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ABC SÁBADO 18 12 2004 Tribuna 73 UANDO en España exista la posibilidad de comprar un colchón a las cinco de la mañana en un establecimiento público, nadie lo dude, estaremos acercándonos de verdad a los estándares de modernidad, progreso y libertad que un ciudadano de Nueva York puede experimentar llevando a cabo esa sencilla operación de compra- venta. Satisfacer tal aspiración en España es casi una utopía; sin embargo, algunos albergábamos la esperanza de que el 1 de enero de 2005, fecha en la que debería entrar en vigor la normativa aprobada por el anterior Gobierno sobre libertad total de horarios comerciales, pudiéramos, al menos, a las cinco de la tarde de un domingo cualquiera del año comprar un colchón, o cualquier otro producto que nos apeteciera, en una tienda del ramo. Imposible, según el ministro de la cosa, será satisfacer este sencillo deseo, porque él se opondrá con todas sus fuerzas a que los ciudadanos ejerzamos nuestra libertad. Montilla es contundente: la libertad es intervenida o no es. El ministro de Industria, Comercio y Turismo, el hombre que vino de las profundidades nacionalistas del socialismo catalán, no está dispuesto a que los ciudadanos seamos libres. Porque nadie se engañe sobre la nueva Ley que prepara el Gobierno. La libertad de empresa será vulnerada, pero sobre todo la nueva normativa es una flecha envenenada contra una diana que se llama: libertad de los ciudadanos que, como consumidores, quieren hacer sus compras cuando más les conviene. Por lo tanto, primero, comprar y vender algo a cualquier hora del día seguirá siendo imposible en nuestro país. Segundo, restringir, limitar e intervenir sobre la libertad de cada uno de nosotros es el objetivo último de quienes quieren restringir la libertad de horarios comerciales. Tercero, el mercado para el Gobierno socialista es intervenido o no es. No es, pues, una rareza mantener que vivimos bajo un régimen de libertad vigilada. Basta aceptar con modestia la severidad de la realidad para hacerse cargo de esta verdad. Es falso que existan derechos enfrentados cuando hablamos de la libertad horaria de comercios. Eso pretende el Gobierno na- C BAJO LIBERTAD VIGILADA AGAPITO MAESTRE Escritor cional, al dictado de los nacionalistas e independentistas catalanes, para sacar tajada electoral. Los consumidores, los comerciantes, tanto del pequeño y del mercado comercio, como de las grandes superficies, no están enfrentados nada más que por una manipulación de los socialistas y nacionalistas para conseguir unos cuantos votos de los pocos que se oponen a la pura racionalidad. En efecto, si la sociedad entera considera ya una necesidad vital comprar cuando a uno le venga en gana, nadie con sentido común, o sea político, puede decir, como ha hecho Montilla, que la libertad horaria no es una demanda de la sociedad. No es demanda social, sépalo bien señor Montilla, porque nadie en democracia quiere regresar a etapas de peor y más restringidas libertades. Demandar lo que ya disfrutamos es imposible. En todo caso, la sociedad quiere más y mejor libertad, más libertad horaria y más comodidad para comprar cuando deseemos, porque nadie en su sano juicio quiere regresar a formas de vida inferiores de las actuales. Un político puede proponernos volver a vivir en cabañas, como el hombre primitivo, pero no parece que sean muchos los dispuestos a seguir la descerebrada propuesta. Algo parecido pasa con los horarios comerciales. Si la sociedad española ya se ha acostumbrado a vivir en libertad, a comprar un domingo por la tarde o un día de fiesta por la mañana, hacerle decir lo contrario no es sólo ir contra la ciudadanía sino engañarla. Pues eso es, en definitiva, la propuesta de restringir la liberalización de los horarios comerciales, un engaño. Excepto los sindicatos y empresarios no competitivos, que colaboran con esta patraña electoralista del Gobierno, apenas existen argumentos a favor de la restricción, por no decir na- da de las encuestas. Estas últimas son claras y distintas respecto a los consumidores. Pocas encuestas hallaremos en este ámbito que bajen el dato de un 70 por ciento de la población oponiéndose a la prohibición de la apertura de los comercios los domingos y festivos. Respecto a los argumentos del Gobierno para restringir los horarios no pueden ser más peregrinos, entre ellos destaca la siguiente falacia: La apertura generalizada de los comercios en festivos aumentará los precios En fin, el inmovilismo y la demagogia electoral es todo, cuando se habla de restricciones de los horarios comerciales; además, de ser una de las peores medidas que puede adoptarse para generar empleo. El recorte de plantillas con la reducción de los días festivos es una evidencia. Sin contenidos políticos dignos de ser discutidos, el Gobierno socialista llena su propio vacío con las retóricas demandas de nacionalismo catalán más reaccionario. Los ciudadanos y consumidores de España nos las prometíamos muy felices, porque entraría en vigor una medida contemplada en la actual legislación, a saber, libertad total de horarios comerciales, pero el señor Montilla dice que eso es un lujo que liquidaría no sé cuantos miles de puestos de trabajo, arruinaría al pequeño comercio y, lo es que peor, podría generar más deseo de libertad, que terminaría poniendo en peligro la estabilidad del partido que se sustenta en el clientelismo, o sea en intentar llenar la barriga a sus votantes para que no piense, antes que en una ciudadanía desarrollada para decidir por sí misma lo que es bueno o malo para la comunidad. Así las cosas, conviene reprimir esos deseos de más libertades para que los beneficiados, inmovilistas, demagogos, sindicalistas y empresarios no competitivos nos den su voto en las próximas elecciones. La demagogia nacionalista impuesta al PSOE será pagada por todos. Traerá graves consecuencias para la libertad del consumidor y, además, en términos de economía nacional reducirá la oferta de trabajo agregada y frenará el crecimiento de la tasa de actividad. De ahí pueden derivarse más de quince frenos en el ámbito de la productividad, de las inversiones, en la evolución de los precios, etcétera. Y si alguien cree que la restricción de la libertad de horario protegerá a los pequeños comerciantes, está muy equivocado. Si quiere aprender en cabeza ajena, qué pregunten lo sucedido en Alemania: he ahí un país con fuertes restricciones donde el pequeño comercio tiende a desaparecer, lo contrario que sucede en el Reino Unido. Más le valdría al Gobierno hacer cambios en la regulación laboral, mejorar las ayudas directas y reducir impuestos a los pequeños comercios que atacar a los consumidores y a las superficies comerciales que están por la libertad de horarios. Sin embargo, al Gobierno no le preocupa lo más mínimo esos asuntos, porque ha estado únicamente preocupado por satisfacer a cualquier precio el compromiso entre PSC y ERC. El asunto fue, finalmente, zanjado en el Senado. Después de unas oscuras maniobras entre BNG, CiU y socialistas en la Comisión de Industria y Comercio del Senado, que fueron continuadas pocos antes de pasar a votarse en el Pleno del Senado, el día 1 de diciembre de 2004 fue aceptada con pocas enmiendas la Ley tal y como venía del Congreso. Esta fecha pasará a la historia por haberse aprobado una ley que restringe un poco más nuestra libertad. La libertad de comprar y vender, pues, a cualquier hora del día ha sido restringida por los nacionalistas y socialistas. He ahí otro de los resultados del pacto entre PSOE y ERC. La Ley presentada por Montilla ha pasado el último trámite y no ha sido devuelta, como esperaban algunos optimistas, por el Senado al Congreso. Con la Ley aprobada, incluyendo algún añadido que concede aún más ventajas a los partidarios de las restricciones de horarios comerciales, podemos decir que los nacionalistas han vuelto a ganar otra batalla al hombre libre. AS proyecciones demográficas son terminantes: los actuales cuarentones, la generación hoy en el poder, viviremos una vejez sumamente peculiar, rodeados de otros viejos como nosotros, con la caja de la Seguridad Social en quiebra, y, en el mejor de los casos, más aburridos que una mona, o arrastrándonos por el suelo. Sólo los inmigrantes podrían poner algún remedio. Ahora bien, sería mucho, demasiado pedir a los inmigrantes que, además de aportar su trabajo físico o intelectual, adopten como suyas todas las tradiciones culturales, las identidades y los linajes. Es posible que adopten los valores de la democracia participativa, a menos que cunda y se imponga, si se ven sometidos a un trato indigno, que les impida identificarse con ellos, una alternativa ideoló- L REQUETEVIEJOS AGUSTÍN CEREZALES Escritor gica de otro costal. También cabe que repartan sus amores entre los diversos clubs de fútbol. Alguno bailará la jota, algún otro la sardana, pero no creo que muchos más de los que hoy las bailamos. Y sí, sin duda hablarán nuestras lenguas, aunque modificadas. De todo lo cual resulta que algunos de los empachosos problemas que nos atormentan hoy, muy pronto, mañana, sencillamente habrán dejado de existir. Cabe pensar que, aunque sobrevivan las denominaciones de España, Catalunya, Euskadi, etcétera, y hasta sus diócesis y demás configuraciones administrativas, responderán a realidades completamente distintas a lo que hoy entendemos por tales. Desde esta perspectiva, nada inverosímil, las enconadas luchas que hoy padecemos en nombre de la salvaguardia de nuestras añejas esencias, de nuestras sagradas identidades, se antojan en verdad pueriles. Quienes nos hereden procurarán quedarse con algunos detalles exóticos- -el jamón, el pan to- maca, la gaita- -pero sin duda relegarán al olvido tantos hábitos malos y buenos, tantos vicios y tantas virtudes, tantos recuerdos, historias, ficciones y versiones como conforman nuestra personalidad, y traerán lo suyo, lo propio, que al ser infinitamente más diverso que lo nuestro, requerirá y suscitará una nueva síntesis hoy por hoy perfectamente inimaginable. Desengañémonos: somos los últimos españoles (o vascos, o gallegos, o lo que cada cual sea) ¿Por qué, en vez de mortificarnos, no lo disfrutamos? ¿A qué reñir, a qué tirarse los platos a la cabeza? ¿Es digno acaso, es de recibo semejante espectáculo, por parte de tan venerables reliquias? El crepúsculo, a veces, si se sabe mirarlo, puede tener también su encanto. Puestos a jugar, propongo un parchís.