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ABC MIÉRCOLES 1 12 2004 La Tercera SI YO FUERA AZNAR E L e- mail ha de caracterizarse como a medias entre el telegrama y la carta, pero cierto amigo mío sevillano me acaba de mandar un e- mail mucho más amplio que un telegrama y superando la extensión educada de una carta. Su texto- -pura obsesión- -se refiere a lo que él haría si fuese José María Aznar, Felipe González, José Luis R. Zapatero y Mariano Rajoy. Dos presidentes que ya no lo son, otro que lo es y un candidato. Bello ejercicio en ficción política. Y lo más curioso es que mi amigo se refiere especialmente a la posibilidad de convertirse en Aznar. Destaco algunas frases del e- mail. Si yo fuera González, mostraría mayor adhesión a los proyectos de Zapatero, no hubiera solicitado el perdón para Vera, y me dedicaría a pasear y a comer langostinos Sobre Rajoy: Pondría orden de una vez en el partido, contemplaría el futuro sin tanto remover las cenizas (aún con ascuas) de las elecciones famosas, y resistiría como el casto José la tentación de pedirle a Fidel Castro que me enviara unas cajas de puros habanos (Mi amigo me aclara que Rajoy es fumador de indeclinable vocación. No lo sé) Sobre Zapatero: Si yo fuera él, no hubiera invitado a Chávez, ese venezolano con rostro de no tener infancia, hubiera echado a Moratinos por su acusación golpista a Aznar, y no sonreiría tanto, que un día Zapatero no va a poder quitarse la sonrisa ni para dormir, aunque sospecho que la sonrisa es una metáfora de su ansiada pacificación nacional Le llegó el turno a Aznar: ¿A quién se le ocurre no querer continuar como presidente del Gobierno? Y ¿a quién se le ocurre permitir que informaran de su entrevista privada con Bush, si fue eso, privada? De ser yo Aznar, no hubiera apoyado la impopular intervención en Irak, ni tampoco, ya convertido en ex presidente, me hubiera ido de profesor de constante ida y vuelta a Georgetown University en Washington. Vale, la universidad tiene su postín, los jesuitas que la rigen siempre lo tuvieron, y allí estuvo diez años atrás el Príncipe Don Felipe, allí estudiaron también Bill Clinton y un dios del baloncesto, Patrick Ewing. De todas maneras, ¿qué se le ha perdido en Washington? Elogia a González y Aznar porque mimaron la europeidad y el bienestar de los españoles y por no haberse puesto a sestear, ya jubilados, a la sombra lucrativa de las grandes empresas; además, le agradece a Aznar su agotadora comparecencia ante la Comisión que investiga los atentados del 11- M. En cuanto a Zapatero y Rajoy- -opina mi amigo- están condenados a entenderse. Al final del e- mail, me pregunta qué haría yo si fuera ellos. Yo, transformado mágicamente en cada uno de los cuatro. Dispuesto a contestarle, medité sobre algo evidente en sus palabras y que me parece muy representativo de innumerables españoles de hoy: la presunción. El primer defecto nacional no es la envidia, como creía Unamuno, sino la presunción. En este país nuestro se presume mucho de hacerlo mejor en la piel de otro- -así mi amigo- -y se presume de infinitas cosas más. Se presume de hermosura y de juventud, no existen los ancianos, nos los hemos cargado Españoles que odiáis a Estados Unidos, no os disfracéis entonces de vampiros y brujas en la fiesta de Halloween, no veáis sus películas, no cantéis lo que cantan Britney Spears o Eminem, no bebáis cocacola, no disfrutéis de sus conquistas científicas (empezando por la luz eléctrica) no viajéis a Tejas... sin necesidad de matarlos. Qué modo de agobiar, tanta exhibición juvenil, tantos cuerpos rosados de abundancia o de sucinta carne de modelos. Se presume de acostarse con Fulana o Fulano, y conste que la jactancia no es exclusiva de los españoles; la actriz Angelina Jolie ha declarado que ella proporciona enorme placer a mujeres y