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ABC LUNES 13 12 2004 La Tercera DIOS LE DÉ GLORIA POR SER CATALÁN E L nacionalismo catalán es insaciable. Todo lo quiere para Cataluña. Y lo quiere porque Cataluña- -según asegura- -es una nación dotada de unos derechos inalienables que justifican cualquier reivindicación. Lo dijo el clásico de la Renaixença, el romanticismo catalán del siglo XIX: Puix que és català Déu li do glòria. Dios le dé gloria por ser catalán. La gloria de desarrollar su ser nacional. Y es que Cataluña, por ser una nación, tiene derecho a poseer una lengua propia, una cultura propia, una historia propia, una manera de ser propia, un arte propio. La insaciabilidad llega, incluso, al terreno eclesiástico: Cataluña tiene derecho a una Conferencia Episcopal propia. Y, descendiendo al terreno de lo prosaico, Cataluña también tiene derecho a poseer una soberanía política propia, una voz propia en la Unión Europea, una ley de financiación propia, un marco de relaciones laborales propio, una educación propia, un dominio de internet propio, un distintivo automovilístico propio y, naturalmente, unas selecciones deportivas propias. Se trata, en definitiva, de una afirmación heráldica sustentada en el ser nacional. Esto es, en la existencia de una identidad propia- -distinta o especial- la de la nación catalana. La afirmación heráldica del nacionalismo catalán tiene su trampa y su objetivo. La trampa se descubre sacando a colación una conocida cita del Tratado de la Naturaleza Humana de David Hume que merece ser recordada por su carácter desenmascarador. Dice Hume: En cada uno de los sistemas de moralidad con que hasta la fecha me he tropezado, he observado invariablemente que el autor procede durante un cierto tiempo razonando a la usanza ordinaria (estableciendo, por ejemplo, la existencia de Dios, o haciendo observaciones relativas a los asuntos humanos) pero, de pronto, me encuentro sorprendido al comprobar que, en lugar de la cópula es que usualmente interviene en las proposiciones, apenas hay lugar para otras proposiciones que aquéllas en que el verbo es ha dejado paso al verbo debe El cambio es casi imperceptible, pero reviste, sin embargo, la máxima importancia. Porque, dado que dicho debe expresa una relación de nuevo cuño, es menester tomar nota del mismo y explicarlo; y, al mismo tiempo, es necesario dar razón de algo que a primera vista resulta inconcebible: a saber, cómo aquella nueva relación pudo surgir por deducción a partir de otras de cuño enteramente diferente En este texto, David Hume formula y desvela la llamada falacia naturalista según la cual es ilícito derivar una evaluación (un debe a partir de una descripción (un es Pues bien, esta falacia- -que Hume percibe en el ámbito de la ética- -es la que el nacionalismo catalán practica en todos los ámbitos: como Cataluña es una nación, debe poseer una lengua, una cultura, una historia, una manera de ser, etc. propias. Pero, siguiendo a Hume, no hay nada que justifique esta relación de nuevo cuño En el caso de Cataluña, no se trata sólo de la falacia que deriva una evaluación de una descripción, sino del carácter falaz de la propia descripción. En pocas pala- Verdaderamente, los catalanes han de menester ver más mundo que Cataluña Lo dijo, hace casi cuatro siglos, Olivares. El nacionalismo catalán, que tanto lo ha menospreciado, debiera tenerlo en cuenta bras: no puede hablarse de nación catalana cuando los criterios de definición nacional no se cumplen en Cataluña. Esto es: no puede hablarse de lengua propia, porque catalán y castellano son las dos lenguas propias de los catalanes; no puede hablarse de cultura e historia propias, porque Cataluña comparte cultura e historia con España; no puede hablarse de una manera de ser propia, porque- -más allá del tópico- -el carácter es un atributo personal y, como señalara Jung, las mayores diferencias de carácter se encuentran entre los habitantes de un mismo territorio. Así las cosas, ¿por qué el nacionalismo catalán reivindica una inexistente esencia nacional propia? Entramos de lleno en el objetivo del cual hablábamos más arriba. ¿El objetivo del nacionalismo catalán? Distanciarse de quien es más parecido. ¿Por qué? Para competir con ventaja en el mercado de recursos políticos, económicos y sicológicos. Políticamente hablando, la invención de una identidad nacional permite ocupar espacios de soberanía- -a través del nuevo Estatuto, por ejemplo- -al considerar que a la nación catalana le corresponde un Estado o casi Estado catalán. Económicamente hablando, la identidad nacional justifica una política autónoma- -no al déficit fiscal, por ejemplo- -orientada a impulsar un desarrollo propio e intransferible. Sicológicamente hablando, la identidad nacional sustrae a los individuos del olvido- -a través de selecciones deportivas, por ejemplo- -trans- formando el nadie en alguien. Y esta identidad, que se afirma dotada de continuidad histórica, hace creer que el nadie devenido alguien sobrevivirá más allá de la muerte en tanto pertenece a un élan que en el futuro se realizará en toda su plenitud nacional. Por eso el nacionalismo rinde culto a los orígenes encarnados en la figura de lo propio. En este sentido, el catalanismo es un nacionalismo sintoísta que venera a los antepasados, otorga identidad a la apariencia, tolera mal la diferencia, persigue la realización de un sueño ligado a la memoria de una época dorada prostituida, robada o destruida. Si el sintoísmo señala el camino de Dios, el nacionalismo catalán- -cual religión de Estado- -indica el camino de perfección que conduce a la reconstrucción nacional. Y para ello hay que construir una comunidad. O inventarla. O imaginarla. Y la comunidad se construye, o inventa, o imagina gracias a un proyecto de mitificación, olvido, manipulación o tergiversación de la realidad que excluye o margina lo impropio- -por ejemplo, lo español- -en favor de lo supuestamente propio, lo catalán. Proyecto que también excluye o margina cualquier manifestación individual que escape de la nación identidad orgánicamente definida. El resultado es una identidad nacional a la carta que modela el ser colectivo catalán. Y exige un trato especial en función de ese ser que, por cierto, no existe. ¿Qué alternativa a la Cataluña diseñada por el nacionalismo? Una cosa tan sencilla como reconocer, aceptar e impulsar la realidad de una Cataluña que es a un tiempo catalana y española. Una Cataluña que no debe exigir gracia alguna y debe asumir que los derechos e intereses del ciudadano están por encima de los supuestos derechos e intereses de cualquier abstracción. Y a los políticos nacionalistas de derecha e izquierda de Cataluña les digo que no fomenten la diferencia por la diferencia, que no marginen a nadie por razón de lengua o cultura, que piensen en términos de ciudadanía y no de identidad, que no reclamen privilegio alguno, que superen la cultura de la queja y el regateo permanentes, que no impulsen ninguna cruzada antiespañola porque España no tiene culpa de lo que ocurre, o no en Cataluña, que no jueguen con la reforma estatutaria y constitucional, que entiendan que la mala prensa que tiene el catalanismo es fruto de su propia displicencia y prepotencia, que comprendan que el futuro pasa por la colaboración leal en el marco de un proyecto español común. Verdaderamente, los catalanes han de menester ver más mundo que Cataluña Lo dijo, hace casi cuatro siglos, Olivares. El nacionalismo catalán, que tanto lo ha menospreciado, debiera tenerlo en cuenta. Y a quien, de forma más o menos sutil, reivindica el excluyente Dios le dé gloria por ser catalán le recuerdo las palabras de Erasmo de Rotterdam: Por el amor de Dios, ¿quién te ha calentado la cabeza con estas camándulas? Camándula: marrullería. MIQUEL PORTA PERALES Crítico literario y ensayista