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ABC JUEVES 2 12 2004 La Tercera RAÚL RIVERO, EL REHÉN DESEADO A cárcel, la represión, los policías, los tribunales, todos tan severos como sordos, son el extraño paisaje que ha acompañado a dos generaciones de escritores cubanos en las últimas décadas. Tan familiar, que muchos de nosotros nos acostumbramos a tutear, por turnos, a los oficiales que nos atendían ¡Porque todos éramos atendidos por un oficial! Si se quiere, es una visión de antesala del presidio. El guardia se toma un café contigo en casa, en la tuya desde luego, porque uno no está supuesto nunca a conocer la dirección particular del oficial de tu caso- -todos también somos un caso. Se trata de una versión semejante a lo que Vladimir Nabokov llamaba su policía particular, aunque a lo mejor él pensaba sólo en el oficial que llevaba su expediente- -papel mojado en algún envoltorio basto de cartulina rusa- -desde los cuarteles en Moscú del KGB mientras él se dedicaba a la diversión de Lolita. Quizás algún día me extienda sobre estos muchachos del llamado Buró 3 de la Seguridad del Estado, cuya área de responsabilidad en la sociedad cubana era el llamado sector ideológico, en el que se incluía bajo su insomne observación, además de toda la actividad artística del país y prensa, radio y televisión, a los deportistas. Nunca he sabido qué tenían que ver estos forzudos levantadores de pesa y los peloteros con nosotros, almas tan sensibles que tenemos. Nosotros es el referente de gente como Heberto Padilla, Reinaldo Arenas, Marielena Cruz Varela, David Buzzi, Bernardo Marqués, Fernando Velásquez, o yo mismo, y ahora, el último de la camada, Raúl Rivero, el Gordo. Quiero decir, el último en tener problemas con la justicia. Advierto que estoy citando a ejemplares de narradores o poetas que participamos en el proceso, que es una forma de nombrar a los creyentes. No me refiero a contrarrevolucionarios de origen, sobre todo a muchos que encontraron su vocación literaria en las mazmorras de sus largas condenas porque habían sido capturados en algunos de los cientos de conspiraciones que se activaron en los 60 (si al final los americanos no van a enviar los helicópteros para tu rescate, nada mejor para pasar el tiempo que la elaboración poética) y que son los autores de baja estofa que en la actualidad llenan los estantes de las librerías de Miami. No, no sólo estoy hablando de artistas que- -como decía Heberto Padilla- -tuvieron la añoranza de la justicia social, sino de la primera línea de la producción literaria de mi país. Y si eras gordo, asmático, casi imposible de mover en tu humanidad de cachalote rendido, como era el caso de José Lezama Lima, entonces te clavaban con la presencia permanente de un médico para atenderte. El doctor José Luis Moreno del Toro (este sí nombre verdadero pero no de guerra) fue el sonriente Joseph Menguele criollo que le situaron como médico de cabecera al autor de Paradiso, y por cada auscultación de pecho y pulmones o un poco de salbutamol, el líquido prodigioso para rellenar su aerosol de inhalación, le sacaba dos párrafos de un informe. Pero ha sido una constante sobre nosotros. Aunque en realidad Fidel ha preferido mantener a los escritores contenidos fuera de la cárcel. Desde la mala propaganda del caso Padilla- -cuando arrestó al poeta, para asombro y angustia de la intelectualidad occidental, durante más o menos un mes, en 1971- -y que ocupó casi tanta prensa en su momento como la crisis de los misiles de L En la situación actual, está por ver si se obtienen las ganancias políticas para las que ha invertido este prisionero. Respecto a Raúl, es de desear que se monte en el primer avión para el que le reserven asiento octubre de 1962, Fidel ha preferido concentrarse en los presos políticos como Armando Valladares y Eloy Gutiérrez Menoyo y tenerlos a la disposición en su almacén de rehenes. Desde luego, el problema básico reside en que resulta muy difícil arrestar a un escritor y, sobre todo, si es más o menos conocido, por lo que escribe. Porque se convierte de forma automática en el más deleznable de los actos represivos y es algo para lo que Fidel resulta tan sensible. Al final, él es un tipo que quiere presentarse como un pensador y nada le complace tanto como el coqueteo con los García Márquez y los Oliver Stone. La ecuación de no reprimir el pensamiento le resulta incluso