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ABC SÁBADO 18 12 2004 La Tercera UNA FIESTA CATALANA H ACE unos meses, los aficionados que asistían a una corrida en Barcelona, presenciaron un espectáculo insólito, en el paseíllo: un matador desfilaba llevando en la cabeza, en lugar de la montera, una barretina. Ese matador de toros se llama Serafín Marín y es catalán. Su gesto tenía una intención muy clara: mostrar que la Tauromaquia es una fiesta catalana. Al margen de los gustos personales, los hechos están ahí y son irrefutables. Ante todo, en la historia: la costumbre de correr toros bravos está atestiguada en Fraga y en Barcelona por lo menos desde fines del siglo XIV, bajo el reinado de Juan I. En muchas ciudades y pueblos catalanes ha existido una auténtica pasión por la fiesta popular del corre- bou En Olot, por ejemplo, lo atestigua el cronista Joaquim Danés i Torras. En Cardona conviven, en la arena, el torero vestido de luces con los mozos y mozas: un verdadero resumen de toda la evolución histórica de la Tauromaquia. En 1988, a pesar de la prohibición, por la llamada Ley de Protección de los Animales, de hacer corridas en plazas portátiles, el pueblo exigió el toro de muerte y el alcalde lo autorizó, sin el menor incidente. ¿Puede extrañarnos todo esto? En absoluto. Es de sobra conocida la tradición de los juegos con el toro que se extiende a lo largo de todo el Mediterráneo; hace poco, una preciosa Exposición, en el Museo de Historia de la Ciudad de Barcelona, lo ha mostrado, una vez más, con datos científicos inatacables. Como es lógico, estas fiestas taurinas han dado lugar a una literatura popular, en lengua catalana, transmitida tradicionalmente. Baste con un ejemplo. En Vic, en el siglo XIX, se cantaba esta copla: Aixó es l entrada bovina que el Xora capitaneja i la canalla toreja al toro amb sa barretina Ésta es la entrada bovina que el Xora capitanea y la canalla torea al toro con su barretina Muy pocas ciudades españolas han podido presumir, como Barcelona, de tener, a la vez, dos hermosas plazas. La Monumental era una auténtica plaza de temporada, con corridas todos los domingos y muchos jueves, de marzo a noviembre, además de las de Feria. No han faltado ganaderos en Cataluña: por ejemplo, los de la zona de Tortosa, que proporcionan reses a los corre- bous hoy mismo, Caridad Cobaleda. ¿Cabe olvidar la importancia de diestros catalanes como Mario Cabré, Chamaco, Clavel, Enrique Patón o Bernadó? Muchas grandes figuras han sido ídolos, en Cataluña: allí toman la alternativa Sánchez Mejías, en 1919, y Domingo Ortega, en 1931. En Barcelona toreó 127 corridas Marcial La- No hay en Madrid o Sevilla, por ejemplo, algo como la multitudinaria Nit de Gala de la Tauromaquia catalana. Los que conocemos y amamos esa ciudad sabemos bien la afición de muchos catalanes- -no de todos, como cualquier sitio- -por el teatro, el flamenco, la música clásica, la ópera o los toros. Es lo propio de una ciudad abierta a la cultura mediterránea, que no debe cerrarse con prejuicios provincianos landa, más que en Madrid o en cualquier otra Plaza. En época más reciente, han sido ídolos de Barcelona, entre otros, Arruza, Luis Miguel, Manolo Vázquez, Aparicio, César Girón, Paco Camino, el Viti, Paquirri... Últimamente, José Tomás. Muy pocos empresarios taurinos- -sí alguno- -pueden compararse con don Pedro Balañá, que hizo de Barcelona una de las más importantes Plazas del mundo. Entre los escritores taurinos, basta con recordar a Néstor Luján, que sabía disfrutar de muchas cosas buenas de la vida. Por eso vio en la Fiesta la belleza estremecida por la caricia de la muerte y se enamoró de un espectáculo único, impar, suntuoso y extraño En pintura recordemos sólo la pasión taurina de Picasso, que tantas veces se identifica a sí mismo con el mítico Minotauro o con el toro, ese animal noble y feroz que no puede evitar herir al que ama... Esa pasión sólo es comparable a la de Goya: para los dos, desde el exilio francés, la Tauromaquia es el vínculo con las raíces más hondas de su patria, al margen de los políticos que entonces gobiernen. No falta hoy tampoco la afición taurina en esa tierra. No hay en Madrid o Sevilla, por ejemplo, algo como la multitudinaria Nit de Gala de la Tauromaquia catalana, organizada por la Federació d Entitats Taurines de Catalunya. Acabo de leer un excelente libro de un catalán, Salvador Balil Fargas, editado en Barcelona, miembro de una familia catalana apasionada por los toros desde hace cuatro generaciones, que reflexiona sobre el concepto de la Tauromaquia a partir de Los sueños de Pedro Romero Hoy mismo, un artista catalán tan genial y tan independiente como Albert Boadella proclama su pasión por la Fiesta y su admiración por toreros como Manolo Vázquez y José Tomás. Hasta algunos políticos nacionalistas aportan testimonios interesantes. Jordi Pujol declaró que quería ser el presidente de quienes son aficionados a los toros y de quienes no lo son El 5 de septiembre de 1988, Pasqual Maragall, como alcalde, impuso la Medalla de Oro al Mérito Artístico de Barcelona al torero catalán Joaquín Bernadó. Los que conocemos y amamos esa ciudad sabemos bien la afición de muchos catalanes- -no de todos, como cualquier sitio- -por el teatro, el flamenco, la música clásica, la ópera o los toros. Es lo propio de una ciudad abierta a la cultura mediterránea, que no debe cerrarse con prejuicios provincianos. ¿De dónde surge, entonces, el problema? Un periodista le preguntó una vez a Ramón Pérez de Ayala, embajador de la República española en Londres, si no desaparecerían alguna vez los toros. El escritor asturiano, uno de los más importantes intelectuales de su tiempo, contestó rotundamente: Nunca. Los toros no pueden morir. Moriría España Quizá eso es lo que algunos pretenden. ANDRÉS AMORÓS