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ABC MIÉRCOLES 15 12 2004 La Tercera NO QUIERO SER HUÉRFANO UVE una duda al titular este artículo, pues la otra alternativa era Tiempos de Orfandad Pero me incliné por la personalización, porque tiene mucho que ver con los sentimientos que me embargan en lo más hondo de mi alma. Nací en Navarra y he vibrado con todo lo que me unía a España, como tantos y tantos, y no quiero quedarme huérfano de esa España tan llena de luces y de sombras, pero que, en definitiva, nos ha cobijado con las heroicidades grandes (las que salen en los libros) y pequeñas (las del día a día que se escriben en la historia íntima) con las entregas desinteresadas, con las hazañas y los desastres comunes, con la historia, en suma. Y todo ello hasta el punto de concretar nuestra identidad cara al mundo, con el ser español. Y así, nos hemos sentido como una gran familia, admirando las tradiciones, canciones, fiestas, gastronomía y forma de ser, en definitiva, de vascos, valencianos, navarros, gallegos, catalanes, andaluces, extremeños... ¡Ay, de aquel Athletic que nos hacía vibrar! ¡de los compases de la sardana! ¡de las gaitas! ¡de las jotas! No eran nuestras pero eran de nosotros Siempre me gusta, quizá por deformación profesoral, explicar lo que pienso con ejemplos. Y en este caso nada mejor y más simple que el de la familia. Cuando uno nace, no por elección, sino por azar, en una familia determinada, ésta se nos adentra vitalmente por la historia común que se va tejiendo. Al cabo del tiempo se produce un inevitable distanciamiento o, más bien, diferenciación- -en mor de la afirmación de la propia personalidad- -con los miembros de la familia. En lo económico, en lo cultural, en lo social, en lo político... Pero en una familia sólida- -y la solidez siempre trae bienes- -lo diferente enriquece y une. La diversidad hace más notable la unidad. Pero esas diferencias, que todos tenemos experiencia de que se dan de un modo inevitable, no debe llevarnos a abjurar, a renegar de nuestros hermanos, a romper la familia, a quedar sin referencia, sin cobijo, sino más bien a fortalecer los lazos de la unión global en el caldo de la diversidad particular. Sólo una idea preconcebida de ruptura puede llevar a negar todas las ventajas de la unión. Pero esa idea preconcebida trae como consecuencia la ruptura de la familia, el renegar de todo lo que ha conformado con luces y sombras la convivencia de muchos años y un dolor anímico en los que se sienten abandonados por un hermano al que quieren y que no acaban de entender por qué él no les quiere. José Antonio Jáuregui, navarro universal y antropólogo, en su libro España vertebrada que fue la semilla de este artículo, demuestra de un modo científico, ameno y vivaz que lo español empapa por los cuatro T Quiero ser catalán con los catalanes, vasco con los vascos, andaluz con los andaluces, navarro con los navarros, extremeño con los extremeños, gallego con los gallegos... pero que no nos den la espalda costados a quienes quieren abandonar la familia. Los españoles universales lo han sido, aun siendo, a la vez, muy de su tierra chica; Casals, Picasso, Madariaga, Goya, Churruca, Domingo y tantos cientos más engrandecieron España sin renegar de la familia. Termina Jáuregui su libro con una preciosa cita del insigne político belga Wilfried Martens, que al recibir el Premio Carlos V que otorga la Academia Española de Yuste, mencionó una de las joyas literarias de nuestra bibliografía, como es el Discurso de Don Quijote a los cabreros: Dichosa edad y dichosos siglos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados y no porque en ellos el oro, que en nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad to- das las cosas comunes... todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia... No había la fraude, el engaño, ni la malicia mezclándose con la verdad y llaneza Y no es ocioso preguntarse el porqué de la separación, del rechazo del hogar común para comenzar una vida separada. Ni mejor ni peor, sino separada de los componentes familiares, negadora de lo unitivo y afirmadora de lo diverso. Una primera interpretación tiene que ver con la psiquis. Con el deseo de ser distinto por considerarse o ninguneado o poco diferenciado o superior al otro miembro de la familia. De ahí que se quiera demostrar que uno es distinto a base de negar lo que une. Se tiran por la borda tantos años de vida en común, tantos sinsabores y alegrías, tantos motivos de orgullo y de dolor conjuntado y se lanza uno por el sendero de la soledad, a hacer camino, sin metas claras del destino. Otra posible interpretación es que uno quiere salirse de la orquesta y ser solista, para llevarse todo el zurrón de aplausos con la batuta de mando en solitario. Dicho en términos simples, por detentar el poder y no compartirlo. El poder. Palabra mágica que hoy y siempre ha entrañado una pasión en los seres humanos, solo igualable al dinero. Por tener el poder, con mayúsculas, la historia se ha ennegrecido hasta límites inhumanos. Y es que con el poder se puede todo. Esa es la cuestión. Y la tercera, que no agota todas las posibles, radica en suplantar el poder de la sociedad por el poder político. Es verdad, como dice Alain Touraine, que la idea de una sociedad en la que los ciudadanos sean liberados a la vez de la clase dirigente y del Estado es una utopía. Pero de ahí a pensar que no hay solución para los espacios de libertad de los ciudadanos va un abismo. Una sociedad liberal, sigue diciendo Touraine, es la creadora de cultura y la reductora de ataduras y burocracia. Y nada ata más a los ciudadanos que una clase política dirigista en espacios territoriales reducidos. Se hace insoportable en la realidad, aunque sea bucólico en el papel. ¡Ay, de esos años de enseñanza rupturista de la tradición! Terminaría esta casi parábola diciendo que quiero ser catalán con los catalanes, vasco con los vascos, andaluz con los andaluces, navarro con los navarros, extremeño con los extremeños, gallego con los gallegos... pero que no nos den la espalda, que sigan considerándose de la familia, que no rechacen la España en la que todos vivimos y de la que tenemos páginas gloriosas de las que enorgullecernos, en lo literario, en lo artístico, en lo social... páginas lo suficientemente grandes como para no irse en solitario al sendero vital. JUAN ANTONIO SAGARDOY BENGOECHEA de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación