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ABC DOMINGO 5 12 2004 Internacional 35 Cuando pillamos a un rival en nuestro territorio, le agarramos y directamente le metemos plomo Pretendo dejar la pandilla y me quieren matar, pero eso ya me da igual porque estoy contagiada de sida donar la comunidad para salvar la vida o la de los familiares. En muchos casos, el mero hecho de nacer en un barrio o en otro deja marcado de por vida el futuro de muchos de sus habitantes. Aunque, generalmente, los que se hacen pandilleros suelen ingresar en la mara dominante de su comuna, a veces se dan casos en que sucede lo contrario. Edi abandonó su barrio para evitar problemas con la mara que lo controlaba. No había acabado sus estudios y no tenía trabajo por lo que tuvo otra salida más que robar para poder comer. A mí me condenaron por robo y me metieron en Chalatalengo, una prisión en la que sólo hay miembros de la Dieciocho. Me hice pandillero por necesidad. Pronto, en mi barrio se enteraron de ello y mi barrio es de la Salvatrucha El ingreso de Edi en la Dieciocho se saldó con la muerte de su hermana, que fue encontrada en un descampado, violada y con tres agujeros de bala en la cabeza. Pandilleros de la Dieciocho una de las dos maras que dominan San Salvador, en su cuartel general la calle Para entrar a formar parte de una pandilla, a los hombres se les obliga a aguantar una paliza del resto de los miembros durante la que no pueden dar muestras de debilidad. A las mujeres, se les da la misma opción o bien entrar tras sufrir una violación masiva del resto de los componentes Las maras en San Salvador, más allá de la ley, de la vida y de la muerte TEXTO Y FOTO: ÁLVARO YBARRA ZAVALA. ENVIADO ESPECIAL Un camino con difícil retorno Entrar a formar parte de una de estas maras es para toda la vida. Para ellos la pandilla es su familia, sus hermanos, una gran hermandad que defienden hasta la muerte. Aunque ambas bandas mantengan una guerra abierta, no existen grandes diferencias entre ellas a la hora de ingresar en sus filas. Por lo general, a los hombres se les brinca es decir, se les obliga a aguantar una paliza practicada por el resto de los miembros de la mara durante la que no pueden dar muestras de debilidad. A las mujeres se les da la misma opción o entrar tras sufrir una violación masiva del resto de los componentes de la pandilla. Mi nombre es Eli y soy ex pandillera de la mara Salvatrucha, soy madre de dos niñas. Entré en la pandilla por el método del sexo. Ahora quiero empezar una nueva vida lejos de la mara y poco a poco lo voy logrando, aunque tengo miedo porque me quieren matar, pero eso ya me da igual porque estoy contagiada de sida La historia de Eli no es un caso aislado. Igual que ella, muchos hombres y mujeres encuentran infinidad de obstáculos a la hora de abandonar la mara Al margen de los numerosos casos de contagios de sida y de las amenazas del resto de los pandielleros, su mayor problema para reinsertarse en la sociedad es que ésta les acepte, debido al gran número de tatuajes que adornan sus cuerpos y que claramente los identifican como pandilleros. SAN SALVADOR. La comuna de la Campanera no difiere mucho de otras que se encuentran en el municipio de Soyapango (San Salvador) Pobreza, hacinamiento y el triste récord de ser el municipio con mayor número de homicidios de la capital salvadoreña son rasgos más que suficientes para saber que nos encontramos en territorio pandillero. Aquí manda la Dieciocho, nosotros cuidamos a nuestra gente de los enemigos, somos como hermanos nos dice orgulloso el Cuervo cabecilla de una de las clicas (célula) de la pandilla. Actualmente, en San Salvador operan dos maras (pandillas) la Salvatrucha y la Dieciocho. Ambas están en guerra abierta por el control de los principales barrios y han dejado ya un reguero de sangre y violencia. nece a la mara Salvatrucha. La mayoría de los componentes de estas bandas vivieron muy de cerca la violencia de la guerra civil que asoló el país durante los años ochenta y principios de los noventa y, como dice Fredy Bustamante, cooperante que trabaja desde hace cinco años en la rehabilitación de pandilleros, el odio y la violencia que se vivieron en El Salvador han dejado huella en ellos. Deja a uno helado ver cómo se enfrascan las dos pandillas Efectivamente, el odio que se profesan ambas maras es algo fuera de lo común. El mero hecho de entrar en el territorio de la otra pandilla significa poder ser ejecutado Cuando encontramos a un miembro de la otra mara en nuestro territorio es una ofensa, una provocación, si le agarramos directamente le metemos plomo afirma Dani sin titubear. La pandilla o la muerte Aunque la mayoría de los pandilleros afirman que protegen a los habitantes de sus barrios, no todos los que viven allí opinan lo mismo. Muchos jóvenes que no quieren entrar en la mara que controla su comuna se ven sometidos a presiones y amenazas y no es raro que, tarde o temprano, tengan que dejar el barrio para evitar ser asesinados. Ignacio es estudiante de Derecho. Vivía en La Línea, un barrio marginal de San Salvador controlado por la mara Salvatrucha. Muchos de mis amigos se hicieron pandilleros. Ellos me decían que me dejara brincar, que era bueno, que había futuro y que en la pandilla todos cuidaban de todos. Yo siempre respondía que no, pero con el tiempo me empezaron a decir que si era de la Dieciocho, que yo era de los otros, y todo porque para ir a la escuela tenía que cruzar un barrio que pertenecía a la otra pandilla Pero no siempre es suficiente aban- Entre 12 y 30 años En sus filas militan jóvenes, entre los 12 y los 30 años, fuertemente armados. La mayoría de ellos provienen de barrios marginales y, por lo general, de familias rotas por la guerra, la droga o el alcohol. Yo nací en una familia en la que mi padre le daba a la bebida, mi madre murió y yo tuve que salir al paso como pude, en la pandilla encontré a mi familia, ellos me ayudaron y me protegieron afirma Dani, que perte- Provienen de barrios marginales y, por lo general, de familias rotas por la guerra, la droga o el alcohol En la capital operan dos maras la Salvatrucha y la Dieciocho. Están en guerra y han dejado ya un reguero de sangre