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ABC DOMINGO 12 12 2004 La Tercera EL MUNDO ES ANCHO Y CERCANO A escena transcurre en Versalles. En un círculo de grandes señores, una marquesa siente el deseo de conocer cómo han sido fabricadas sus medias. Uno de los cortesanos, para satisfacer esa curiosidad, pide al rey que mande traer de su biblioteca privada un tomo de la Enciclopedia. Tras leer las páginas correspondientes y enterarse, con asombro y entusiasmo, del proceso secreto de confección del atuendo de sus piernas, la elegante dama expresa la extrañeza de que una obra así esté sustraída al conocimiento de los demás, y dirigiéndose a la abúlica realeza, propone que ese tesoro, secuestrado entonces por la Corona, sea hecho público y derrame sobre los otros lo que para ella acaba de ser una inesperada respuesta aclaratoria. Esta escena resume una época. La Ilustración. Resume la luminosa aventura de una minoría intelectual que, ansiosa de saber y descubrir, soñó con construir una civilización cimentada sobre la razón. Si algún deseo albergaban los ilustrados era mostrar que nadie ni nada resulta excepcional o sagrado. Si de algo querían hablar, era de un modo de ser universal, entre otras cosas porque no creían en las naciones étnicas y las únicas fronteras que respetaban eran las de la razón, las fronteras de la utilidad y las libertades públicas, las fronteras doradas de la ética. En aquel entonces el hombre de letras procuraba hablar un idioma culto común, por más que luego sus obras o su vida afectiva las escribieran y registraran en el suyo propio. Las lenguas estaban más bien sujetas a los avatares de la sociedad- -para ellos Europa- -y ningún literato estaba obligado a dar cada paso calculando si se traicionaba, o no, a la tradición y al abolengo. Los ilustrados cerraron la puerta a la particularidad y se la abrieron a lo común, de donde procede la cultura relevante, la que de verdad ha producido Occidente en todas sus manifestaciones humanísticas y científicas. En España, a pesar de que Europa como horizonte, como civilización, debe mucho a los hombres de letras de la Ilustración, sus valores, por universales, no interesan. Son ceniza. Inmersos como estamos en la España de los pueblos, con sus usos y costumbres heredados por tradición, intocables, como cosa natural de su ser, nos atraen más las antorchas fúnebres del romanticismo, más lo alucinatorio, lo nocturno y lo sentimental, que la luminosidad y el juicio razonado. El sueño de la Ilustración, lo común, nos aburre, nos irrita. El individuo mundo nos da risa. Sólo lo local, lo nativo, lo original, lo propio tiene sentido. Sólo el dogma de la tierra y su estela tiránica despiertan interés. En un lugar así, tan sentimentalmente fragmentado, tan pedagógicamente apresado en la corazonada medieval, no debe extrañar a nadie que uno de los valores más en alza sea el bien sagrado de las lenguas autóctonas. En la España de los pueblos y las autonomías, por muchos Don Quijotes que se caminen, de quien de verdad nos sentimos contemporáneos es de Humboldt, ese explorador romántico que en el fondo de las lenguas descubrió el latido de una forma propia e intransferible de pensamiento, una forma íntima: el espíritu perenne del pueblo. Se L comprende así que la lengua en España se considere mucho más que un instrumento de comunicación, de relación, mucho más que un puente para poder entenderse entre personas. Una lengua, aquí, cualquier habla recóndita, ayer delicia de filólogos, hoy de políticos, es siempre la depositaria de un vínculo viejísimo. Ignorar el tesoro oculto en la lengua de nuestros antepasados o, todavía peor, pasarse a otra y perderla es perderse a sí mismo, enajenarse del vínculo remoto que nos une a la aldea. Chesterton decía que lo más poético de una novela como Robinson Crusoe era la lista de objetos salvados del naufragio, y aconsejaba mirar el mundo como una lista así. Que hubiera árboles, que la tierra ardiera bajo el sol o se mojase con la lluvia, que hubiera mar y vida y dos Lejos de ser alma, como les gusta decir a muchos poetas, la lengua es puente, mercado. En España esta simpleza no se entiende, y no se entiende porque quién más quién menos se va adhiriendo al principio nacionalista según el cual la lengua no la hablan los ciudadanos sino el territorio sexos debía causarnos el mismo gozo que le había causado a Robinson rescatar los dos rifles y el hacha de su futura