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ABC JUEVES 9 12 2004 Opinión 7 JAIME CAMPMANY Trinidad Jiménez anuncia que ella, personalmente, mantiene una excelente relación con USA. Estamos salvados. Que la hagan ministra LA TRINI NOS SALVA EORGE W. Bush, el ranchero de Texas, no telefonea a Zapatero. Todas las noches, antes de irse a la cama a descansar de su labor de despiece, llama a Moncloa Pérez Rubalcaba y pregunta: ¿Ha telefoneado el cow- boy asesino de la Casa Blanca? La telefonista responde con monotonía profesional: Ninguna llamada de la Casa Blanca, señor Colin Powell no muestra demasiado entusiasmo hacia la propuesta de Moratinos de la alianza de civilizaciones Dice que eso de la alianza de civilizaciones se lo explique Ana Palacio, y si no, naranjas de la China y limón poncil. A Norteamérica no le ha satisfecho especialmente el entendimiento hispano- francés para defender a Fidel Castro. Es natural. Hay que tener en cuenta que Fidel Castro es una incomodidad que los americanos tienen ahí abajo, o sea, como una avispa en el escroto. A pesar de los pesares, Moratinos no dimite. Se ha unido al coro de doctores de El rey que rabió y se pasa el día entero cantando aquello de Todo menos dimitir Está feliz y contento porque ya le ha traído al sobrino el avión que mandó a Costa de Marfil. El poder da trabajo y calentamientos de cabeza, pero tiene sus compensaciones, aunque hay que reconocer que a Moratinos le ha tocado bailar con la más fea, y además tan gordito. Jugó la quiniela de Kerry y salió Bush. No puede uno fiarse nunca de los norteamericanos. Acaban de bajarse del caballo, de quitarse la corona de plumas y de guerrear a flechazos detrás de Toro Sentado. Son unos salvajes al margen de la alianza de civilizaciones, el encuentro entre las tres culturas pero en posmoderno. Los franceses se le bajan al moro y lo dejan con el antifonario a la intemperie. La Flota americana hace maniobras con los barcos de Mojamé en las costas canarias, casi tocándonos el plátano. Y encima se le escapa en televisión lo del apoyo al golpe de Estado de Carmona en Venezuela, le arman el guirigay en el Congreso y tiene que pedir disculpas. Como las desgracias nunca vienen solas, al pobre Moratinos se le muere Yaser Arafat, el único amigo que tenía en los palacios de las cancillerías, precisamente ahora cuando lo hacen ministro de Exteriores. El moro está con el cabreo coránico desde que España anda entre Pinto y Valdemoro en el asunto del Sahara, y lo mismo parece que se inclina hacia las pretensiones de Mojamé VI que a favor de los sarahuis, aquellos nómadas que se traía de África Carrero Blanco vestidos de chilaba para sentarlos en el Congreso los días de pleno. Todo el año es carnaval, que dijo Larra. Bueno, pues al menos por lo que respecta a las relaciones con Norteamérica no hay que apurarse. Y teniendo eso resuelto, es como si lo tenemos todo. Quien a buen árbol se arrima, ya se sabe, y hay que reconocer que USA da buena sombra. De ese compromiso nos salva la Trini. Doña Trinidad Jiménez, la responsable de la política exterior del PSOE y concejala- jefa de la oposición en el Ayuntamiento de Madrid, acaba de declarar que es partidaria del entendimiento con Washington y que ella, personalmente, ha mantenido siempre unas excelentes relaciones con Norteamérica. Pues, hala, que la hagan ministra en vez de Moratinos. La Trini nos salva. G DARÍO VALCÁRCEL Hay algo raro en todo esto. Irak es un asunto secundario. La cuestión central es China. Podrá comparar su PIB con el de Estados Unidos a la vuelta de veinte años, aunque hoy demográficamente le cuadruplique CIEN MIL MUERTOS EN IRAK HE Lancet, primer periódico de los médicos británicos, sostiene que al