pilar Manjón y Francisco José Alcaraz consumo de cava catalán en respuesta a las provocaciones del independentismo, que ha acabado obligando a claudicar a las instituciones autonómicas bajola presión alarmada de su tejido económico. De otra parte, el grito desgarrado de las víctimas del 11- M, que ha desmantelado la urdimbre endogámica de la comisión de investigación para poner de manifiesto el olvido egoísta con que la clase política ha convertido en un ajuste de cuentas lo que debería haber sido un exorcismo de los demonios colectivos de la sangre derramada. Es una lástima que hayan tenido que cancelarse significativas cantidades de pedidos de cava para que el presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall, se presentase en Madrid a tratar de enmendar con instinto político el desastre provocado por su cada vez más impresentable socio Carod- Rovira, que ni siquiera ha sido capaz de rectificar con decencia- -se ha Coraje y miserias España es un pueblo de coraje y su papel no es el de un mísero satélite de Francia El prestigioso historiador británico Paul Johnson se muestra muy crítico, en el fondo y en las formas de su mensaje, con la política exterior emprendida por el actual Gobierno, al que aconseja que devuelva a España al liderazgo de la lucha contra el terrorismo internacional. Si hay determinación, según él, en unos años el terror se batirá en retirada. Las víctimas, con toda su fuerza moral intacta, han alzado la voz para pedir en nombre de sus muertos y heridos que se reoriente esta trifulca de chamanes. Será difícil, sin embargo, que los dirigentes de la clase política española den curso a esta solicitud tan razonable limitado a disculparse por decir en voz alta lo que admite pensar en privado- -su evidente desafecto hacia las esperanzas olímpicas de un Madrid que apoyó sin fisuras la aventura de Barcelona 92. Ha sido la fuerza devastadora de un movimiento- -injusto, porque ha elegido culpables que no lo son- -de rechazo ciudadano el factor que ha encendido la luz roja en una Cataluña demasiado complaciente con el veneno insolidario que se incuba en su seno ante el creciente protagonismo de unos separatistas cada vez más provocadores en la aparente seguridad de su juego de ventaja. Pero ante la pasividad oficial, la reacción popular ha vuelto una vez más a demostrar que es muy difícil orillar la voz de la calle en una sociedad con tantos y tan diferentes canales de respuesta. De la misma manera, provoca una penosa desazón la constatación de que sólo mediante la cruda exposición del indignado dolor de las víctimas ha podido recibir la nomenclatura política el mensaje que hace tiempo era perceptible en la opinión pública respecto al 11- M: un profundo y desapegado estupor por el modo en que los partidos han enfocado la investigación parlamentaria de la masacre, en busca del destrozo caníbal del adversario antes que del amparo moral a los afectados y de la imputación irresponsable de culpas antes que de la evitación de nuevas y desgraciadamente posibles tragedias. El alegato lúcido, desagradable y áspero de Pilar Manjón y de José Alcaraz- -ninguneado este último en no pocos medios, pese a lo contundente de sus reproches en nombre de la larga experiencia colectiva de su asociación en tres décadas de terrorismo etarra- -ha golpeado la conciencia moral de los españoles con una insólita eficacia. La encuesta de Metroscopia que hoy publica ABC muestra cómo, desde una situación de empate entre quienes pensaban que la comisión debía cerrarse y quienes se mostraban partidarios de que continuara, la intervención de los representantes de la víctimas ha volcado la opinión pública a favor de la liquidación de esta plataforma anquilosada y ya estéril y su sustitución, en todo caso, por otra de formato independienteen la que no tengan cabida losajustes de cuentas a conveniencia de parte y de partido. Será difícil, sin embargo, que los dirigentes de la clase política española den curso a esta solicitud tan razonable. Más allá de la falsa contrición con que fueron acogidas las lacerantes quejas de las víctimas- -entreveradas en su dolor de reproches injustos, pero en conjunto un auténtico redoble de conciencias, un formidable latigazo moral- los partidos dominantes no parecen dispuestos a torcer el ABC discurso que, desde su enconada animadversión interna, comparten como miembros de una misma casta: el de que lo importante es el rédito político de las actuaciones y la posibilidadde derivar sobre el adversario los costes de lasresponsabilidades que puedan deducirse de esta carnicería dialéctica. Poco importa que desde que comenzó la investigación apenas se hayan movido los bloques de opinión previamente establecidos en torno a dos grandes prejuicios: el de quienes creen que el PP mintió y el de quienes están convencidos de que el PSOE manipuló la tragedia en su beneficio. Poco importa que las evidencias continúen resistiéndose al empuje interesado de las conjeturas. Pocoimporta que los testimonios deducidos enla comisión hayan razonablemente limpiado de sospechas la actuación de algunos y sembrado de dudas la intervención de otros. Poco importa, incluso, que el debate político de la nación esté encasquillado en un punto que parece haberse convertido en el auténtico pecado original de esta difícil legislatura. Nadie va a dar su brazo a torcer mientras alimente alguna posibilidad de abrasar al rival en los rescoldos cainitas de las hogueras de marzo. Y, sin embargo, ahora ya no hay excusas. Las víctimas, con toda su fuerza moral intacta, han alzado la voz para pedir inequívocamente en nombre de sus muertos y heridos que se reoriente esta trifulca de chamanes. Si hay un camino, el de la comisión independiente, que se abra, aunque haya que exprimir esa imaginación que tanto brilla a la hora de encontrar atajos para forzar leyes y reglamentos. Y si no lo hay, que se deje trabajar a los jueces, que acaso sean los verdaderos expertos independientes en una estricta división de poderes. Lo que no quedan ya son pretexto para retorcer la realidad hasta que encaje en el molde de los prejuicios de parte. director abc. es