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ABC VIERNES 17 12 2004 La Tercera EXPANSIÓN ESTÁTICA OS católicos españoles empiezan a dar señales de inquietud. Hace poco más de un mes, monseñor Sebastián abrió el Congreso del Apostolado Seglar con un discurso rompedor. Además de pronunciarse muy críticamente sobre el estamento eclesial y la propia grey católica- -la prensa destacó la afirmación siguiente: El principal problema de la Iglesia es nuestra mediocridad espiritual denunció el clima moral imperante y su retroalimentación por el aparato gubernamental: Sin la búsqueda de la verdad la democracia resulta insostenible, y puede degenerar fácilmente en una imposición de las mayorías Deploró, con fundamento, la tendencia frentista a resucitar los fantasmas de la Guerra Civil, y no renunció a inflexiones teñidas de dramatismo: En la actual sociedad, el cristiano coherente y fervoroso tiene que estar dispuesto a padecer una cierta marginación social, cultural y hasta profesional. Es el martirologio moderno Se oye decir con frecuencia que la Iglesia representa valores irreversiblemente residuales, o lo que es lo mismo, condenados a debilitarse de forma gradual hasta que la Historia- -con mayúscula- -ponga las cosas en su sitio. El diagnóstico... es precipitado. No sólo la Iglesia dará aún harto que hablar. Probablemente acentuará en el futuro su ascendiente sobre el cuerpo social. La causa reside en el agotamiento del modelo moral que inspira el discurso público y fija de rebote la agenda de muchos gobiernos. Venido a menos el proyecto socialista clásico o sus menguantes versiones socialdemócratas, cierta izquierda ha cambiado de registro y averiguado un camino alternativo hacia la revolución: el de la promoción a ultranza, desde el Estado y a cargo del contribuyente, de los llamados derechos individuales Apelando a este principio, que ya no es marxista en absoluto pero que conecta en varios sentidos con los lemas emancipatorios de la Ilustración radical, se quieren ampliar indefinidamente los supuestos en que habrían de ser legales el aborto o la eutanasia. O se introduce el matrimonio homosexual, o se autoriza la adopción de niños por parejas del mismo sexo. Por supuesto, es permisible; es más, es necesario, hablar de estas cosas. Y por supuesto, las respuestas son siempre más complicadas de lo que pretenden los parciales de las diversas ortodoxias, bien de izquierdas, bien de derechas. Pero éste no es el punto. El punto está en que el lenguaje de los derechos individuales ha entrado en una fase de expansión estática La expresión fue creada por el economista holandés Boeke para describir la ineficiencia progresiva del sistema de regadío en la Java interior. La necesidad de mantener a una población numerosa condujo a una sobreexplotación de los cultivos, y a la inversión de recursos cada vez mayores para obtener rendimientos marginales cada vez más bajos. Algunos antropólogos extenderían luego el concepto de expansión estática, o también de involución a procesos sociales caracterizados por una elaboración prolija, interminable, y finalmente estéril. Hemos ingresado, a mi entender, en una sazón involutiva. Lo prueba lo sutil, enrevesado y hasta impostado de los argumen- L La dinámica partidaria dibuja una caligrafía superficial sobre los desarrollos culturales a largo plazo. Nos hallamos ante un final de ciclo tos esgrimidos en defensa del matrimonio homosexual. O el desplazamiento incomprensible de los énfasis- -el gran problema español no es el matrimonio entre personas del mismo sexo: reside en la tasa de natalidad, insosteniblemente baja- En este contexto enrarecido, se abre un espacio inédito para la Iglesia. El Derecho Natural, fundamento histórico de los derechos individuales, podría ser rescatado del desván filosófico en que acumulaba polvo y telas de araña y aplicado a desactivar la aceleración de los conceptos en que está envuelta la comunidad política, más por iniciativa de las minorías que por una demanda ciudadana comprobada. Persisten