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ABC VIERNES 17 12 2004 Espectáculos 67 Princesa por sorpresa 2 El maquinista Genovia no es Freedonia J. C. Forzando los pistones J. C. Nunca es agradable (porque lo entrañable no tiene necesariamente que serlo; es más, a veces da bastante grima) encontrarse de sopetón con que a la novia de la adolescencia, ésa que se llevaba el laurel de reina del baile de calle, se le van descolgando las carnes y las patas de gallo le van adquiriendo la musculatura de un antebrazo de Van Damme. Esa es la sensación que se tiene con un director como Garry Marshall y su amor con acné- -suyo y de más de uno, talluditos incluidos- Pretty woman a la que se le iba desvencijando el proceso de envejecimiento en cada película que filmaba el director: Novia a la fuga Princesa por sorpresa y Mamá a la fuerza Todas, curiosamente, repitiendo la fórmula de patito feo (bien sea prostituta neoyorquina o friqui de instituto en San Francisco) a la que le obligan a dar un giro importante a su vida (bien sea acostarse con Richard Gere o ponerse una tiara real) más o menos en contra de su voluntad, aunque luego acepta porque si no el patio de butacas le corre a tomatazos. Ahora nos tortura suavemente, en plan tickling con estas cosquillitas en los pinreles en las que, como Shrek, la princesa prometida Mia viaja a su reino padre. Pero como Genovia no está hermanada con Muy Muy Lejos sino, más bien, con el país de Pin y Pon, y por mucho matrimonio de conveniencia con un petimetre angloespañol que se encorsete en el argumento, la anécdota da menos de sí que las polainas de David el gnomo. Así, dando brazadas entre kilos de buenos sentimientos garrapiñados y Anne Hathaway Director: Garry Marshall Intérpretes: Anne Hathaway, Julie Andrews, Héctor Elizondo Nacionalidad: EE. UU. 2004 Duración: 115 minutos Calificación: cursilería escarchada con sangre azul, no es difícil sentirse igual que en una rancia y maratoniana merienda con alguna lejana tía abuela con olor a formol, a pesar de que nos recuerde algunas batallitas de cuando era Mary Poppins. Asumimos que en el enorme baúl de cine navideño hay sitio para todo, pero tampoco es cuestión de cargar las tintas y encima con el trasunto de las bodas reales. Si al menos Hector Elizondo hiciese de Jaime Peñafiel... Ya lo dijo Borges, y cualquiera le discute: Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos Aplicándose el cuento y el aforismo, el penúltimo cine fantástico remueve aún más las piezas agrietadas y surfea en el fino oleaje de los recuerdos hechos picadillo o gazpacho andaluz. Y a ese filón de thriller amnésico e insomne (ambos suelen compartir el mismo cordón umbilical) pertenece El maquinista cuyos primeros veinte minutos quedan seriamente lastrados por el ensimismamiento del espectador contándole los huesos a Christian Bale y calculando cómo se las apañó para calarse el traje de Batman. Brad Anderson, cuya maña para batir hasta la espuma las atmósferas más mercuriales y emponzoñadas quedó más que demostrada en Session 9 elabora con pulso de orfebre y contundencia de minero la crónica del derrumbamiento mental de un tipo raro, raro al que el gran talento de Bale (y eso que algunas tablas ya las tenía montadas desde American Psycho le añade a su alma todos los kilos que le faltan a su cuerpo (contando los que se lleva una Jennifer Jason Leigh con ese desfondo ojeroso y como de canción de Tom Waits que ella sólo sabe sacar de la chistera) Hasta Aitana Sánchez- Gijón confiere al hechizo una luz de luna carnosamente espectral. Dicho y alabado lo cual, produce mucha más lástima que semejante edificación sólo sirva para contener uno de los trucos argumentales más fáciles y manidos del género, que ni siquiera tiene la cintura de Ronaldinho a la hora del Aitana Sánchez- Gijón Director: Brad Anderson Intérpretes: Christian Bale, Aitana Sánchez- Gijón, Jennifer Jason Leigh Nacionalidad: España EE. UU. 2004 Duración: 100 minutos Calificación: consabido y, lo que es peor, mimado entre algodones, giro final. Y, aunque queden hilachas de gran cine de género e innegables virtudes y maneras, al final se nos aparece en un bocadillo aquella frase de Djukic: Tanta pasión para nada Y, rematando las penas, ¿no es triste, aunque inevitable, pensar en El maquinista como último clavo para enterrar el intento de industria del terror más o menos de la tierra que hace unos años emprendió la meritoria Fantastic Factory, aunque pronto tiró la toalla en favor de la pingüe exportación coproductora? ¿Sólo habrá sitio de ahora en adelante para francotiradores ibéricos a la antigua usanza? En fin, consolémonos con otra de Don Jorge Luis: Nadie es patria, todos lo somos