menos 100.000 iraquíes han muerto desde que su país fue invadido por Estados Unidos. La suma no se detiene. Nicholas Kristof, columnista americano, sostiene que hay en Irak 400.000 niños menores de cinco años con problemas graves de nutrición, una cifra que dobla a la de 2003, con un porcentaje alto de daños físicos y psíquicos irreversibles. Son muestras de los resultados de una invasión sin sentido. Lo hemos escrito: salvo que se quisiera dar una lección al mundo, no se entiende. El riesgo para Estados Unidos era demasiado alto, las improvisaciones descubiertas inexplicables, la estrategia de salida inexistente. George W. Bush ha querido implantar un régimen democrático en Oriente Próximo. ¿Qué entenderá por esos dos términos, régimen democrático? Ha volcado la enorme fuerza militar de su país en la tarea. Pero nadie ha tomado con continuidad decisiones, nadie ha concentrado el poder de resolución sobre Irak en estos 20 meses. Paul Bremer fue cortocircuitado por Rumsfeld, Cheney cortocircuitaba a Rumsfeld, Powell cortocircuitaba a Cheney, con el presidente en medio de un sinfín de decisiones erráticas. Hoy Estados Unidos parece envuelto en una guerra de la que no puede salir, con 1.200 soldados muertos y 8.000 heridos. George W. Bush debió recordar la historia del siglo XX. La mayoría de sus electores parecen, no obstante, haber lavado su conducta en las aguas del Jordán, aunque el pasado no se pueda borrar. Los votos decantan los intereses mayoritarios, no establecen la verdad ni reconocen valores morales. En algunos aspectos, la guerra convencional resulta hoy tan destructora como la nuclear. El estado en que ha quedado Falluja es una repetición de Hiroshima. Quienes acompañaban al batallón de marines responsable del norte de la localidad cuentan narración que no hubieran podido imaginar: lo opuesto a las guerras de T los buenos directores de cine, Spielberg y otros. El grado de arrasamiento que logran las armas actuales va más allá de la imaginación. La desaparición de cualquier resto de las leyes de la guerra se incluye en el programa. Pero el cerebro humano con sus 100.000 millones de neuronas y sus mil billones de sinapsis combinatorias adelanta instantáneamente una conclusión: el modo de extender el caos y precipitar la guerra civil, sería el abandono de Irak por las fuerzas invasoras, que Bush creía liberadoras. Se cruzan apuestas sobre la convocatoria de elecciones el próximo mes de enero. Las trampas que tiende la historia son a veces inexplicables, pero son. Irak se ha convertido en lo opuesto a una sociedad, una población desintegrada. Ahmed Sheij Jabur, diplomático iraquí, hoy refugiado, nos lo decía en noviembre: Sadam podría ser el peor criminal, pero mantenía al país integrado. Como Pervez Musharraf en Paquistán o Islam Abduganievich Karimov en Uzbekistán, bajo la brutalidad policial, ambos con apoyo americano. Sólo que Sadam había envejecido, escribía novelas, era irrelevante. Hoy somos un campo abierto a todos los ataques, a todos los vientos malignos. Un enfermo que no recibirá medicinas, condenado a morir. ¿Por qué Bush decidió invadir Irak? ¿Por qué optó por un país sin relación alguna con el atentado a las Torres Gemelas? ¿Qué le hace esperar que la aventura iraquí no pase factura? En todo caso hay algo extremadamente raro en todo esto. Irak es un asunto del todo secundario, un frente de tercer orden si se compara a la cuestión central de este comienzo de siglo, China, con su formidable poder transformador, que la República Popular tratará de cambiar poniendo a prueba su disciplina: si la mantiene, podrá comparar su PIB con el de Estados Unidos hacia 2035. Eso sí, con una situación financiera envidiable para la Reserva Federal.