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ABC DOMINGO 5 12 2004 La Tercera AFIRMARSE EN LA UNIÓN EUROPEA E L pragmatismo de la mejor política europea contrasta a veces con las decepciones de la noción intelectual de europeidad. En el período de entreguerras, Robert Musil ve una Europa desamparada en la que los europeos han sido como esos pasajeros de wagon- lit que no se despiertan hasta el momento de la colisión Tuvo que estallar otra guerra hasta que Francia y Alemania dieran en 1950 el paso empírico y casi vulgar de colocar el conjunto de sus respectivas producciones de carbón y de acero bajo una alta autoridad común- -decía el plan Monnet- en una organización abierta a la participación de otros países de Europa En aquella Europa de la inmediata posguerra, los generales de la OTAN advertían que todo lo que los rusos- -Unión Soviética- -necesitaban para llegar al Canal de la Mancha era un buen par de zapatos. La integración de España en el proceso que va de la Comunidad a la Unión Europea ha sido una tarea de generaciones, de paciencia diplomática, de resistir una y otra vez desplantes y argucias, de voluntad plenamente consensuada. Las nuevas generaciones pueden permitirse dar por sentado lo que en realidad ha sido una labor aproximadamente titánica, sin flaquezas ni abandonos. Lógicamente, el disfrute y provecho de una beca Erasmo es hoy algo natural, casi una costumbre. Todo el trayecto anterior fue un cúmulo de negociaciones ásperas, de confrontación con otros intereses nacionales ya previamente asentados en la trama comunitaria. Paradójicamente, ese quehacer tan minucioso y generalmente tan acertado no fue del todo reconocido. En su lugar aparecía la idea de un europeismo de idealidad que de forma casi inconsútil legitimaba de manera definitiva la transición democrática. El contraste extremado entre el esfuerzo real y la integración mirífica no ha contribuido de forma objetiva a que la opinión pública española tuviera conciencia concreta de cómo funciona la Unión Europea para lo bueno y para lo malo, que no siempre evita el ciclo de vacas flacas y vacas gordas, y que su estado natural sea la armonía. Cierta retórica de la europeidad ha pesado más que el realismo. Había prisa por suturar del todo viejas heridas y, como decían los maestros, Europa era la solución. Ante el referéndum sobre el Tratado Constitucional, España requiere de un acto explícito de inmersión en el realismo. Sólo al saber dónde estamos y hacia dónde vamos podríamos dar por sólido el arquitrabe que liga horizontalmente el logro de la España constitucional y su presencia de pleno en la Unión Europea. Desafortunadamente, la experiencia de referéndums en otros países y de todas las elecciones al Parlamento Europeo indican que generalmente todos votamos en claves de política interna. No existe una opinión pública europea. Ciertamente, para que esa opinión pública europea se perfile difícilmente va a haber una circunstancia más idónea que debatir y votar ese Tratado, síntesis compiladora del intricado corpus de normas de la UE y no en verdad Las carencias del liderazgo europeo pueden llevarnos a una fragilidad y desconcierto del todo inoportunos. Desde luego, el mundo no va a acabar ahí. De todos modos, con o sin Tratado, estar en las cotas significativas del panorama europeo es la única alternativa a la intemperie, una intemperie que resultaría autárquica frente a un espacio común con el máximo de movilidad y el mínimo de barreras acto de soberanía de un pueblo constituyente. Para el ciudadano español, un episodio equiparable es el referéndum de la OTAN que era manifiestamente más innecesario de lo que incluso pueda serlo el referéndum europeo. La memoria permite afirmar que los españoles votaron por mil motivos, pero sin que el significado real de la Alianza Atlántica tuviera la menor prioridad. El PSOE se congratuló en las prácticas inductivas más abusivas, con un notable descaro. Incidentalmente, tanto la postura de la derecha entonces liderada por Fraga Iribarne como la del catalanismo encabezado por Jordi Pujol perdieron el sentido de la proporción. Quizás sea muy largo el aprendizaje de votar cada cosa en su momento y en su lugar. En la clave del voto interior coinciden todos los electorados de una Europa que ha pasado vpuig abc. es por el gran miedo de la posguerra, por la caída del Muro de Berlín y por el alud de incertidumbres- -crisis del atlantismo, inmigración, terrorismo islamista, envejecimiento de la población, anquilosamiento económico- -que ahora coinciden con la breve galaxia de referéndums. Cualquiera de esos referéndums puede paralizar la ratificación del Tratado. Las carencias del liderazgo europeo pueden llevarnos a una fragilidad y desconcierto del todo inoportunos. Desde luego, el mundo no va a acabar ahí. De todos modos, con o sin Tratado, estar en las cotas significativas del panorama europeo es la única alternativa a la intemperie, una intemperie que resultaría autárquica frente a un espacio común con el máximo de movilidad y el mínimo de barreras. Las generaciones de la beca Erasmo pronto van a poder aprovecharse de lo que llamamos Redes Transeuropeas una síntesis tecnológica que procura una eficaz interconexión europea en materia de telecomunicaciones, energía o transportes. No pocas objeciones pueden argumentarse frente al Tratado y al procedimiento de su redacción. En el último número de la revista Commentaire un grupo de intelectuales franceses razona que la Unión Europea no responde actualmente a la idea democrática de Pericles: no hay pueblo- demos -ni poder- cratos Adolece de un funcionamiento oligárquico y burocrático, del mismo modo que su legitimidad es confederal y jurídica. Es decir: A la espera de un demos europeo todavía muy virtual, los dirigentes europeos son incapaces de imaginar las instituciones audaces que permitirían a los pueblos europeos controlar realmente la política europea y a la vez, porqué no, participar en su elaboración Según la corresponsalía de The Economist en Bruselas, la colisión entre un proyecto de élites y la opinión pública pudiera ser contusionante y políticamente peligroso para la Unión Europea. Si aceptamos que la conciencia europea necesita un lifting intelectual, su método no puede ser otro que el reformismo. Ese reformismo, tanto en sostén de una mayor transparencia institucional como de la más vigente defensa de los intereses de España en la UE, requiere estar, para poder ser escuchados. Hablamos de una Unión Europea que previsiblemente será un híbrido entre la naturaleza de lo intergubernamental y la institucionalización de un pool de soberanía compartida. Esa Unión Europea es a la vez un mercado interior inmenso- -quizás el más grande actualmente- un operador del mayor peso en el comercio global. Ya no puede reincidirse en el error de hacer de la Unión Europea una ideología, ni uno de esos metarrelatos que el pensamiento postmodernista desahució con excesivo apresuramiento. Sin duda, le quedan al ser humano grandes relatos para la pasión y la fe pero la fase presente del experimento político- institucional de la Unión Europea es una cuestión de realidades y de realismo. VALENTÍ PUIG