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84 Tribuna DOMINGO 12 12 2004 ABC E N el ínfimo mundo de la poesía española han causado un gran revuelo las circunstancias que han rodeado el fallo de la última convocatoria del Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe que es como se llama en realidad lo que todos los que nos movemos por el pequeño universo poético patrio conocemos como Premio Loewe. Para resumir, el galardón tuvo que ser revocado por el jurado después de concedido porque el libro premiado, Devastaciones, sueños, ya había ganado el pasado mes de junio otro concurso, el José de Espronceda de Almendralejo (Badajoz) Uno, que por casualidad era miembro del jurado extremeño, no podía salir de su asombro cuando escuchó en el elegante comedor del Palace que el libro ganador era ése y su autor un tal Antonio Gracia. Con todo, hasta que regresé esa noche a casa y comprobé en el cuaderno donde anoto todo lo referente a los libros finalistas de los certámenes de los que soy jurado, no pude dar crédito. Llamé entonces a la bibliotecaria de Almendralejo y ésta me contó disgustada que el señor Gracia había enviado esa misma mañana un correo electrónico donde comunicaba que renuncia al premio. Lo que no sabía ella es que esa misma tarde don Antonio había conseguido el Loewe. Lo demás ya lo conocen. No en vano fue este periódico el que desenmascaró en exclusiva la farsa del cazapremios alicantino. Una vez cotejados ambos originales (que no eran sino el mismo con ligeras variantes) el jurado retiró el premio a quien, tras jugar sucio, no lo merecía. A los que estábamos en Madrid aquel aciago día nos salió de ojo que el ganador del premio más importante de la poesía española estuviera tan crispado y que, nada más subir al esce- EN TORNO AL PREMIO LOEWE ÁLVARO VALVERDE Escritor Quienes frecuentamos los certámenes líricos sabemos que abundan los profesionales del fingimiento y que, por serlo, saben bien cómo falsear sus voces para que caigamos en la trampa nario, nos advirtiera de no sé qué equivocación a propósito del libro enviado. Por otra parte, era de ver la cara de los miembros del jurado, a todas luces descontentos con el fallo. Tampoco me pasó desapercibida la de Enrique Loewe, alma del invento. Nos saludamos con afecto, pero le noté preocupado y distante. Durante la comida, al lado de Esperanza Aguirre y el duque de Lugo, tuvo momentos de ausencia y de tristeza. No se resignó y, cuando le tocó tomar la palabra, lo dijo alto y claro: lamentaba que el premio no hubiera ido a parar a un autor joven. Sé bien lo que sentía. Cuando uno lo ganó, allá por el año 91 del siglo pasado, era la primera vez que se otorgaba a un poeta de escasa edad y su alegría fue enorme. Joven y casi desconocido, añado. Ese afán de descubrimiento es algo que está en el espíritu del premio, sin duda. No obstante, tras las diecisiete ediciones celebradas, muy pocas veces ha ocurrido eso. Lo que no es óbice para reconocer que los libros ganadores han sido en su inmensa mayoría libros nuevos y sólidos, con independencia de que sus autores fueran jóvenes y poco conocidos. Ahí están, para demostrar la excepción, los casos de Valero, Cabrera y Oliván. También es falso que, como tantas veces criticara Valente, el premio sólo haya premiado a seguidores de la denominada poesía de la experiencia Dos de los máximos representantes de esa tendencia lo ganaron, sí, pero con libros que estaban muy lejos de las premisas fundacionales del grupo. Es verdad, ya que aludimos sin nombrarlos a Marzal y a Gallego, que la casualidad ha querido que en las últimas ediciones haya ido a parar a varios poetas valencianos. Dejémoslo en eso: en pura coincidencia. No parece lógico imputar a un jurado tan plural y competente maniobras de ese tipo. Como sería ilógico hacerle responsable de que un desaprensivo les engañe. Quienes frecuentamos los certámenes líricos sabemos que abundan los profesionales del fingimiento y que, por serlo, saben bien cómo falsear sus voces para que caigamos en la trampa. ¿Quién no ha premiado alguna vez a Ramírez Lozano? pongo por caso. Eso sí, es más difícil que eso ocurra si en lugar de cien ejemplares se presentan al premio más de mil. Como es una pena que libros magníficos (sé bien lo que digo) queden perdidos en el limbo de los finalistas por culpa de personajes de esa calaña. En esta edición ha pasado. Da grima pensar qué nombres y, lo que es más importante, qué libros se han quedado a un paso de