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ABC LUNES 13 12 2004 Opinión 7 JAIME CAMPMANY Los jueces son tenebrosos las sotanas son inmovilistas y Teresa Fernández de la Vega es la valkiria progresista del Vogue ROPONES Y SOTANAS ARÍA Teresa Fernández de la Vega es un termómetro. Por ella podemos saber la fiebre que en cada momento padecen los socialistas cuando les ataca alguna malaria o calenturas tíficas o palúdicas, porque en ella, como está tan espiritada, enseguida se muestran los síntomas. Ahora, en Valencia, ha arremetido contra lo que llamaba el clásico gente de negro y ha llamado tenebrosos e inmovilistas a los curas y a los jueces, o sea, a las sotanas y a los ropones. Claro está que de todo ha de haber en la viña del Señor, y también habrá sotanas trabucaires y ropones entenebrecidos, que sólo hay que pensar en monseñor Xirinacs y en el magistrado Bacigalupo. Pero a ver qué me dice la jai vicepresidenta del inmovilismo de Moratinos, que anda todavía por el castrismo cubano y el golpismo venezolano, y de la tenebrosidad de Pérez Rubalcaba, que se puso a brindar cuando los doscientos muertos del 11- M porque con ellos ganaban ustedes las elecciones. Lo que sucede, creo yo, es que los socialistas ya tienen casi todo el barón de Montesquieu en la talega, el poder ejecutivo y el legislativo, y parte del judicial. Ahora van por el judicial entero, Tribunal Constitucional, Tribunal Supremo, especialmente la Sala de lo Penal, y Conejo General del Joder Judicial. Este último poder se les resiste en parte, y hay alguna puñeta que les está haciendo la ídem, porque se niega a obedecer las órdenes. La Iglesia no pasa por el aro, ni siquiera bajo la amenaza de dejarle vacía la bolsa de la colecta estatal y el cepillo de la x en la declaración de la renta. La Iglesia no es fácil de doblegar, que está muy puesta en aquello tan viejo del non prevalereunt La Iglesia, ayer como hoy, predica la verdad de Cristo, se abraza a la Cruz y se mete en el martirologio tan contenta y cantando salmos de alegría. Cuando vienen mal dadas, se mete en las catacumbas y allí aguanta las persecuciones hasta que llega Constantino, Recaredo, San Fernando o el que le toque, ya saben. Los socialistas ya tienen, pues, el ejecutivo, el legislativo, parte del judicial, las minorías revoltosas, los manifestantes, los pancarteros, las ministras de cuota y el imperio mediático de Polanco. ¿Qué les falta? Pues les falta solamente la parte rebelde de los jueces y la Iglesia insobornable. Esa circunstancia de que alguien sea insobornable es lo que más puede desconcertar a los socialistas, tan acostumbrados a llevarse el gato al agua con la mordida, la comisión, le prebenda, la canonjía, el enchufe, el trinque y la mamandurria. De pronto sale un ciudadano y les dice a los socialistas que se metan todo eso en el sitio mismo donde dice Ibarra que el Gobierno se meta el indulto a Rafael Vera, y ya no saben qué hacer. Seguramente eso es lo que les ha pasado con la Iglesia, que no ha habido manera de comprarle el sí al aborto a gogó, el matrimonio de los mediopensionistas sexuales y el meterle un tantarantán al Evangelio con el Corán. O sea, que los jueces son tenebrosos, las sotanas son inmovilistas y Teresa Fernández de la Vega es la valkiria progresista del Vogue M JUAN MANUEL DE PRADA Una exposición necesaria que, en su elocuente austeridad, rebate algunos de esos tópicos enquistados que entenebrecen la figura de Isabel con chafarrinones oscurantistas LOS LIBROS DE LA REINA AS veleidades del cambalache político han propiciado una conmemoración casi clandestina del quinto centenario de la muerte de Isabel la Católica. Resulta un poco lamentable, amén de irrisorio, que una época que ha reducido la expresión cultural al fasto y la efeméride orille por razones espurias y vergonzantes a la figura femenina más sobresaliente de nuestra Historia. En Burgos se celebra en estos días, sin embargo, una exposición que infringe este tibio velo de silencio que parece haberse arrojado repentinamente sobre la Reina Católica y, de paso, refuta algunos de los tópicos más feroces que gravitan sobre la memoria de su reinado. Frente a la imagen de una Reina Isabel adusta tenebrosa e inmovilista que diría cierta promotora gubernamental de Gran Hermano esta exposición nos muestra a una mujer de honda pasión lectora que se preocupó de estimular con su mecenazgo la producción intelectual y cuya biblioteca podemos considerar hoy un exacto epítome del saber de su tiempo, en el que se congregan las obras de devoción religiosa, los tratados de historia y medicina y también los volúmenes de puro solaz literario. La exposición, organizada por el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua y por Caja Burgos, elige un emplazamiento muy significativo, la Casa del Cordón, que acogería, en vida de los Reyes Católicos, destacados acontecimientos, como la boda del desdichado príncipe Juan o el recibimiento dispensado a Cristóbal Colón, a la vuelta de su segundo viaje a América. Los libros que en ella se reúnen, muchos de ellos nunca antes expuestos en público, componen una imponente colección de incunables que el comisario de la exposición, el profesor Nicasio Salvador Miguel, ha ordenado en atención a su materia. Así, bajo el marbete Una mujer ilustrada nos topamos, entre L otras joyas, con un ejemplar de la Gramática española que Antonio de Nebrija precede de una muy devota dedicatoria a la Reina, o la divulgada colectánea de fábulas de origen hindú Calila e Dimna, abierta, por cierto, por una página que muestra un escolio o comentario marginal autógrafo de la propia Isabel. La sección titulada Una mujer piadosa está presidida por una de las más preciosas piezas bibliográficas de la exposición, el Breviario de la Reina, muy ricamente iluminado; muy cerca se halla otro manuscrito muy usado por Isabel, la Traslación de algunos libros del Antiguo testamento según la Vulgata y el texto hebreo, mandada hacer por el rey don Alfonso el Sabio. En el apartado Una Reina que gobierna y se entretiene hallamos textos misceláneos- -Specula Principum, cancioneros, compilaciones jurídicas, florilegios literarios- -que subrayan la pluralidad de curiosidades regias. La exposición se completa con una serie de documentos entre los que se cuentan varias cartas de la Reina dirigidas a su esposo y un muy prolijo inventario de sus bienes, en donde se especifican los libros que componen su biblioteca. La reconstrucción de esa biblioteca- -en la que confluyen ejemplares que pertenecieron a la propia Reina, obras dedicadas a ella y también otras que fueron escritas por mandato suyo- -nos permite imaginar la muy bulliciosa actividad literaria promovida por una mujer cuyo aprecio por las labores intelectuales se halla fuera de toda duda, que se entregó con denuedo al mecenazgo y que, en fin, supo rodearse de consejeros áulicos que conciliaban muy diestramente las tareas de gobierno con la práctica de la escritura. Una exposición necesaria que, en su elocuente austeridad, rebate algunos de esos tópicos enquistados que entenebrecen la figura de Isabel con chafarrinones oscurantistas.