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60 Espectáculos MIÉRCOLES 8 12 2004 ABC ÓPERA La abubilla o el triunfo del amor filial Int. J. M. Ainsley (El demonio) A. Muff (El anciano) H. (Malik) G. Missenhardt (Dijab) M. Goerne (Al Kasim) A. Scharinger (Gharib) A. Köhler (Abschib) O. Sala (Badi at) Coro y Orq. Titular del Teatro Real. Dir. escena: D. Dorn. Esc. y figurines: J. Rose. Dir. musical: P. Daniel. Lugar: Teatro Real. Fecha: 7- XII La joven ternura de un viejo fabulador ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE a colaboración entre el Festival de Salzburgo, la Deutsche Oper de Berlín y el Teatro Real ha permitido que nuestro coliseo sea uno de los primeros escenarios en mostrar la última ópera compuesta por Hans Werner Henze. La abubilla o el triunfo del amor filial ha llegado a Madrid tras estrenarse el pasado verano en el festival austriaco. Anoche, los bravos que se le ofrecieron al maestro confirmaban la importancia de un acontecimiento especialmente significativo si en verdad esta ópera es, tal y como él mismo ha declarado, su canto del cisne teatral. Henze siente muy dentro la escena. Las catorce grandes obras que preceden a La abubilla son sólo un dato, aunque explican el magistral dominio del oficio que aquí se alcanza. Quizá quepa ver en el libreto, escrito por el propio compositor, apuntes de retórica con el fin de hacer que la historia sea comprensible. Hasta cierto punto es lógico. La candidez del argumento esconde, y así lo han hecho notar quienes se han sumergido en sus esencias, referencias metafóricas apasionantes en las que se puede penetrar pero que en un primer plano ya destilan el encanto de lo fantástico, el perfume del cuento contado al oído y la bondad de lo noble. Sin trampa: cuando el Gran Visir de Manda ordena a sus hijos que vayan en busca de la abubilla, que accidentalmente hirió y que era su única alegría, de inmediato se adivina que lo próximo ha de ser sólo una sucesión de aventuras dirigidas a alcanzar el final feliz, el lieto fine de las viejas óperas dieciochescas. A partir de ahí todo es contemplar y oír una música que sublima la historia. Henze maneja una orquesta grande, de amplia percusión, pero que es tratada con tal minuciosidad y detalle que se convierte en toda una filigrana. Por eso a veces ofende cierto exceso de volumen que el director Paul Daniel ha de calibrar a partir de una materia que la orquesta del Real maneja con verdadera dedicación. A la sombra de la posvanguardia, esta partitura ecléctica, capaz de conciliar citas, procedimientos y referencias con el único fin de servir a la narración, es toda una revelación. Ahí está la yuxtaposición entre los sonidos que se reproducen desde distintos puntos del teatro y la orquesta; o la variedad de formas vocales, el ensamblaje sin solución de conti- L Al Kasim, interpretado por el barítono alemán Matthias Goerne, recupera a la abubilla para su padre nuidad entre la palabra hablada y el canto, tan personal como idiomático. Henze escribió La abubilla pensando en algunos intérpretes. El barítono Matthias Goerne el primero. Ayer se le vio cojear después del esguince que se hizo durante el ensayo general. Pero no faltó al estreno. La naturalidad con la que resuelve el papel protagonista está a la altura de una voz que importa más por su capacidad para comunicar que por su contundencia. Le acompaña en sus aventuras Ofelia Sala, resuelta, segura y poseedora de un instrumento que ha ensanchado sin perder el detalle y la dulzura. Sobresale el demonio de John Mark Ainsley (más bueno que el pan) desenvuelto en la escena y dominando la parte en todos sus registros. La frescura vocal de Alfred Muff, la gravedad de Günter Missenhardt, la comicidad de Anton Scharinger, el contrapunto de su hermano Axel Köhler, contratenor más cercano al falsete, y la veteranía Hanna a quien se le escucha algo forzada, completan un reparto de importancia. Pero con todo hay algo que supera cualquier consideración. Es el sentimiento que se trasluce de esta ópera y que el director de escena Dieter Dorn y el figurinista Jürgen Rose han sabido entender perfectamente, dibujando con nada un Oriente de ensueño. La limpieza de concepto, la aparente ingenuidad del paisaje, el colorido de la escena o la claridad en los movimientos esconde una sucesión de momentos lle- JAVIER DEL REAL Henze maneja una orquesta grande, de amplia percusión, pero que es tratada con tal minuciosidad y detalle que se convierte en toda una filigrana La naturalidad con la que Goerne resuelve el papel protagonista está a la altura de una voz que importa más por su capacidad para comunicar que por su contundencia nos de encanto. Ya puede ser la presencia del anciano Al Radshi en el alto mirador, la aparición de las criaturas del jardín, la entrada de los nubios, la escena en el pozo, el toldo blanco que cubre el palacio de luz o la despedida al atardecer. Claro, que Hans Werner Henze ha logrado ahí un punto culminante, el mejor final posible para su Abubilla Se señaló tras el estreno en Salzburgo y aquí se confirma. El postludio la hora azul esencia de un pensamiento que ha obsesionado a Henze desde tiempo atrás deja en el aire una música nostálgica, que se extingue por sí sola, que abandona la obra invitando a los personajes a continuar existiendo en ese mundo que han compartido con el espectador durante unas horas. Merece la pena ser testigo de este momento apuntado en una escena que está a la altura del pensamiento artístico de Henze. Porque paradójicamente no hay una desenlace en esta ópera postrera, tan sólo un fin en el justo punto en el que todo se ordena. Saber terminar es un talento escaso, aunque necesario en el artista. Henze lo ha logrado. Con La abubilla ha anunciado su adiós a la ópera. Hay que creerle. Esa música suspendida lo proclama.