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ABC LUNES 6 12 2004 Opinión 7 JAIME CAMPMANY Sevilla y olé tiene un color especial, y ayer tenía un color glorioso, color de alegría, color de fiesta, color de patria, color de España SEVILLA, COLOR DE PATRIA RAN día el de ayer para los nacionalistas radicales y más todavía para los nacionalistas rabiosos. Y además de los dos grandes acontecimientos nacionalistas del domingo, celebrábamos la Fiesta de la Constitución, toma nísperos. En la fiesta de la Constitución española, los partidos nacionalistas se visten de gala, izan la bandera bicolor, reparten bandericas españolas entre los niños del barrio y cantan a coro aquello de banderita tú eres roja, banderita tú eres gualda Santo Dios, y cómo se lo habrán pasado por la parte de Cataluña el Carod- Rovira, el Puigcercós, el Joan Tardá, el Fernando Benach y demás esquerros republicanos, y por la parte del País Vasco, el Ibarreche, el Atucha, el Anasagasti, el Imaz y sobre todo el Arzallus, ave María Purísima y cómo se lo habrá pasado el Arzallus, estoy seguro que se habrá divertido como un enano y habrá dado saltos y balotadas de alborozo como las volteretas en el aire que daba Hugo Sánchez, el mejicanito, cada vez que metía un gol en el Bernabéu. La fiesta comenzó de mañana, recién levantado andaba yo, por la señal, un ligero lavoteo como el que se hacen los gatos, pijama, bata, zapatillas, sillón y televisor. La selección nacional de fútbol- sala, después de vencer al Brasil en las semifinales del mundial, se enfrentaba a los italianos en una final latina. Italia nos había dejado un año con la miel en los labios, y aquello, además del interés intrínseco (qué bien escribo) traía a la pasión el deseo de la venganza, tan mediterráneo, tan siciliano. Los chicos españoles, cada cual de su nacionalidad, marcaron dos goles, uno de cañonazo y el otro de garabatillo, y después aguantaron tan ricamente, de modo que los itálicos sólo pudieron marcar uno, que es ese gol que los deportistas llaman del honor. España, campeón mundial, aplausos, vivas, abrazos, banderas españolas en las gradas, en la cancha y hasta en las mejillas pintadas de las españolitas, cada cual de su nacionalidad pero con la bandera en la cara, Dios las bendiga. Terminó aquello y empezó el tenis. También España había comenzado con dos partidos a cero en la final de la Copa Davis. Carlos Moyá empezaba muy bien su partido con Andy Roddick, número 2 del mundo, al que ya había vencido un muchacho de 18 años llamado Nadal. Un partido de apoteosis. Un set, dos sets, tres sets, y ese mocetón impresionante que es Andy Roddick, un tío más grande que la Giralda, que lanza la pelota en los saques a 230 kilómetros por hora, pero que pierde los tres sets seguidos, y la ensaladera para España, la segunda de su historia. Y encima, el partido se jugaba en Sevilla, el jugador número 12 en el fútbol celtíbero, y ayer el número 5 en el tenis: Moyá, Nadal, Ferrero, Robredo. Y Sevilla. Jo y qué nacionalidad, Sevilla y olé. Sevilla tiene un color especial y ayer tenía color glorioso, color de alegría, color de fiesta, color de España. Y además, los héroes de la eliminatoria eran dos españoles de Mallorca, toma castaña, y los Príncipes de Asturias estaban en el palco, y Carod y Arzallus gozando con un placer casi sexual y una alegría casi patriótica. Amén. G JUAN MANUEL DE PRADA Como antídoto contra esa logomaquia que nos exime de la tortura de la inteligencia lean el texto tan pomposamente conmemorado, donde se tropezarán con multitud de afirmaciones que la actuación de los políticos refuta diariamente FIESTA DE LAS FRASES HECHAS NDO en estos días pergeñando una humilde antología que titularé El síndrome de Pierre Menard, en la que me dispongo a congregar a un puñado de escritores foráneos que, de un modo más o menos explícito, se han atrevido a contrariar aquel designio de Cervantes que conminaba a las generaciones venideras a abstenerse de exhumar los restos de su Ingenioso Hidalgo. El elenco de infractores del mandato cervantino reúne algunos de los más conspicuos nombres de la literatura contemporánea: Borges, Chesterton, Mann, Papini, Auster, Greene, Dos Passos; también algunos nombres ignotos cuyo rescate me está deparando momentos de inabarcable placer. Entre estos últimos se cuenta Leonardo Castellani (1899- 1981) un polígrafo argentino, jesuita trabucaire que acabaría siendo expulsado de la Compañía por sus ideas incendiarias, lúcidas hasta la imprudencia y también a veces un poco energúmenas. En el volumen de relatos El gobierno de Sancho Panza, Castellani fustiga con sana ferocidad los vicios políticos de nuestra época. En el cuento titulado El Fabril de Frases Hechas Sancho Panza recibe la visita en Barataria de un señor desvaído que traía colgado al cuello una especie de organillo titirimundi o máquina de calcular que escupe topicazos a troche y moche. El inventor de la máquina explica al gobernador su utilidad: Este aparato ahorra al pueblo el trabajo de pensar. Pensar, Excelencia, es la cosa más trabajosa del mundo y también la más peligrosa. En otro tiempo, a los pueblos les daba por pensar; y ¿quién podía gobernarlos en paz? Nosotros hemos arreglado el asunto. Con este aparato la plebe ignorante está dispensada de la tortura de la inteligencia. Mire las bestias, Excelencia, qué plácida y envidiable vida transcurren, libres de los tres gusanos del Por Qué, el Para Qué y el Hacia Dónde. Con este Fabril de Frases Hechas y la grande inhuible red de propaganda, nosotros da- A mos a los grandes rebaños humanos su pasto mental diario ya cocinado y hasta mascado. Ellos lo engullen en grandes cantidades, unos con pimienta y otros con pachulí, según los gustos, y plácidamente se adormecen en sus almas las interrogadoras voces De inmediato, el inventor de la máquina hace girar una manivela y muestra a Sancho algunas perlas del pensamiento perezoso: Yo respeto todas las opiniones Los males de la libertad se curan con más libertad etcétera. Las frases hechas, convertidas en anestesia universal, se han convertido en la gangrena de nuestra época. Su repetición aturdidora, convenientemente aderezada de floripondios, ha convertido el tópico inerte en dogma sacrosanto. Nuestros políticos han hecho del frasihechismo un stock de recursos grandilocuentes y vacuos que disfraza sus tropelías de una como intangible respetabilidad. Así, por ejemplo, cada vez que alguien menciona campanudamente el Estado de Derecho (y no hay discurso político que no esté empedrado de tres o cuatro docenas de menciones) debemos sospechar que, tras la expresión reiterada, se embosca el propósito de vaciarla de significado. En esta Fiesta de la Constitución que adorna nuestro santoral laico oiremos muchas frases hechas que ensalzarán su vigencia y el caudal infinito de bienes que ha procurado a los españoles; desconfíen de esa facundia previsible, pues muchas de esas frasecitas las pronunciarán los mismos que se han propuesto ladinamente demoler el texto que celebran. Y como antídoto contra esa logomaquia que nos exime de la tortura de la inteligencia lean el texto tan pomposamente conmemorado, donde se tropezarán con multitud de afirmaciones que la actuación de los políticos refuta diariamente. No nos dejemos convertir en rebaños que ingieren su pasto diario ya cocinado y hasta masticado. No nos dejemos triturar por la máquina de las frases hechas.