conseguir el Loewe estos últimos años. Si una ventaja tiene que el de la poesía, vuelvo al principio, sea un planeta poco poblado, ajeno a los manejos comerciales de los premios, por ejemplo, de novela, es que en él las cosas son susceptibles de gozar de la mayor limpieza y claridad posibles. Un hecho tan lamentable como el que nos ocupa debería servir para que las aguas volvieran a su cauce y el premio recuperara no ya su prestigio, que nunca ha perdido, sino tal vez su auténtico valor. Quiero decir que lo que estamos esperando los lectores de poesía (quinientos o dos mil, poco importa) es que el Loewe, a través de su influyente jurado, nos vuelva a regalar libros de verdad y no meros sucedáneos seudopoéticos. Por muy arduas que sean sus deliberaciones. Teniendo siempre presente el intangible bien de la poesía, que nada sabe, por fortuna, de torpes artimañas tramadas por poetastros. C OINCIDÍ hace unos días en el Salón del Libro de Pau con Rosa Montero. El Salón del libro de Pau es una feria del libro en que se cobra por entrar. Los franceses aman los libros y los compran en grandes cantidades. Yo estaba allí con mi última novela, titulada Magia y no traducida al francés evidentemente, pero resulta que en Pau hay gran interés por la lengua de Cervantes, que se estudia y se lee, y se venden libros en español. Allí nadie dice castellano, allí al español se le llama español. También se le llama español al español en todo el mundo salvo en España, donde no se le llama español, sino c. Sí, ce punto, para qué seguir. Es un timo sucio que al español, dentro de España, muy adentro de España diría yo, adentrísimo de España, en la zona anal de España volvería a decir yo, no se le llame español, una gran mierda histórica que no se le llame español, no tiene otra denominación. Es una forma de seguir robando a los pobres, a los que no hablarán otra cosa en su vida que la baja lengua de Cervantes, un timo decirles que hablan castellano, un timo España en general. Yo qué sé. Es que a mí me gustaría hablar inglés directamente y ha- LIBROS EN PAU MANUEL VILAS Escritor Rosa Montero me dijo que Lou Reed estaba loco, que era un esquizofrénico y que nadie le quería. Yo le dije que Lou Reed era un genio, uno de los más grandes artistas de todos los tiempos ber nacido en Nueva York, etc, etc. Yo lo que amo es Nueva York. Yo lo que no entiendo es este país donde a su lengua se la llama ce punto. Yo no conocía a Rosa Montero (yo no conozco a nadie) y me la presenta- ron en la cena. Y me gustó esa mujer. Me enamoré de ella, qué cosas me pasan. Me gustaron sus dientes y el perfume que usaba. Ahora me enamoro de los dientes de las mujeres, es la última broma de mi corazón. Llevaba un peinado como infantil, con un arbolito ligero plantado en mitad de la cabeza. Al presentarnos, me dio dos besos. Pero no fueron dos besos de roce simple de mejilla, como es lo normal, sino que Rosa Montero posó sus labios en mi carne triste, o alegre, qué más da, pues todo es literatura, ya no vivo sino acre o maravillosa, qué más da, literatura. Y me enamoré de Rosa Montero y me imaginé casándome con ella. Pero luego se fue a cenar a otro sitio. Indagué sobre el perfume que llevaba Rosa Montero y la escritora Magdalena Lasala me dijo que era Opium. Fuerte, opium, fuerte y malsano. Entonces me acordé de una entrevista que Rosa Montero le hizo a Lou Reed. Y le pregunté por ella, por la entrevista. Rosa se creyó que yo iba a entrevistar a Reed también. Ojalá, le dije. No, no, quiero saber qué te dijo Lou Reed. Rosa Montero me dijo que Lou Reed estaba loco, que era un esquizofrénico y que nadie le quería. Yo le dije que Lou Reed era un genio, uno de los más grandes artistas de todos los tiempos. Ella me dijo que estaba de acuerdo, que a ella también le gustaba mucho, pero insistió en que era un loco peligroso. En realidad, no estaba de acuerdo conmigo. Me miró a los ojos y adiviné su pensamiento. La noche se había enfriado en Pau, pero ¿dónde está Pau? ¿dónde está la anticuada Francia? Lo único que tiene sentido es Nueva York y Lou Reed, todo lo demás, en una u otra forma, y en la medida en que no sirve a la vida ilimitada, acaba siendo fascismo. I love you. Qué enamorado estuve aquella noche de Rosa Montero, y de qué poco me sirvió. La vida es un acertijo oscuro. Necesito sentirme libre siempre. Si no soy brutalmente libre, la vida es fea y sórdida. Libros en Pau. Acabo aquí este artículo. Adiós, querida Rosa. Adiós, querido Lou. Adiós, Pau.