Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
62 Los domingos DOMINGO 12 12 2004 ABC MARION JONES SE CAE DEL PODIO Víctor Conte dijo que antes de los Juegos de Sidney le dio a Jones EPO, hormonas de crecimiento, insulina y clear una forma de THG, y que la vio inyectarse (Viene de la página anterior) maba a su puerta y se metió de lleno a ello. Eso sí, con la condición de ser la número uno. Su primera temporada seria fue la de 1997, y a las primeras de cambio se proclamó campeona del mundo de los 100 metros. Sus carreras se contaban por victorias. Pero a Marion no le bastaba con ganar- -desde que la venciera Merlene Ottey el 6 de septiembre del 97 en Tokio hasta que la derrotara Zhanna Pintusevic en la final del Mundial de Edmonton el 7 de agosto de 2001, había encadenado 53 triunfos consecutivos- sino que quería más y su reto era igualar las cinco medallas de oro ganadas por Carl Lewis (la mayor gesta del deporte estadounidense) en los Juegos de Los Angeles 84. Como Lewis, compaginaba la velocidad con la longitud. Y Marion Jones ganó sus cinco medallas en Sidney. No afectó a su prestigio que dos de ellas fuesen de bronce. Había conseguido ser la primera mujer en la historia en conseguir cinco medallas en unos Juegos. Marion Jones, feliz tras entrar en primera posición en la final olímpica de Sidney de los 100 metros Guión de película Jones había alcanzado la cima. No se imaginaba que comenzaba entonces su descenso a las cloacas. El mito Jones comenzó a resquebrajarse cuando se descubrió la tetrahydrogestrinona (THG) en octubre de 2003, apareciendo su nombre relacionado con los laboratorios Balco, los creadores de la droga. Y se ha hecho pedazos ahora después de que Víctor Conte, el dueño de los laboratorios, haya enumerado los productos que le suministraba y cómo la había visto inyectarse. El descubrimiento de la THG y la implicación posterior de Marion Jones parecen el guión de una película de misterio. Víctor Conte les sugirió a Marion Jones y a Tim Montgomery que dejasen a su entrenador, Trevor Graham, y trabajaran con un hombre de su confianza, Charlie Francis, que fue entrenador, en el 88, del Ben Johnson cargado de anabolizantes. Graham conocía todos los secretos de sus pupilos, pues no en vano había sido el entrenador de Marion en Sidney y había visto toda la evolución física de Tim hasta que consiguió el récord del mundo de los 100 metros (septiembre de 2002) Despechado por el despido, Graham consiguió que C. J. Hunter (ex marido de Marion) le diese una de las jeringuillas usadas que se quedaban tiradas en los vestuarios para llevarla a los responsables de la Agencia Antidopaje. Éstos fueron quienes descubrieron la THG (un esteroide anabolizante indetectable hasta entonces) La implicación de Jones era cuestión de tiempo. MONSTRUOS SIN ESPERANZA POR ALEJANDRO GÁNDARA ESCRITOR Éxito en Sidney, ridículo en Atenas El cerco que se había establecido en torno a ella quedó patente en los pasados Juegos de Atenas, donde rozó el ridículo. De las cinco medallas de Sidney conseguidas cuatro años antes, pasó a no conseguir la clasificación para los 100 y 200 metros, a ser quinta en la final de longitud y haber sido descalificada en las semifinales del 4 x 100. Por si hacía falta la confirmación de que Jones había usado productos prohibidos, ésta llegó del propio Víctor Conte, quien dijo que le había suministrado EPO, hormonas de crecimiento, insulina y clear una forma de THG. Pero Marion Jones no es la única implicada en este turbio asunto. Hay más casos, comenzando por su compañero sentimental Tim Montgomery. Después de los Juegos de Sidney, Tim se puso en contacto conmigo aseguró Conte. Con sus 1,78 metros y 67 kilos, era apodado por sus compañeros Tim el minúsculo por lo que ideamos el Proyecto Récord del Mun- unos les gusta convertirse en lo que no son y a otros ver lo que no existe. El resultado es una cultura de espectáculos de masas basada en la exhibición de monstruos: portentos que suben en bicicleta al Everest, enfermos terminales que se recuperan para ganar las Olimpiadas, adolescentes raquíticos compitiendo con superhombres, drogadictos subidos a un escenario y mascullando canciones, políticos megalómanos y caricaturescos explicando el mundo a los televidentes, empresarios que se creen el verbo hecho carne, etc. No vivimos en la era freak por casualidad. Lo de menos son las hazañas. ¿Hay alguien capaz de apreciar una diferencia de dos centésimas en una carrera de cien metros, hasta el punto de que se le salten las lágrimas? ¿Qué mas da ganar el Tour cinco veces que veinte? No se trata de eso. De lo que se trata es de la forma en que observamos a los protagonistas de esas hazañas, convertidos en seres extraordinarios, apenas humanos, y elevados lo bastante alto para que se escuche en todas partes el ruido que harán al caer. Los monstruos no están sólo a un lado de la pista. ¿Por qué a nosotros, a los monstruos que A pagamos la entrada, nos importa tanto que los monstruos de la exhibición se chuten o se mantengan a dieta de polialdehídos? O tal vez no nos importa y los queremos así. De este modo se amplía la gama de satisfacciones: contemplamos una hazaña, loamos al campeón, investigamos su vida, descubrimos sus pecados, le humillamos públicamente, le castigamos y le hacemos desaparecer del mundo. ¿Se puede pedir más por unos cuantos euros? Pero en realidad estamos ante un linchamiento a plena luz, bendecido por las leyes, aplaudido por todos. Sabemos que en nuestro mundo la alta competición física, creadora, económica o mediática es un reino sintético de pastillas y de química de productos. ¿Qué creen ustedes que hay en los escenarios y en los consejos de administración? Pero aún no hemos visto que se despoje de su puesto a ningún presidente de consorcio por mejorar el balance con unos tiritos de más o con demasiada hemoglobina. O arrebatarle a un rockero el copyright de las obras que ha compuesto con un exceso de cafeína o con restos de cannabis en sangre. Y es que no todos los monstruos somos iguales.