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76 Deportes ESPAÑA, CAMPEONA DE LA COPA DAVIS LUNES 6 12 2004 ABC LOS CAMPEONES CARLOS MOYÁ El hombre que disfruta Está tocado por la mano de Dios. Su derecha es prodigiosa, pero su mejor arma es la cabeza Su máxima es pasarlo bien a toda costa D. P. Un periodista le preguntaba: ¿Si algún día tienes un hijo y sólo le pudieras decir una frase, cuál de estas elegirías: Yo fui una vez campeón de Roland Garros o bien: En mi pasado conquisté la Copa Davis Ninguna de las dos- -le respondió- -simplemente le diría: Disfruté mucho con mi carrera Carlos Moyá en estado puro. Él es así. Un hombre tranquilo. Los de Palma tienen fama de pausados. Y un hombre sincero. Lo que se le pasa por la cabeza lo suelta, sin más. Llegó al tenis de la mano de sus padres y enseguida fue evidente que tenía madera de gran campeón. Descubierto por Alberto Tous, Moyá pulió su tenis como otros muchos en el CAR de San Cugat. Allí se encontró con José Perlas, quien le dirigió en la etapa más fulgurante de su carrera, sobre todo en 1998, cuando ganó el Masters Series de Montecarlo y después Roland Garros, sus mejores títulos. Sin embargo, había saltado a la fama un año antes, cuando llegó para asombro mundial a la final del Open de Australia. Acababa de perder con Pete Sampras. Le dieron el micrófono ante 20.000 espectadores y soltó aquello de ¡Hasta luego Lucas! Un guiño a sus amigotes. Por amistad ha trabajado en el cine, en Torrente II y porque la amistad es lo que más aprecia su entrenador actual es un viejo colega, Joan Bosch. Su filosofía de vida siempre fue relajada, pero eso no le impidió llegar a número uno del mundo, primer español que lo conseguía en la historia, un 15 de marzo de 1999. Su carrera parecía imparable, cuando una fractura por estrés de una vértebra le paró su progresión durante seis meses en 2000. Sin embargo, tardó mucho más en recuperarse, pero cuando lo hizo, cuando reconquistó su mejor tenis, el Moyá que apareció fue un tenista más maduro, más fuerte anímicamente y con una obsesión en su mente: proclamarse alguna vez campeón de la Davis. Feliciano López baña en cava a Nadal durante la celebración del éxito AP Levantar la Copa Davis ha supuesto diez meses de sudor y lágrimas... de alegría. Lejos queda aquel fin de semana de febrero en que los cachorros de la Armada dieron el primer paso en Brno. Luego llegó el turno del líder, del hombre que tenía una deuda con él mismo desde Barcelona 2000 Moyá tardó cuatro años en cumplir el sueño de toda una vida TEXTO DOMINGO PÉREZ SEVILLA. Cuando Roddick mandó fuera la última bola todo el banquillo español, todo el estadio, toda la afición en España pensó en Carlos Moyá. Se lo merecía. Las lágrimas que se le escaparon al celebrar el triunfo eran de alegría, pero, sobre todo, de alivio. El sueño de la Davis le perseguía desde 2000. Me he despertado muchas noches soñando que la ganaba. Tantas, que aún temo despertarme en cualquier momento y ver que no es verdad En Barcelona 2000 no pudo estar. Una lesión le apartó del equipo durante todo el año y retardó su preparación para la final. Llegó muy corto de forma. Y, en el fondo, él mismo se descartó al no disputar los dos últimos torneos del año. Sin esas pruebas, condición impuesta por los capitanes, éstos no le seleccionaron y apostaron por los hombres que habían llevado al equipo a la final: Juan Carlos Ferrero, Albert Costa, Alex Corretja y Joan Balcells. Moyá fue un espectador de excepción de aquel triunfo. Sentado en un palco de uno de los fondos vibró con la final y empezó a gestarse una nueva obsesión: ser algún día campeón de la Davis. Muchos- -reconoce- -me decían que no podía obsesionarme de esa forma, pero yo soy así. Necesito obsesionarme para dar lo mejor de mí Su segunda gran oportunidad se presentó el año pasado. Fue el hombre que metió a España en la final al ganar el punto decisivo frente a Argentina en semifinales. Llegaba a Australia redondo de forma. La sensación general le consideraba invencible. Nada parecía poder frenarle. Ni la hierba del Arena Rod Laver de Melbourne ni los mismísimos australianos, encabezados por Lleyton Hewitt. El primer día demostró su estado de gracia derrotando con autoridad en cuatro sets a Mark Philippoussis por 6- 4, 6- 4, 4- 6 y 7- 6 (7 4) En el partido ante- rior, Ferrero se vaciaba, pero caía en cinco mangas ante Hewitt. El doble puso el 2- 1 para los aussies Y en la tercera jornada todo dependía de Ferrero. Si el valenciano atrapaba un punto, Moyá podría cerrar. Juan Carlos volvió a irse a cinco sets frente a Philippoussis y acabó sin gasolina, por lo que cedía la última manga sin anotar un juego: 7- 5, 6- 3, 1- 6, 2- 6 y 6- 0. Pagó cara una temporada larguísima y durísima en la que había estado luchando por el número uno mundial casi hasta el último día. Brno, el principio de un fin Nunca pudo disputar Charlie ese quinto partido. Fue una frustración enorme. Él estaba convencido de que iba a vencer y, sin embargo, comprobaba cómo se le escurría entre los dedos una segunda ocasión de ganar la Davis. Parecía imposible que cerrara algún día su puño en torno al plateado