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ABC SÁBADO 11 12 2004 La Tercera LOS ESTADOS UNIDOS DE EUROPA L 16 de junio de 1940- -con Europa ardiendo en la hoguera de la guerra- Jean Monnet, John Maynard Keynes y otros relevantes ciudadanos británicos y franceses hicieron pública una Propuesta de Unión FrancoBritánica en pro de la defensa común de la justicia y la libertad El manifiesto empezaba con esta tan terrible como exacta descripción: En este momento fatal de la historia del mundo moderno... Apagado años más tarde el fuego bélico, enterrados millones de muertos, sin cicatrizar todavía las heridas y los desgarros de la II Guerra Mundial, Monnet- -infatigable europeísta- -concertó con Robert Schuman y con algunos otros políticos clarividentes, entre los cuales Konrad Adenauer, Alcides de Gasperi o el belga Paul Henry Spaak, la puesta en marcha del Tratado Constitutivo de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) cuya finalidad principal era evitar más guerras y sentar las bases de la unidad europea. Conviene recordar que de aquel embrión de carbón y acero surgieron posteriormente otras iniciativas encomiables, en línea con la Declaración Fundacional de la CECA, leída el 9 de mayo de 1950 por Schuman: La paz mundial no puede salvaguardarse sin unos esfuerzos creadores equiparables a los peligros que la amenazan. La contribución que una Europa organizada y viva puede aportar a la civilización es indispensable para el mantenimiento de unas relaciones pacíficas Europa no se hará de una vez ni en una obra de conjunto: se hará gracias a realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho En 1954 Monnet renuncia a seguir dirigiendo la CECA y promueve el Comité de Acción para los Estados Unidos de Europa. Cincuenta años después, la Europa unida está más cerca. Tenía razón Schuman en su reflexión de 1950: Europa se hará gracias a realizaciones concretas Se ha ido, ciertamente, haciendo Europa poco a poco, con cautela, pero sin retroceder jamás, a pesar de que en ocasiones lo haya parecido o incluso tácticamente haya sido conveniente dar algún paso atrás para arrancar de nuevo con mayor brío. La aventura europea sonaba a utopía, menospreciada sobre todo al atisbarse desde atalayas políticas tan anacrónicas como las que conformaban la España de la dictadura. Por fortuna, será precisamente la España democrática la que- -mediante el referéndum del 20 de febrero de 2005- -abra en cierto modo el recorrido europeo por la senda constitucional. A menos de tres meses de las urnas, un cierto escalofrío debería embargar a cuantos en España tienen importantes responsabilidades políticas. El referéndum de la Constitución europea ni se puede perder, hipótesis improbable, ni sus resultados- -aun positivos- -pueden acabar bordeando el escándalo de una abstención vergonzosa, hipótesis, ésta sí, algo más probable. La advertencia de tal peligro ya se produjo en los comicios europeos del mes de junio, cuando la apatía de millones de ciudadanos- -una exhibición de pasotismo, por otra parte, homologable a las de otros países de la UE- -reveló el muy leve entusiasmo que suscita hoy por hoy el proceso hacia la construcción europea. Habría que E Sólo una minoría de españoles rechaza de raíz el objetivo último de la Europa unida. La mayoría lo considera, por el contrario, francamente atractivo desde casi todos los puntos de vista, a pesar de que ignore el contenido concreto del texto constitucional puntualizar- -como poderoso atenuante- -que unas elecciones parlamentarias ajenas a la elección del Ejecutivo y casi ajenas también a la fiscalización de éste no despiertan interés. Son vistas como ensayos sin riesgo: ejercicios sólo de precalentamiento. Los sondeos conocidos pronostican la victoria del sí. Pero otros datos colaterales generan motivos para la intranquilidad. Valentí Puig, en ABC, aludía el 19 de noviembre a una opinión pública que- -según el CIS- -en un 91 por ciento confiesa prácticamente no tener ni idea del Tratado Constitucional de la Unión Europea aunque la mayoría dice que votará en el referéndum y a favor La ciudadanía española en general no tiene idea sobre tal Constitución, o la tiene escasa, y carece al respecto de la siempre oportuna pasión. O, si se prefiere, nos encontramos ante un referéndum desprovisto de confrontación ideológica entre los grandes partidos, lo que si bien tiene un aspecto estimulante- -la coincidencia entre la derecha y la izquierda en torno a la unidad europea- frena sin duda la afluencia a las urnas. Sólo una minoría de españoles rechaza de raíz el objetivo último de la Europa unida. La mayoría lo considera, por el contrario, francamente atractivo desde casi todos los puntos de vista, a pesar de que ignore el contenido concreto del texto constitucional. Incluso en los partidos instalados en el no, muchos de sus militantes o votantes no se muestran propicios a secundar la decisión adoptada desde arriba. Convergencia Democrática de Catalunya (CDC) mantiene una actitud negativa, aunque formalmente revisable. Está sumido el partido de Artur Mas en la duda y se halla atenazado por complejos y contradicciones inexplicables en una formación hasta ahora moderada, con experiencia prolongada de Gobierno y con vocación europeísta alentada por Jordi Pujol, ampliamente acreditada. Pues bien, el 61 por ciento de sus votantes- -de acuerdo con una encuesta reciente del Instituto Noxa- -no está por la labor de votar en contra de la Constitución. El dato es verosímil. En ICV- -que es la franja catalana de IU- -se celebró un referéndum interno entre sus militantes. El 36 por ciento votó sí frente al no preconizado por la dirección. ¿Tendrá el Gobierno del PSOE la capacidad de arrastre suficiente como para atraer al sí al máximo número posible de abstencionistas propios o de los votantes suyos que se inclinan por el no? ¿Apostará a fondo el PP por el sí? ¿O predicará el sí con la boca pequeña, máxime tras la ruptura anunciada a causa del más que desproporcionado caso Moratinos, deseando en su fuero interno- -por causas básicamente electoralistas y, así pues, poco justificables- -que Rodríguez Zapatero se dé su primer gran batacazo en el desafío europeo? Una derrota del sí sería letal para el Gobierno. Una abstención de grandes proporciones colocaría al Ejecutivo en posición de grave debilidad. Hay que tener en cuenta además que el referéndum era prescindible y que nada obligaba a que España se lanzara en primer lugar a la piscina. Pero lo peor, desde luego, no sería el serio contratiempo que sufriría el presidente Rodríguez Zapatero, sino el mal infligido a la Constitución europea. No debemos contribuir desde España a que se retrase más el hermoso vaticinio de Víctor Hugo, expuesto en París el 21 de agosto de 1849: Llegará un día en que los votos reemplazarán a los proyectiles y las bombas. Llegará un día en que podrán contemplarse estos dos grupos inmensos, los Estados Unidos de América, los Estados Unidos de Europa, situados frente a frente; tendiéndose la mano por encima de los mares y combinando entre todos- -para alcanzar así el bienestar general- -estas dos energías infinitas, la fraternidad humana y el poder divino Mientras, y como cita insoslayable, llegará el 20 de febrero. El Tratado Constitucional europeo no es un dechado de virtudes, pero es otro escalón más, decisivo, para alcanzar la meta por la que casi nadie, hasta hace poco, daba no ya un inexistente euro- -otra chifladura de ilusos o de iluminados, se decía- -sino un chavo. Es decir, un octavo de onza. Monedas todas ellas obsoletas. Como la peseta. El presente ya es el euro. El futuro, los Estados Unidos de Europa. ENRIC SOPENA