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68 Tribuna MARTES 14 12 2004 ABC H AY preguntas que merecen hacerse independientemente de la respuesta a la que se pueda llegar. Preguntas que buscan la reflexión más que la certeza. Preguntas cuyos términos la mente rehusa instintivamente por no querer afrontar una realidad desagradable. Los españoles no estamos preguntándonos si España está en guerra contra el terrorismo. Esto es un error. No porque se prejuzgue inicialmente sobre la respuesta a dar a dicha pregunta, sino porque estamos evitando el punto de partida más evidente para reflexionar sobre la amenaza que supone el terrorismo para nuestro país. Preguntémonos si estamos en guerra contra el terrorismo y, a partir de ahí, tomaremos conciencia de que algo hay que hacer para evitar a largo plazo otro 11- M y de que ese algo encierra múltiples opciones sobre las que nos tendremos que pronunciar. ¿Por qué es esta pregunta el mejor punto de partida para la reflexión? Porque es la pregunta que se están haciendo las demás sociedades con las que compartimos principios y valores y que también están siendo víctimas del terrorismo. Evidentemente, no estamos solos en este barco. España ha sido una más de las víctimas del terrorismo y la lucha para alcanzar su derrota nos implica a todos. Cuando los demás están inmersos en el debate que plantea la pregunta, España no se puede quedar al margen. No podemos dejar que los demás encuentren respuestas a las preguntas que nosotros deseamos evitar porque, sino, llegará un momento en el que se nos impondrá la respuesta sin que hayamos podido contribuir a su elaboración. Hay un país en particular que ya tiene su respuesta. Quizá por haber sido la primera víctima de esta nueva escala del terrorismo. Estados Unidos se considera en guerra contra el terrorismo. Muchos europeos aún no comprenden este ¿ESTÁ ESPAÑA EN GUERRA CONTRA EL TERRORISMO? PERCIVAL MANGLANO Analista político No hay pregunta incómoda, sino respuesta que se desea evitar hecho, lo que les impide entender muchos aspectos de la política interna, exterior y de defensa norteamericanas. Puede que ciertos países europeos lleguen a la conclusión de que no están en guerra contra el terrorismo. Pero, tras haber llevado a cabo la reflexión colectiva que implica alcanzar su respuesta, estarán en mejor disposición para comprender la posición de los demás países- -y, en particular, de Estados Unidos- -que se han planteado la misma pregunta. Es bien posible que los españoles decidamos que no estamos en guerra contra el terrorismo. Puede que el 11- M y los atentados evitados contra la Audiencia Nacional y otros edificios emblemáticos de Madrid no supongan una amenaza nueva para España con respecto al terrorismo de ETA que llevamos sufriendo más de 30 años. En tal caso, nos enfrentaríamos a una situación cuya experiencia nos sería de total utilidad. Pisaríamos sobre terreno conocido y no habría que considerar el uso más que de los instrumentos policiales, judiciales etc. que se han utilizado contra los etarras, pero dirigiéndolos esta vez contra los fanáticos islamistas. En general, en España nunca se ha di- cho que se estuviese en guerra contra el terrorismo etarra. Puede, por lo tanto, que no se deba hablar de guerra contra el terrorismo ahora. Pero, cabe recordar que el 11- M mató en escasos minutos a una cuarta parte de la gente que ETA ha matado en 30 años. Por otro lado, los efectos políticos del atentado fueron tales que influyeron en la participación y resultado de unas elecciones generales. Y, además, la matanza se inscribió claramente en una cadena de atentados- -tanto abortados como producidos- -que incluyeron el 11- S y que han podido suponer una declaración de guerra de hecho contra el mundo occidental (en este caso, estaríamos en guerra no por desearla, sino porque nos la han declarado) En este caso, debe considerarse qué se entiende por guerra Evidentemente, no se trata de una guerra convencional. No se enfrentan dos o más ejércitos sobre un campo de batalla delimitado con el propósito de ejercer su control sobre un territorio dado. La guerra a la que nos enfrentaríamos sería radicalmente distinta de lo que la Historia nos enseña, caracterizándose nuestro enemigo por al menos dos elementos prácticamente desconocidos hasta ahora ser indisuadible e indetectable. La lógica de la guerra ha tenido históricamente una base racional que fue particularmente patente durante la época del enfrentamiento nuclear de la Guerra Fría. La mejor arma de prevención contra un ataque militar era la disuasión, es decir, el reparo del enemigo a iniciar un conflicto del que podría salir malparado. Un ejército capaz de infligir graves daños a la población o recursos de un país origen de un ataque sembraba la duda inicial en la mente de los dirigentes del país agresor sobre la conveniencia de atacar primero. El problema ahora es que la disuasión no funciona contra la amenaza terrorista. Los dirigentes terroristas no tienen una población o territorio sobre los que sentirse responsables. Más aún, la