adecuada para los presos contra mondos y lirondos o el personal suyo de alto nivel que requiere liquidar: al general Arnaldo Ochoa lo juzgó y fusiló por unas operaciones de narcotráfico en las que nunca había participado y no por sus supuestos coqueteos con los generales soviéticos de la Perestroika. A Carlos Aldana lo destruyó por una cuenta de dinero en el extranjero y no por sus ambiciones de cambios políticos. Es decir, se trata de un terreno en el cual él sabe que debe moverse con cuidado y donde tú nunca podrás sacar el argumento de que te colgaron veinte años por la manera de pensar. De cualquier manera Fidel logró establecer un precedente con el caso Padilla que siempre ha aguantado a los intelectuales de Occidente y limita dramáticamente su ayuda a los cubanos desde el exterior, y fue la autocrítica de Heberto. A partir de entonces, la formidable hermandad nunca sabe cuándo los cubanitos van a salir de su temporada carcelaria con el cerebro lavado y que te dejen en el más absoluto de los ridículos cuando te desenrollen la inspirada autocrítica redactada esa tarde en el centro de instrucción. Pero Fidel también aprendió que, incluso a los artistas, se les podía utilizar para el intercambio. Luego de haberle entregado las banderas de la Revolución Mundial a la intelectualidad europea de fines de los 60, nada mejor en 1971, para buscar un acercamiento con la URSS- -las reservas en los tanques de petróleo de las refinerías cubanas descendían a niveles críticos, debido a la lentitud de los suministros- -que demostrarle a la momificada dirigencia del Kremlin que él también sabía meter en cintura a esos equivocados. Así que Heberto para las galeras. En cuanto a Raúl, luego de que yo lograra exiliarme, traté de convencerlo de que saliera de Cuba cuanto antes. Tengo una decena de casetes de nuestras conversaciones telefónicas, en las que se mezclan mis consultas por algún título mío, o alguna frase que no me acababa de convencer o que requería de su aprobación, con nuestras bromas habituales y, con denuedo, mis ruegos de que acabara de emigrar, y no porque nadie lo fuera a querer en Miami, sino para que experimentara la libertad y viviera de su talento. Teníamos un sueño, uno que yo lo inventé para marearlo: él con unos mocasines blancos, una camisa de palmeras estampadas, un sombrero tejido de Panamá y sus gafas calobares de piloto. Esa era la presencia con la que iba a establecer su reino de poesía en Miami. Otras veces, por teléfono, evocábamos la arboleda de almendros y ceibas, al otro lado del túnel de la Quinta Avenida, de Miramar, que desandamos tantas veces para convencernos mutuamente de que no debíamos desertar, siempre dándole una oportunidad más a la Revolución, y que eran las caminatas que dimos en llamar de lucha contra el deseo del bote. Mas él me insistía en las posibilidades de su agencia de prensa independiente, y es seguro que en algún momento pensó que podía instalarse con ese proyecto y que había logrado un buen negocio. Hasta el día de su arresto. La coartada de Fidel en este caso fue el activismo político de Raúl. En verdad, Raúl ha sido, de todos nosotros, el que ha ido más lejos en esa aventura. Pero que significaba para Fidel, de cualquier modo, el riesgo de que encarcelaba a Raúl por hacer política. La remembranza era cercana a un Marcos Ana o a un Miguel Hernández, pero no en una mazmorra del fascismo sino en una del comunismo. Mas comenzó a tener su atractivo para Fidel a medida que las relaciones internacionales se le complicaban. Entonces Raúl adquirió el valor del mejor rehén de sus inventarios. De modo que la historia cierra como un animal que se muerde la cola. Lo que comenzó con Raúl arrestado como último recurso para contener una ofensiva liderada por James Cason, el jefe de la misión diplomática americana en La Habana, termina dos años después con Raúl siendo una pieza de intercambio en la trifulca de la Unión Europea y ceder ante los buenos oficios del Gobierno de Zapatero. En el primer caso, los yanquis se batieron en retirada, y abandonaron a su suerte a Raúl y a los otros activistas. En la situación actual, está por ver si se obtienen las ganancias políticas para las que ha invertido este prisionero. Respecto a Raúl, es de desear que se monte en el primer avión para el que le reserven asiento. Mi consejo de hermano es que ni siquiera mire para atrás. NORBERTO FUENTES Escritor