hombres, y que en el sitio más íntimo de su cuerpo (en la vagina, vamos) tiene un tatuaje con el nombre de no sé quién. Señorita, qué necedad, acuda en secreto a los parques impresos de las ofertas sexuales y no universalice su disponibilidad. Cuando salen algunas en la tele alardeando de libertinaje, me digo a mí mismo: -Ya están aquí las Barandas. Así las llamo, las Barandas, por dos razones: por lo tocadas y porque son de paso. Y cómo se presume de dinero, de nivel de vida. España es el sexto país mundial en la fabricación de automóviles, y veinticinco millones nos vuelven locos con la contaminación, el escándalo, la invasión de espacios. Se presume de viviendas, pero los jóvenes no pueden comprarlas antes de los treinta años y pierden una eternidad pagando el crédito hipotecario. Se presume de igualdad entre hombres y mujeres, y mu- cho se ha avanzado, queriendo el Gobierno dar ejemplo con el nombramiento equitativo de mujeres al frente de los ministerios. Pero en una fotografía reciente de Zapatero y los diecinueve presidentes de las Comunidades, sólo hay una mujer, Esperanza Aguirre. ¿Se presume de ser español? No demasiado. Se presume de ser local. Algunos políticos están desbarrando, como el señor Carod- Rovira, es patético, tiene cara de foca extraviada, ¿por qué no regresa al frío? Y se presume de don Quijote en el cuarto centenario del libro. Hacia el final de la novela, alaba don Quijote a Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes Sospecho que si a don Quijote lo resucitaran de pronto en el estadio del Barcelona y viese aquella pancarta de Catalonia is not Spain se iban a enterar los insolentes. Demonios, sólo una minoría de la amada y admirada Cataluña desea desgajarse de España, chillando independencia desde la pendencia. Y cómo defendería don Quijote a su lengua castellana, tan estropeada hoy; penoso es comprobar la incultura que nos ahoga, cuánta lucha para que no violen el idioma tras emborracharlo de ortografía, desarreglarlo de preposiciones, morderlo de acentos, taparle la boca con palabras extranjeras innecesarias y rebuznar lujuriosamente de vocabulario anémico. Sé que pido lo menos, cuando lo más es que casi la mitad de los españoles no leen ni un libro al año. Si don Quijote se volvió loco por leer, su locura no contagia. Una última presunción, muy peligrosa en estos días: alardear de tirria a los norteamericanos. Según una encuesta que organizó Le Monde, sólo el cuarenta y siete por ciento de los españoles los mira amistosamente. Nuestro país es el primero, entre diez desarrollados, en antiamericanismo. Se puede ser anti- Bush o antiKerry, pero ¿antiamericano? Españoles que odiáis a Estados Unidos, no os disfracéis entonces de vampiros y brujas en la fiesta de Halloween, no veáis sus películas, no cantéis lo que cantan Britney Spears o Eminem, no bebáis cocacola, no disfrutéis de sus conquistas científicas (empezando por la luz eléctrica) no viajéis a Tejas para operaros, no compréis sus automóviles, no sigáis su Liga de baloncesto, no estudiéis en sus universidades, no leáis sus libros más vendidos, no compréis ropa en Nueva York o en Miami, no presumáis de que cuarenta millones hablan español en Estados Unidos, vosotros no hicisteis nada para que sucediera, no despreciéis al noble país que inventó la democracia moderna y ha salvado a Europa dos veces, dejándola llena del silencio vencedor de sus muertos. Los americanos volverían a salvarla. Mi amigo me repitió el e- mail. Tenía que contestar a su pregunta múltiple: ¿qué haría yo si fuera Aznar, González, Rajoy y Zapatero? Le respondí: Si fuera Aznar (y es aplicable a los otros) no sería yo, sería Aznar. Por lo tanto, haría- -para bien o para mal- -exactamente lo mismo que él hizo, hace y hará MANUEL MANTERO Escritor y catedrático universitario en Estados Unidos