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66 Tribuna JUEVES 9 12 2004 ABC E L comienzo del nuevo siglo que despunta me ofrece la ocasión de recordar al doctor Ramón Castroviejo en el centenario de su nacimiento, con el inevitable contrapunto agridulce de tristeza y alegría que poseen los recuerdos personales sobre una figura desaparecida. Quienes hemos tenido la fortuna de conocer en vida a este riojano universal creo que deberíamos compartir con aquellos que no le conocieron algunos aspectos de su personalidad y de sus cruciales aportaciones a la oftalmología. De hecho, de su arte, concepto e innovación de la cirugía ocular derivan gran cantidad de técnicas quirúrgicas empleadas en nuestros días y de las que se han beneficiado numerosos pacientes y no menor número de discípulos. Don Ramón Castroviejo, hijo de médico- oculista, decía que había nacido ya oftalmólogo porque desde los 7 u 8 años acudía a ver operar a su padre subido a un taburete para seguir las intervenciones, y desde entonces, movido por esa vocación, su dedicación a esta especialidad fue absoluta. Hizo sus estudios de Medicina en Madrid y una vez finalizada la carrera, comenzó su formación especializada como oftalmólogo en el Hospital de San Carlos, y más tarde en el de la Cruz Roja. En 1929, cuando contaba 25 años de edad, viajó a la ciudad de Chicago con una beca de seis meses que le había concedido el doctor Fisher. Al terminar ese periodo decidió prolongar su estancia dos años más. No desaprovechó, mientras tanto, las oportunidades de viajar a Europa visitando distintos Centros, quedando impresionado fundamentalmente por el profesor Elschnig, de Praga, con el que tuvo ocasión de observar pacientes con trasplantes de córnea completamente transparentes. A su regreso a EE. UU. le ofrecieron un puesto para realizar trabajos de experimentación en la Clínica Mayo, donde operó cientos de conejos y perros, reproduciendo las técnicas existentes y haciendo innovaciones en cuanto a espesores, geometrías y diámetros de los injertos. Una gran fuente de inspiración para estos estudios preliminares fueron los trabajos de otro colega español, gran amigo de su padre y al que él siempre admiró: el doctor Galo Leoz. Años más tarde se trasladó a la Uni- DON RAMÓN CASTROVIEJO, OFTALMÓLOGO UNIVERSAL LUIS FERNÁNDEZ- VEGA SANZ Catedrático de Oftalmología. Facultad de Medicina de Oviedo La oftalmología española tiene una deuda de gratitud imperecedera con don Ramón, porque siempre encontró en él apoyo versidad de Columbia, donde comenzó a realizar los estudios clínicos en ojos humanos, sistematizando la técnica quirúrgica de los trasplantes de córnea y estableciendo sus indicaciones y contraindicaciones. La inmensidad de los EE. UU y la grandeza de una ciudad como Nueva York nos obligan a pensar lo difícil que debió de resultar sobresalir allí en cualquier aspecto. Sin embargo, Castroviejo, en plena juventud, alcanzó el éxito en ese país tras duras pruebas que sólo superan los elegidos. Y su nombre, junto con el de España, acabó conquistando la gran ciudad que parecía inaccesible. Además, su triunfo se extendió hasta insospechadas fronteras y fue logrado en las condiciones más adversas. La enorme personalidad de don Ramón no se achicaba ante nada ni ante nadie, siendo una de sus máximas en la vida el no aceptar un no por respuesta. Se cuenta de él una anécdota muy conocida que resume un poco sus rasgos más característicos. En uno de los congresos que en aquella época se celebraron en Chicago presentó un determinado número de trasplantes de córnea, señalando el porcentaje de éxitos y de fracasos que tenía. Al finalizar su intervención, uno de los congresistas pidió la palabra y dijo que en su exposición había olvidado matizar que los pacientes no eran personas, sino que los trasplantes los había realizado en conejos Un año más tarde volvió de nuevo don Ramón a presentar su estadística, manifestando esta vez que el número de éxitos era mayor, y mucho menor el de trasplantes opacificados. Se encontró una vez más con el mismo escepticismo por respuesta. En el siguiente Congreso, celebrado de nuevo en Chicago, don Ramón trasladó desde Nueva York a casi medio centenar de pacientes intervenidos y perfectamente recuperados. Cuando trataron de ridiculizar su obra en la misma forma que años anteriores, el doctor Castroviejo mandó entrar a todos ellos, demostrando a los congresistas que las córneas estaban completamente transparentes. Estas formas de actuación resolutivas le trajeron una serie de problemas muy importantes de tipo administrativo en el seno de la Academia Americana. Pero salió adelante debido a la veracidad de los hechos y a la demostración de la malevolencia con que habían tratado de interpretarlos. Don Ramón fue un virtuoso de la cirugía ocular, pues no sólo ejecutaba la técnica maravillosamente, sino que creaba y diseñaba los instrumentos necesarios para realizarla. Podría decirse de él que era ejecutante, compositor e instrumentista. Hay que recordar que era una época donde el microscopio no existía y por