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58 Cultura EL CERVANTES, PARA UN ESPÍRITU LIBRE VIERNES 3 12 2004 ABC El narrador recuerda las tertulias en las que compartió tantas buenas horas con Rafael Sánchez Ferlosio, y afirma que de mis amigos famosos del medio siglo, al que más he querido y admirado ha sido a él Rabos de pasas POR MEDARDO FRAILE Hubo un tiempo en que Rafael y yo éramos casi familia o eso es lo que yo creo. Nos conocimos en la facultad de letras en Madrid, por donde andábamos más o menos perdidos dentro y fuera de las clases, los que habíamos arribado de Arte Nuevo Sastre, Paso y yo, y narradores en ciernes, que tenían ya la seguridad de serlo, como Alfonso Albalá o Jesús Fernández Santos, con visitas frecuentes de Aldecoa, que había estudiado con Carmiña en Salamanca. Y, además, poetas, muchos poetas y el que luego sería un traductor excepcional en Taurus, Florentino Trapero. Y Manuel Seco. Y Emilio Lledó. La primera vez que charlé por extenso con Rafael creo que fue en el hall del Hotel Capitol, donde él, ligeramente más joven, elogió una obra mía de teatro, El hermano que, más tarde, alabaría también Buero Vallejo. Rafael era espigado y pensante, capaz de silencios largos para no otorgar la razón a quien fuera antes de estar bien seguro de que la merecía. Despues le vi y le traté en muchos sitios, en su casa de El Viso, donde recuerdo que nos leyó entusiasmado unos versículos de la Biblia, que se sabía casi de memoria, y aseguró que un párrafo de El celoso extremeño era lo mejor que se había escrito jamás; en las jornadas literarias por La Mancha que organizó Gaspar Gómez de la Serna; en el Café Gijón, por supuesto; en la casa de Doctor Esquerdo, donde ya había ejemplares de Alfanhuí que había publicado antes de irse a la mili en África. Allí nació su primer hijo, y recuerdo muy bien la inmensa ternura y creatividad de Rafael dibujando para el niño un zoo imaginario de animales inventados, inexistentes, y la hucha que le iba preparando para el futuro con monedas envueltas en papeles de colores que, al tirarlas, una chincheta las clavaba en el techo. Ese era el mundo mágico de Alfanhuí hecho realidad. Fueron años de lecturas mutuas en nuestro grupo, de camaradería, de vino malo y bueno- -aunque Rafael no era de los que más bebían- y recuerdo que, en aquellas lecturas, él no dejaba pasar sin crítica un adjetivo tópico o blandengue, como ocurrió con uno mío- -sólo uno- en mi cuento que fue premio Sésamo. Creo que Rafael- -capaz de afirmar que El Jarama fue un error- ha sido exigente, justo y, si venía al pelo, duro consigo mismo y con los demás y aunque, gracias a Dios, ha hecho- -creo- -lo que le daba la gana, ha sido siempre con la convicción de que el respeto hacia los otros no tiene por qué ser nunca ni paralizador ni beato. Para mí, los dos mejores cuentos que ha escrito están protagonizados por lobos y, sin tiempo para analizarlo Sánchez Ferlosio, José María de Quinto, Ignacio y Josefina Aldecoa y Alfonso Sastre (de izda a dcha) en Salamanca en 1952 aquí, me parece que así tenía que ser. En una taberna de Coria, el perro de Rafael se comía el pincho de tortilla y él se bebía el vino, y por los años en que me marché a Inglaterra, escribió unos versos fervorosos a un Niño NO a una de esas criaturas que no está dispuesta a decir que sí cuando le parece lo contrario. Rafael tiene mucho de Hombre NO casta que cada día es más necesaria en el mundo. Ahora Rafael es premio Cervantes y es también ese hombre de aspecto desaliñado que lee todos los periódicos en un bar de barrio. Cuando vuelvo a Madrid, todavía nos vemos en él. Motorizado con bastón y pastillas, como estamos ya todos, sigue aún siendo ese águila un poco desplumada, pero de altura, que en la conversación, con interés y buen juicio, salta de Tito o Vespasiano a Felipe González. Lo sospechoso de las soluciones- -dice- es que las encuentra uno siempre que las busca. De mis amigos famosos del medio siglo, al que más he querido y admirado ha sido a él. Bibliografía LA LIBERTAD DE CERVANTES JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO M e alegra mucho el galardón a Rafael Sánchez Ferlosio, porque es un hombre libre, dueño de una libertad que se mide en su propia disidencia, en su independencia de criterio. Rafael no está de acuerdo con todo el mundo ni mucho menos, sino que se ha mantenido fiel a sí mismo, ha sabido ser él, siguiendo la gran lección de Cervantes, si es que don Miguel dio alguna, y no se dejó llevar por la corriente del uso. Algo que no resulta tan fácil, pues la sociedad se defiende de lo extraño. Sánchez Ferlosio es autor de una obra corta, que en el fondo es lo que a mí me hubiera gustado hacer, y es un hombre radicalmente paciente y serio, que son dos cualidades fundamentales para quien se dedica a la literatura, al arte. No es un escritor fulgurante, aunque sorprendió enormemente con su Industrias y andanzas de Alfanhuí y su novela El Jarama gustó más a la crítica que al público general, porque estaba más convencionalmente incardinada en su tiempo; sin embargo, para mí, la mejor novelística de Sánchez Ferlosio está en El testimonio de Yarfoz Y no debemos olvidar su vertiente de articulista, donde el autor ha demostrado preocupaciones que no suelen ser muy propias entre los hispanos. Es para mí un orgullo haberlo presentado como candidato al premio, este año y los años anteriores, que también lo hice. Narrativa Industrias y andanzas de Alfanhuí (1951) El Jarama (1955) Industrias y andanzas de Alfanhuí; Y el corazón caliente; Dientes, pólvora, febrero (1961) y El testimonio de Yarfoz (1986) Ensayo y otras obras Las semanas del jardín (1974) El Ejército nacional (1986) Campo de Marte (1986) La homilía del ratón (1986) Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado (1986) Ensayos y artículos I y II (1992) Vendrán más años malos y nos harán más ciegos (1993) Esas Yndias equivocadas y malditas (1994) El alma y la vergüenza (2000) La hija de la guerra y la madre de la patria (2002) y Non olet (2003) Literatura infantil y juvenil Narraciones italianas (1961) El huésped de las nieves (1981) y El escudo de Jotán (1983)