predisposición terrorista a suicidarse durante sus operaciones elimina incluso el elemento de disuasión que podría suponer la voluntad de evitar perder la propia vida. Además, históricamente, las guerras se han librado contra enemigos detectados sobre el campo de batalla. La amenaza del terrorismo traslada el campo de batalla a nuestras ciudades, donde el enemigo se oculta entre la población civil y sus armas caben en una mochila. Luchar contra un enemigo que se camufla entre la población que se pretende proteger- -precisamente para atentar contra ella de manera más efectiva- -supone enfrentarse a una amenaza para la que no es seguro que se tengan los instrumentos adecuados. Si nos encontrásemos, por lo tanto, inmersos en una guerra contra el terrorismo, la pregunta sería entonces: ¿cómo la vamos a vencer? O, por decirlo de otra manera ¿qué instrumentos, qué armas, qué estrategia vamos a utilizar para vencerla? Y, ¿hasta qué punto y dónde vamos a estar dispuestos a usar las armas militares? No hay pregunta incómoda, sino respuesta que se desea evitar. Ya va siendo hora de que los españoles dejemos de evitar enfrentarnos a la pregunta que suscita el mayor atentado terrorista de nuestra Historia. L año 1504, a los cuarenta de su edad, rendía el alma en Guadalupe don Juan de Zúñiga, cardenal de la Iglesia Católica, arzobispo de Sevilla, último maestre de la Orden de Alcántara y uno de los hombres más ricos de la Península. Llegó al célebre Monasterio cuando subía desde el Betis para entrevistarse con los Reyes Católicos. Una enfermedad infecciosa, que ni siquiera los sabios médicos guadalupenses pudieron reducirle, arrebataría al gran hombre en plena madurez. Su conducta fue clave para la constitución de la Extremadura moderna, y aun de España toda, por lo que justo es recordarle en este V centenario. Espíritu claramente renacentista, enamorado de las letras clásicas, generoso y calculador, mecenas brillante, don Juan tuvo singular infancia. Nacido en Béjar (1464) era hijo de Álvaro de Zúñiga, duque de Béjar, Arévalo y Plasencia, y de Leonor Pimentel, una de las mujeres más aguerridas y ruidosas de la historia extremeña en la Baja Edad Media, según la define Cardiallaguet Quirant. Partidaria de La Beltraneja en el enfrentamiento contra Isabel por el Trono de Castilla, doña Leonor supo manejarse hábil- E JUAN DE ZÚÑIGA Y PIMENTEL MANUEL PECELLÍN LANCHARRO Escritor mente entre los aspirantes a dirigir la poderosa Orden de Alcántara tras el fallecimiento de Gómez de Solís (1472) Obtuvo de Enrique IV, con el apoyo de la bula emitida por Sixto IV (1474) que nombrasen a su hijo ¡un gran maestre con 10 años de edad! Las vicisitudes de la época demoraron un lustro la toma de posesión, pero las dádivas, amenazas, promesas y habilidades de la madre conseguirían que los Reyes Católicos hecha la paz con Portugal y aplacado el temible clavero Alonso de Monroy reconociesen las bulas papales. Don Juan presidirá la Orden, que ostentaba sus mayores dominios en La Serena, magníficas inmensidades de pastos para las merinas. Allí, entre Villanueva y Zalamea (donde nuestros dramaturgos sitúan al famoso alcalde) el maestre logra reunir una corte literaria homóloga al de los señores italianos. La dio a conocer por vez primera M. Bataillon en su insustituible Erasmo y España. Atraídos por la personalidad del maestre, que no escatima al abrir la bolsa, acuden hasta sus lugares hombres como el sabio Hernán Núñez, el músico Solórzano, el jurista Gutierre de Trejo o el astrónomo y matemático judío Abraham Zacuth (Abasurto) Aunque la figura más brillante de esta Academia será Antonio de Nebrija. Casi veinte años pasará el famoso humanista junto a Zúñiga, más espléndido en la retribución que la cicatera Universidad de Salamanca. El convento de Santo Domingo, fundado por el maestre en Villanueva de la Serena, escuchará las impagables lecciones de Lebrija, quien, según confesión propia, va a es- cribir algunas de sus obras ad Anae flumina a orillas del Guadiana. Fernando el Católico, hábil negociador donde los hubiere, logra firmar con el culto freire enjundiosas Capitulaciones. El maestre de Alcántara, último así de los mismos, renuncia su dignidad (1494) a favor del Rey, quien le reconoce de manera vitalicia la administración de las rentas de los diecinueve pueblos aglutinados en el partido de La Serena. El latifundio quedará bien firme para las generaciones futuras. Por otra parte, el fraile- caballero recibía un millón de maravedíes anuales como renta del partido de Alcántara. Poco después (1502) y a propuesta de los Reyes, don Juan es nombrado Arzobispo de Sevilla, obteniendo al año siguiente el capelo cardenalicio que le otorgó Julio II. Era ya la segunda autoridad eclesiástica española, detrás sólo del arzobispo de Toledo. Y hasta el Betis le sigue el fiel Nebrija, luego de renunciar a su cátedra de prima de gramática, junto al Tormes (volvería después, a otra) El prematuro fallecimiento de Zúñiga y Pimentel (26 julio 1504) cortó una carrera que quizás hubiese llevado a uno y otro a mayores alturas.