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ABC SÁBADO 18 12 2004 Opinión 7 JAIME CAMPMANY Llevar a la presidencia del Gobierno a un personaje como Zapatero es el prodigio de un taumaturgo llamado Rubalcaba HONOR A RUBALCABA E dan cerrojazo a la Comisión parlamentaria del 11- M. Ahí se queda el PP, otra vez solo, pidiendo que se escuchen los testimonios de confidentes y agentes vetados implacablemente por los socialistas, cuando ya sabemos que esa petición será un clamor en el desierto. Esta Comisión empezó malamente, con las declaraciones del portero automático ¿remember? y con el testimonio de aquel Telesforo Rubio, adoctrinado en un despacho de Gobelas como un lorito de Rubalcaba, y reaparecido luego en los informes que leyó Zapatero en la comparecencia más mentirosa y cínica en ese escenario que sólo desde el humor negro podemos llamar investigación de 192 asesinatos y 1.400 delitos de lesiones. Empezó mal la Comisión, desoyendo y apartando a los testigos e informadores que habrían podido declarar aquellas verdades no gratas a la mayoría formada por Zapatero y sus cómplices, y terminará mal, redactando unas conclusiones a medida de lo que a esa mayoría le interesa. Ni siquiera hay que esperar a que se redacten, porque ya están adelantadas en el discurso de la comparecencia de Zapatero. Es fácil y sencillo hallar ahí el guión completo y ordenado de las conclusiones que sus señorías aprobarán con el previsible voto en contra de los representantes del PP, solos hasta el final, aunque en soledad sonora. Quedan para la historia del parlamentarismo celtíbero las intervenciones de los dos presidentes del Gobierno, el de antes y el de después de la terrible masacre, su utilización política y el vuelco electoral, exquisitamente democrático Como las conclusiones no van a reconocer el mayor mérito de aquellas jornadas del 12 y el 13 de marzo, habrá que dejar por escrito ese reconocimiento, esquivado por la verdad oficial. La policía y los jueces descubrirán y castigarán a los autores materiales de la masacre del 11- M. No sabemos hoy y tal vez no sabremos nunca quiénes fueron los autores intelectuales del atentado. Pero no es difícil descubrir quién fue el artífice de la explotación política del terrible suceso. No creo equivocarme si señalo que el director de escena que mueve los personajes, dirige el coro y administra los altavoces en esa ópera electoral del 14- M, con maestría superior y un buen éxito imprevisible e incalculable, se llama Alfredo Pérez Rubalcaba, que posee el caletre más endiabladamente astuto y agudo de toda la población política batueca. Un socialismo débil, desahuciado en las encuestas de previsión de voto y desmayado en la campaña electoral, le debe la resurrección, que es para muchos una resurrección de la carne. Mientras se escuchaba a Zapatero explicarse en la sesión de su comparecencia, el espectador podía comprobar que llevar a ese personaje a la presidencia del Gobierno era el prodigio de un taumaturgo, y el taumaturgo no puede ser otro que Pérez Rubalcaba, que estaba allí, vigilante y al quite, dispuesto a intervenir si el protagonista del gran teatro olvidaba el papel. Como esa conclusión no va a figurar en las oficiales, me parece de justicia señalarla, aunque sólo sea con la voz irrelevante de un modesto espectador de la retransmisión televisada. Bueno, ya saben: se acabó la función y que ustedes descansen. L JUAN MANUEL DE PRADA Una de las variantes más socorridas del alipori diplomático practicadas por nuestra facción gobernante es el plantón, que nuestro presidente propina con el denuedo de una señorita con dengue ALIPORI DIPLOMÁTICO D EDICABA ayer su artículo Jaime Campmany a corregir un gazapo o errata de Luis María Anson, que escribió alepori en lugar de alipori palabra que los diccionarios definen muy sucintamente como vergüenza ajena A Campmany le sale una muy ocurrente greguería cuando afirma que quizá alepori sea el alipori pronunciado por un labio leporino; pero los labios de Luis María Anson carecen de este defecto congénito, son labios como de cardenal florentino, un poco desgastados de recitar tantos endecasílabos, pero aún vivaces y cachonduelos, también maliciosos e instigadores cuando lo exige la ocasión. Para mí que el alipori es una forma superlativa de la vergüenza ajena, acompañada de bochorno, trasudores y hasta sarpullidos. Al rubor que nos produce la conducta penosa del prójimo añade el alipori un sentimiento urticante que abruma y ofende, pues la metedura de pata del prójimo nos compromete. Así, vergüenza ajena suscita el individuo que se pedorrea en público; de alipori nos anega el comensal con quien compartimos mantel que, tras pedorrearse, nos lanza un guiño de connivencia, como si fuésemos nosotros quienes no controlamos las emanaciones de nuestros esfínteres. Este ingrediente de solidaridad no deseada que el caradura o mero patán arroja sobre nosotros es lo que hace del alipori una especialidad agravada de la vergüenza ajena. Así, por ejemplo, nuestros políticos- -en razón de su representatividad- -nos embargan de alipori cada vez que profieren una sandez o perpetran un desaguisado. La facción gobernante provoca cada día una nueva floración de alipori en su ejercicio estrambótico de la diplomacia, que tan pronto es desdeñoso y displicente como servil y pedigüeño, y siempre arrebatadoramente zascandil. Una de las variantes más socorridas del alipori diplomático practicadas por nuestra facción gobernante es el plantón, que nuestro presiden- te propina con el denuedo de una señorita con dengue. Que tal práctica se haya convertido en una actitud recurrente tal vez precise una explicación psicoanalítica: afectado por los desaires del inquilino de la Casa Blanca, Zapatero prodiga plantones por doquier, a ser posible comunicados in extremis a la otra parte, para que resulten más aflictivos y humillantes. Estos plantones presidenciales suelen, además, provocar el despecho de la parte burlada, que de inmediato se desquita haciendo lo propio, lo cual depara un muy ameno e inacabable juego del escondite. Pero los recursos de nuestra facción gobernante no se detienen ahí. Otra pintoresca variante del alipori diplomático consiste en convocar cumbrecitas con representación de virreyes regionales (perdón, autonómicos) alguaciles coloniales y hasta presidentes de asociaciones vecinales si hace falta, para que nadie se sienta relegado o preterido; las cumbrecitas adquieren así un aire de pachanga folclórica la mar de divertido, que, sin embargo, a veces se topa con la altivez de algún invitado foráneo, que se niega a bajar del pedestal y a dispendiar saliva con subalternos. Pero sin duda la más bochornosa modalidad de alipori diplomático la propician nuestros gobernantes cuando se empeñan en forzar encuentros a lazo con mandatarios que abiertamente los rehúyen, asaltándolos en un pasillo al más puro estilo bandolero o aprovechando un receso en tal o cual cónclave, como gorrones de migajas, postulantes que hacen pasillo o criados mohínos que merodean los aposentos de su señor, para solicitarle un aumento de sueldo o una recomendación para un hijo tonto. Son encuentros siempre premiosos, en los que el asaltado siempre se escaquea, que disparan nuestro alipori y nos obligan a fruncir el morrito, entre compungidos y avergonzados, hasta que acaba saliéndonos labio leporino.