Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC MIÉRCOLES 8 12 2004 La Tercera INMACULADA LENA de gracia te llamo porque la gracia te llena; si más te pudiera dar, mucha más gracia te diera Estos versos, de Federico García Lorca, pueden darnos buen pie para meternos en las honduras de un misterio tan querido e inabarcable como es el de la Concepción Inmaculada de la Virgen María, y de cuya definición dogmática se cumple ahora siglo y medio. Un poco de susto nos llega cuando se nos pide creer en un misterio, pues hemos de pensar que inteligencia y razón han de dejarse a un lado. El misterio religioso va por otro camino. Puede comprenderse desde unas razones teológicas, pero es tan grande y admirable que nunca se llega al final. Así es en el misterio de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, en el que resplandece la inmensa bondad de Dios. Es el triunfo del bien, la apoteosis de la inmensa bondad del Señor. Dios se va a meter, como levadura nueva, en la misma naturaleza humana, precisamente allí donde anidaba el mal y el pecado. Es la encarnación del Verbo. Dios se va a hacer hombre y necesita una madre. Dos grandes razones había para que la Virgen María estuviera llena de gracia y limpia de todo pecado: la maternidad divina y la redención de Cristo. Ella sería la madre del Verbo, la madre de Dios. Este misterio de la Inmaculada, de la limpia y pura Señora, es como una inmensa luz que ayuda a encontrar el más profundo y verdadero significado de todas las cosas y de la misma existencia humana. Donde había pecado, sobreabundó la gracia. Estas palabras de San Pablo pueden aplicarse al misterio de la Inmaculada Concepción. Pues en el privilegio de María ha quedado bien patente la misericordia de Dios, que hace posible que el bien sea siempre más abundante y generoso que los males que provienen del pecado. María Inmaculada es la prueba y la señal: en Ella ha triunfado plenamente la gracia. En ella resplandece la verdad de Dios sobre el hombre, porque María tiene tal abundancia de gracia como no la pudiera tener criatura alguna, excepto Cristo. Con la venida del Mesías ha cambiado por completo la situación del hombre: de las oscuridades y sinrazones del pecado se ha pasado a la luz y la verdad del amor de Dios. La figura de María Inmaculada es una señal evidente. En Ella se realiza la promesa de que el amor de Dios a sus hijos es más fuerte y eficaz que cualquier efecto del pecado. En ese amor divino tienen explicación todas las cosas y encuentran razón hasta los misterios más incomprensibles a la inteligencia del hombre. El pecado y la injusticia son el origen de la oscuridad de la mente y de la corrupción del corazón, de las llagas de la naturaleza, de las que habla Santo Tomás, que desviaron el entendimiento de la trayectoria hacia la verdad y lo llevaron a la confusión de la ignorancia. Pero donde hubo pecado, que es desamor, sobreabundó la gracia, que es generosidad tal en el amor que lleva a la participación de la misma vida de Dios. Todo había venido por el engañoso atractivo del mal. Es la lucha permanente entre la liber- L Es la encarnación del Verbo. Dios se va a hacer hombre y necesita una madre. Dos grandes razones había para que la Virgen María estuviera llena de gracia y limpia de todo pecado: la maternidad divina y la redención de Cristo. Ella sería la madre del Verbo, la madre de Dios tad de hombre y la ley que Dios ha puesto en su corazón. Es el pecado el que lleva a la muerte y que hace que rebroten las raíces amargas de viejos rencores que quieren hacer creer al hombre que el camino del bien y de la paz es imposible. Y, el hombre, en lugar de ayudar a la felicidad de su hermano, le echa un puñado de ceniza en el plato donde saborea la paz y el bienestar. La levadura de la justicia se ha enmohecido y no sirve para reconocer los derechos de las personas y la ayuda a los más débiles. Anunciar, celebrar y servir el Evangelio de la esperanza para la paz y la alegría de todos De esta manera nos invita Juan Pablo II a recorrer los caminos del nuevo milenio. Para seguir tan admirable programa, la Iglesia nos ha regalado la conmemoración de un misterio lleno de vida y de actualidad como es el de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, de cuya definición dogmática se cumple el ciento cincuenta aniversario. San Juan de Ávila, maestro de tantas y tan buenas lecciones, solía repetir que la única ventaja y ganancia de seguir a Cristo es la de participar en su sacrificio y de su amor. Se refería a la generosidad y el desprendimiento que deben acompañar a una vida cristiana fiel al evangelio, y que no busca otros intereses que no sean los de seguir de cerca la vida y modelo de Cristo. Nos puede venir muy bien ese pensamiento del Maestro Ávila para recordar cuáles deben ser las actitudes y comportamientos ante las situaciones de dificultad en las que se puede encontrar el cristiano. Lo primero a tener en cuenta es que la fe no busca el conflicto, sino la atención a la palabra de Dios, el comportamiento leal y coherente con aquello en lo que se cree. Ante todo, se requiere la fidelidad. Es decir, mantener el amor, que es firmeza en el convencimiento y en entrega incondicional. Lo que está en juego es el mismo amor de Dios al hombre que se ha manifestado en la vida y doctrina de Cristo. También la fidelidad exige la atención y consecuencia con el acontecimiento, con el momento en el que se vive. Sobran las nostalgias, que se complacen en lo pasado y olvidan responsabilidades del presente. Una cosa es la firmeza y otra muy distinta el pensar que la manera de realizar algunas prácticas accidentales para vivir la fe son imperecederas. Siempre dispuestos a dar razón de nuestra esperanza, como diría San Pedro. Lo que equivale a decir que hay que permanecer firmes en la fe ante las dificultades, con una paciencia activa, que es la de un comportamiento leal y responsable, oponiendo al mal únicamente la causa del bien, de la misericordia y la del empeño por la paz. En la violencia, como camino para la consecución de objetivos, no se debe ni pensar. La paz no sólo ha de ser el final, sino también el principio y todo el camino a recorrer. La fidelidad puede llevar al martirio. Pero no hay que engañarse, pues solamente puede ser verdadero mártir aquel que vive como auténtico testigo. Hace ciento cincuenta años que se proclamara el dogma de la Inmaculada. Siglos antes, en España se vivía y profesaba la fe en este misterio. Devoción grande y sentida que ha llenado las páginas, entre las más bellas, de la historia del arte y de la literatura, de la música y de cuanto pudiera expresar la veneración a la Virgen Pura y Limpia en su Concepción. Lope de Vega quiso resumir las razones teológicas del dogma en estos versos: De Adán el primer pecado no vino en vos a caer; que quiso Dios preservaros limpia como para él. De vos el Verbo encarnado recibió el humano ser, y quiere todapureza quien todopuro es también. Si es Dios autor de las leyes que rigen la humana grey, para engendrar a su madre ¿no pudo cambiar la ley? Decir que pudo y no quiso parece cosa cruel, y, si es todo poderoso, ¿con vos no lo habrá de ser? Que honrar al hijo en la madre derecho de todo es, y ese derecho tan justo ¿Dios no debe tener? Porque es justo, porque os ama, porque vais su madre ser, os hizo Dios tan Purísima como Dios merece y es CARLOS AMIGO VALLEJO Cardenal Arzobispo de Sevilla