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ABC MIÉRCOLES 8 12 2004 Opinión 7 JAIME CAMPMANY El malo de esta película de ambiciones y odios no es Carod ni Maragall; es quien compra sus votos al precio de indignidades ESPAÑA NO VA BIEN SPAÑA no va bien. Lo constato con dolor y lo digo con tristeza. España no va bien ni en lo político ni en lo económico, ni en los asuntos internos ni en las relaciones exteriores. Un Gobierno pergeñado con improvisación y desacierto, rectifica cada día gran parte de sus proclamadas iniciativas- -bengalas de un día y cohetes fallidos- -al comprobar que eran irrealizables, ya porque chocaban con la legislación propia o con las normas europeas, ya porque eran proyectos elaborados desde el Ayuntamiento de la ciudad de Jauja. No es eso lo más grave. Lo peor es que en poco más de medio año de administración socialista nos hemos granjeado la enemistad de Estados Unidos; nos hemos enfrentado a la Iglesia con resabios de las rencillas de la Guerra Civil; nos hemos acercado a las malas compañías, al dictador Fidel Castro, al golpista Hugo Chávez, al terrorista Yaser Arafat, que se le murió a Miguel Ángel Moratinos antes de tener ocasión de recibir el homenaje y la reverencia del ministro español; hemos sacado de quicio el espinoso problema de la inmigración ilegal; nos hemos cargado la sana costumbre democrática de celebrar las elecciones en paz, en silencio y en libertad; hemos hecho trampas en el juego parlamentario para aprobar una ley que amenaza con extinguir la división de poderes y hacerle tres higas al enterrado barón de Montesquieu. Este Gobierno de Rodríguez Zapatero buscó la razón de su nacimiento en acusaciones perversas contra el anterior de Aznar. Le hizo responsable de la guerra de Iraq y de haber inventado las armas de destrucción masiva en los almacenes de Sadam Husein, que ya las había usado para acabar con cientos de miles de vecinos y disidentes; se aprovechó descaradamente de los doscientos muertos del 11- M y del pánico al terrorismo islámico, llegado a España- -decían- -por la política de sumisión a los Estados Unidos, y sacó a la calle manifestantes con las manos teñidas de rojo como si Aznar las tuviera manchadas de sangre y con pancartas llamándole asesino pervirtió de manera miserable el sentido democrático de la jornada de reflexión en las elecciones. Y persigue el buen éxito de su actuación por el camino de destruir los logros del Gobierno anterior, sin considerar ni explicar ni justificar su acierto o su desacierto. Bueno, pues todavía eso no es lo más grave. Lo peor es que por primera vez en los veintiséis años que llevamos de Constitución se ha contribuido desde el Gobierno a engrosar, acrecer y envalentonar las actitudes y las voces de los separatistas que piden o exigen la destrucción de la Constitución española y la demolición misma del concepto y el ser de la Nación. Son los que piden la reforma de una Constitución de España para que les ampare en su propósito de destruirla. Ni siquiera la respetan en la fiesta de su aniversario. Y el Gobierno permite que ese propósito crezca y prospere a cambio de unos cuantos votos para fundar sobre ellos su disparatada y vergonzosa mayoría parlamentaria. Aquí, el malo de esta película de ambiciones, odios y rencillas no es Carod- Rovira y no es Maragall; es quien compra esos votos a precio de consentir indignidades. Se llama José Luis Rodríguez Zapatero. E EL RECUADRO ANTONIO BURGOS Llegaron los victoriosos tenistas ante los herederos de la Corona. El Príncipe les dio la mano. El primero de ellos, al llegar ante la Princesa de Asturias, le tendió la mano, como para besársela. La Princesa le tomó esa mano, y muá, muá, ¡un par de besos! LA CORONA SE VUELVE BESUCONA ODOS