dificultades, por supuesto. La Iglesia no puede no remontarse hasta la Palabra Revelada, lo cual estrecha por fuerza su base social. Y continúa presa de obsesiones gremiales difíciles de comprender desde fuera- -su última arremetida contra el empleo de preservativos ha sido gratuita, amén de ofensiva para la clase médica y muchos creyentes- Pero algo se está moviendo. Y no inverosímilmente, algo nuevo acabará por ocurrir. Estas reflexiones, de índole muy general, y también muy incipiente, invitan a pronósticos más a corto plazo, y más a ras de tierra. Por ejemplo: ¿beneficiarán los corrimientos de tierra venideros a unos partidos sobre otros? ¿Saldrá fortalecida la derecha política? Mi impresión es que no. Centrémonos en el PP. En primer lugar, las relaciones del PP con la Iglesia se han atenuado hasta hacerse virtualmente imperceptibles. Los democristianos proceden casi en su totalidad de las viejas generaciones ucedeas, y se ha- llan al borde de la jubilación política o ya jubilados. En cuanto a la militancia joven... profesa un neoliberalismo de manual, difícilmente conciliable con la filosofía organicista que informa la doctrina vaticana. En segundo lugar, y en consonancia con la observación anterior, sucede que los desmarques de los católicos se están verificando de forma relativamente espontánea. Detrás del discurso de monseñor Sebastián no está la jerarquía, o sólo lo está de modo parcial y no mancomunado. Y tampoco está la jerarquía, y aún menos el PP, detrás de la iniciativa popular que llevará al Congreso, una vez reunido el número suficiente de firmas, una Proposición de Ley para que se reformen los artículos 44 y 175.4 del Código Civil y se abrogue el matrimonio homosexual y la adopción por parejas del mismo sexo. Estas contracciones de la opinión conservadora enfrentan al PP a un dilema en absoluto pueril. ¿Por qué? Se puede resumir la situación en muy pocas palabras. El PP, con Aznar al frente, era un artilugio maximizador de votos y también una cristalización de fuerzas en derredor de un señor de mucho carácter. Un carácter no necesariamente grato, pero de trazos muy firmes. El PP, sin Aznar, es ante todo un artilugio maximizador de votos. De votos de la derecha y el centro, lo que impone, claro está, unos límites a la volubilidad del partido. Admitidos, no obstante, dichos límites, resta como máxima dominante y casi solitaria la maximización del voto. Lo último se confirma por el intento de convertir el centro en enseña ideológica del PP. La maniobra, de hecho, encubre una contradictio in terminis: un partido que asegura ser radicalmente centrista es un partido que nos está diciendo, a su manera, que es un partido de voltaje ideológico bajo. Puesto que, si se es radicalmente centrista, no se será nada que pueda espantar al elector incidental y volandero que atraviesa las zonas intermedias y menos estables del espectro político. Se será radicalmente no radical, lo que implica no pasarse de la raya poniendo mucho el índice en este aspecto o en el de más allá. Este PP de perfiles difusos, cuya táctica consiste en abrir las ideas para hacerlas porosas y que irrumpan por los entresijos cuanto más votos mejor, se verá eventualmente en el brete de apoyar o no apoyar la Proposición de Ley que pide la revocación del matrimonio homosexual. Si se opone a la proposición, puede enajenarse a quienes, por no hallarse estorbados por cálculos de carácter contable, empiezan a liderar ideológicamente a la derecha. Y si la apoya, se comprometerá con posiciones que aún no han terminado de sedimentar en la opinión y algunos asocian a espacios integristas. En ambos casos, mal negocio desde el punto de vista que más preocupa a un político profesional. Que es el de ganar las próximas elecciones. Esto dicho, vuelvo a lo anterior. La dinámica partidaria dibuja una caligrafía superficial sobre los desarrollos culturales a largo plazo. Nos hallamos ante un final de ciclo, en el sentido amplio de la palabra. Las olas grandes no respetan a los surfistas. ÁLVARO DELGADO- GAL