tanto las dificultades quirúrgicas eran mucho mayores. Así que fue un verdadero paladín de la etapa macro- quirúrgica. Castroviejo hacía fácil lo difícil de la cirugía ocular, desmitificando técnicas e impulsando otras. De hecho fue de los primeros que en casos extremos empezaron a sustituir la córnea humana por materiales sintéticos (queratoprótesis) en aquellos casos en los que un trasplante no iba a tener posibilidades de éxito. Otro rasgo importante de su personalidad era la generosidad, pues enseñaba sus técnicas, las divulgaba y además llevaba a sus expensas económicas, en aquellos años de posguerra, a médicos españoles para que mejorasen sus conocimientos. Fue así como 125 oftalmólogos pudieron completar una formación quirúrgica que de otro modo no hubiesen podido realizar en España. La oftalmología española tiene por tanto una deuda de gratitud imperecedera con don Ramón, porque siempre encontró en él apoyo, consejos y enseñanzas. Yo, personalmente, aún recuerdo cómo me ayudó a realizar mi primer trasplante de córnea cuando todavía estaba en los albores de mi especialidad. Su capacidad de organización, otra de sus grandes cualidades, hizo que fundase bancos de ojos en los Estados Unidos y posteriormente, cuando vino a retirarse definitivamente a España, hiciese lo propio en nuestro país. Y aunque ya existían algunos importantes, no cabe duda de que puso las bases para su generalización, facilitando con ello la obtención de córneas para trasplante. Así mismo, impulsó la creación del Instituto de Investigación Básica Oftalmológica, que lleva su nombre, actualmente adscrito a la Universidad Complutense, y al que donó toda su biblioteca y filmoteca. Y no podemos olvidar la faceta humana de don Ramón, pues siempre insistía en que la máquina no debería sustituir al hombre, ya que había que mantener los valores espirituales fomentando el humanismo del cirujano. Cobraba para él especial importancia la relación médico- paciente, y ese cariño con el que trataba a los que sufrían lo trasladaba al resto de las facetas de su vida, dedicándose por entero a los demás, a su familia, a sus pacientes y a sus amigos. Esta relevante trayectoria profesional y humana fue seguida por mi padre, quien mantuvo a lo largo de su vida una relación con Ramón que trascendió los estrechos límites profesionales y derivó en una amistad profunda e imperecedera. En virtud de esos méritos y logros, humanos y profesionales, el más justo homenaje que nosotros le podemos ofrecer hoy al doctor Castroviejo es proclamar su Magisterio desde la admiración por su persona y desde la gratitud por su generosidad, que nos abrió caminos nuevos a transitar. Y por ello debemos seguir deseando que su vida y su ejemplo sigan enriqueciendo por mucho tiempo los días de todos nosotros. N este aparente mundo libre el miedo es sustituido por el temor, y el terror por los temores. El temor y los temores son hijos de la duda y de la prudencia, mientras que el miedo y el terror, más propios de animales, de seres sin lengua ni conciencia, son hijos de la certeza, por no decir de la fe y ser malinterpretado. El temor y los temores son un tipo de miedo mitigado y racionalizado por la conciencia. El movimiento continuo del equilibrio al desequilibrio, y viceversa, al que nos somete la existencia nos hace temer, a veces lo peor. No podemos elegir y a la vez tener miedo, ahí es donde han fracasado las criaturas de Al Qaeda, a los que tememos aunque no tengamos miedo, porque el li- E NO TENEMOS MIEDO EDUARDO BARÓN Escritor bre mercado nos ha hecho algo más libres, aunque la publicidad nos tenga bastante dominados hasta el punto de ordenar a nuestro incosciente que consumamos sin parar. Hoy la ansiedad es un tipo de energía sexual, potenciada por la fuerza publicitaria, que se calma y satisface con el consumo. En un lugar como este, donde salimos libremente a la calle, sin taparnos el rostro, no podríamos vivir totalitariamente bajo el miedo. Sin embargo, estamos en un sitio tan contradictorio, que en Estados Unidos sí hay un creciente temor, hasta confundirse con el miedo, a salir libremente a la calle; es más seguro estar en casa viendo la televisión y con el arma a mano para que si alguien entrara en nuestra propiedad podamos libremente, y asistidos por la ley en la mano, dispararle hasta la muerte. Esta peste totalitaria, centrífuga, irradia desde aquel país tan libre pero tan totalitario, ahí la libertad se ha convertido en fe, en totalitarismo. Ese es uno de los peligros de la perversión que corren las palabras en manos de los políticos, primero, y de los empresarios después, aunque no neguemos algo de culpa también a los periodistas y medios que trasmiten esa perversión de la lengua natural de lengua en lengua, y que tiende a matar a los que se dejan hablar por la boca. La última perversión de la lengua a la que nos han sometido los medios ha sido el confundir el significado de la palabra tortura con el de la palabra abuso; pero cuando hay una corriente generalizada de ceguera no se puede ver por mucho que se abran los ojos.