sabíamos que la española era una Monarquía parlamentaria, constitucional y moderna. No saben ustedes hasta qué punto de moderna. La que más. Ahora y para siempre. Esto no se quedará así. La modernidad irá a más. Vía muá, muá, muá. Sí, a besos. Tenemos la Monarquía más moderna y más besucona del mundo. ¿No vio usted a la Princesa de Asturias en la entrega de la Copa Davis? -No, ¿qué pasó? Pues que por poco le pega un par de besos hasta a Manolo Santana. Resumen de lo publicado: España, pero España de pata negra y de toro de Osborne en la bandera, no el Estado español ni esas garambainas y perendengues, ha ganado por segunda vez la Copa Davis. Después que haya sonado ese himno nacional oficioso que es Paquito el Chocolatero; después que todo el estadio haya hecho la ola, personajes del Hola incluidos; después que las gradas y los palcos hayan coreado el nombre de Carlos Moyá; después de los abrazos y los manteos a lo Sancho Panza de los héroes de la raqueta, viene la ceremonia oficial de entrega. Bajan los federativos del tenis, salen los equipos contendientes, con la bandera de España y de Estados Unidos. Como el presidente Rodríguez ni está ni se le espera, nadie se queda sentado al paso de la bandera de los Estados Unidos. Aplausos, fervor patriótico, buen perder de los americanos, los dos equipos allí formados, y entrega de trofeos y de medallas. En ese momento descubrimos que la Princesa de Asturias tiene brazos. Si no somos como Cervantes el del premio de Ferlosio, todos tenemos brazos. Pero unos tienen más brazos que otros. Tienen brazos especialmente los que deben salir a un escenario y no saben qué hacer con ellos. Hay, por ejemplo, cantantes que se aferran a la guitarra o al micrófono para que no se les note que tienen brazos. Y a la Princesa de Asturias, como no llevaba bolso ni era cuestión de portar micrófono como cuando el T mono blanco del chapapote, pues se le notó completamente que tenía brazos. Las señoras no tienen espalda, pero sí brazos, cuando no saben qué hacer, cómo ponerlos. Tras lo cual llegaron los victoriosos tenistas ante los herederos de la Corona. El Príncipe de Asturias les dio la mano o incluso la palmadita en el lateral del hombro. El primero de ellos, al llegar luego ante la Princesa de Asturias, le tendió la mano, como para besársela. Sí, sí, besarle la mano. La Princesa le tomó esa mano como mango de raqueta triunfal, lo atrajo hacia sí, y muá, muá, ¡un par de besos! A Nadal, a Moyá, a Robredo, a Ferrero y hasta a Ferrero Roché que hubiera llegado: dos besos de reglamento, muá, muá. El futuro simpático y moderno de la Corona está, pues, más que asegurado por vía matrimonial. Actualmente la parte abrazona y manoseadora de la Corona la desempeña Su Majestad el Rey. Llegan los deportistas premiados y Don Juan Carlos los abraza, les soba la nuca, los aprisiona con sus dos manos por los codos. Tenemos un Rey muy magreón, muy sobón. Pero cuando ese sudoroso futbolista ganador de la Copa del Rey llega ante la Reina, Doña Sofía adelanta el brazo y echa la mano como José Tomás la muleta: por delante. Lo de la Reina tiene mucho más mérito que lo de José Tomás. Tomás carga la suerte y desvía la trayectoria del toro con la muleta. La Reina carga la suerte y desvía la trayectoria del que se iba a acercar más de la cuenta sólo con la mano. A una mano, como los buenos banderilleros: Blanquet en versión helénica. La Reina lleva la muleta, qué muleta, por dentro de su arte de marcar distancias. Mayestático arte de las distancias en la magia de la Corona con el que ha acabado la nuera. ¿No son dos Copas Davis las que ya han ganado? Pues nada, dos besos a cada tenista, muá, muá. Y cuando ganemos la tercera, pues tres besos a cada uno, muá, muá, muá...