supervivencia. En las palabras de muchos de nuestros literatos y políticos se habla del lenguaje como de los objetos rescatados del barco de Crusoe. Esta es la razón de que de treinta años a esta parte hayan aparecido diputados de todos los colores que consideran asunto de sumo interés que los niños aprendan incluso usos lingüísticos locales, usos cuyo único valor estriba en que se han conservado casi intactos en su pueblo o en su comarca a lo largo del tiempo, lo que en un país como España, todavía repleta de analfabetos a comienzos del siglo XX, tampoco es tanto mérito. El ideal defendido por algunos literatos es, como decía Unamuno al hablar de la ilusión tradicionalista, ver cada pago con su lengua rústica. España, nación de naciones, nos dicen, será, por fuerza, más rica cuanto más se acerque a los habitantes de la vieja y rancia Babel ibérica, cuanto más se remonte a ese tiempo lejano, mítico, donde habitábamos sin saber nada unos de otros, distintitos y felices, todos sin arado, sin derecho romano, sin latín, sin cristianismo y, por supuesto, sin el español de Alonso de Ercilla, gozando de la cultura autóctona, la de antes de venir nadie, absolutamente nadie, ni de ir a parte alguna. Cultura pura, genuina, incontaminada. Cultura contraria a la historia, que en España está hecha secularmente de pluralismo y de mezcla, de cruce continuo de mundos, y don- de las lenguas, como en todas partes, siempre han estado más sujetas a los vínculos económicos, el interés y la necesidad de entenderse que a los versos escritos en la arena por el espíritu, la naturaleza y la ley divina. Lejos de ser alma, como les gusta decir a muchos poetas, la lengua es puente, mercado. En España esta simpleza no se entiende, y no se entiende porque quién más quién menos se va adhiriendo al principio nacionalista según el cual la lengua no la hablan los ciudadanos sino el territorio, al que además se le concede el derecho de hacerse con hablantes obligatorios. Se habla de riqueza cultural, de pluralidad, pero lo único que de verdad está recuperando la esquizofrenia lingüística de la que somos presa no es otra cosa que la posibilidad de trazar fronteras humanas, de cerrar espacios a la libre y fácil circulación levantando aduanas lingüísticas, de diferenciarnos y dividirnos y enfrentarnos según procedencia regional. Claro que decir esto y criticar las leyes destinadas a recortar las alas a la lengua común es síntoma de reacción y castellanismo. Porque en España hay muchas lenguas, pero sólo una mala. El español, el castellano. Ésta es la lengua en la que está escrito el último parte de la última guerra civil, el fruto de una violencia antigua que comenzaría con Felipe V y llegaría hasta Franco. Una abierta falsificación histórica, una plática para descerebrados, una leyenda que ha servido para que aquiescentes, sumisos o acoquinados nos traguemos la manteca rancia y totalitaria de los principios nacionalistas, toda esa zarandaja poética sobre la lengua, el territorio, el pueblo... que, si la cogiéramos y donde pone Cataluña, País Vasco, Galicia... escribiésemos España, no habría razón ni estómago que la resistiera. En nuestro paraíso políglota siempre suscitará admiración la actitud de los arrogantes sefardíes, que en su destierro conservaron la lengua, el ladino o castellano antiguo, y de este modo la memoria del lugar remoto que se habían visto forzados a abandonar. El asirio del cuento de Saroyan, por el contrario, que prefiere el soplo esquivo de la vida a un mundo de recuerdos, que en inglés, en la barbería de un barrio de San Francisco, dice que nació en la madre patria, pero que quiere olvidarlo, como quiere olvidar aquella lengua, porque de nada sirve engañarse, porque los asirios, dice, son un tema de historia antigua, porque una vez, sí, fueron un pueblo importante, pero eso había sido ayer, anteayer y no tenía ya ningún sentido lamentarse... este asirio sólo encontraría aquí gestos ceñudos y displicentes. Contra la estupidez romántica y el anacronismo, sus palabras, llenas de realismo, lucharían en vano. Yo, sin embargo, pienso en ese hombre sencillo que está en una barbería, en San Francisco, él solo y pese a todos los naufragios. En su voz no habla la poesía. Habla la historia. ¿Por qué- -dice- -debería aprender a leer nuestra lengua? No tenemos escritores, ni noticias FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR Catedrático de Historia Contemporánea Universidad de Deusto