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ABC MARTES 30 11 2004 Opinión 7 JAIME CAMPMANY Esta Comisión no quiere investigar. Quiere esconder el propósito de los autores de dar un vuelco a las urnas EL CIRCO MÁXIMO E levanto en este momento- -ocho de la noche- -después de once horas de permanecer ante la pantalla del televisor, y como en mis años de juventud sosteniendo la paciencia y el cansancio a fuerza de cafés. Y confieso a los lectores que acabo de asistir a un espectáculo de ferocidad dialéctica y de miserabilidad política. La única metáfora que se me ocurre para dar una idea gráfica y breve de la comparecencia de José María Aznar en la Comisión parlamentaria de Investigación del 11 de marzo es comparar lo que allí ha sucedido con una tarde romana en el Circo Máximo, cuando un cristiano era echado a las fieras. Bien es verdad que en este caso ha sido el cristiano quien ha devorado a los leones, a los tigres y a alguna que otra hiena. En el debate- -combate- -parlamentario siempre hay alguien que queda mejor que el oponente, pero eso no es lo más importante de la confrontación política de los contendientes polémicos. Hay algo mucho más importante. En este caso, lo verdaderamente importante es que se levanta uno del sillón ante el televisor después de las once horas de escuchar a los representantes de todos los grupos políticos de la Cámara con la decepcionante impresión de que la investigación de aquella Comisión, después de meses de trabajo (que quizá se prolonguen días, semanas o más meses) terminará por mantener la confusión acerca de las verdaderas responsabilidades políticas y de otro tipo que hoy rodean aquella terrible masacre. Los partidos que integran la coalición gubernamental, además de otros grupos que se suman a ella, siguen empeñados en acusar al Gobierno de Aznar de la culpabilidad de los atentados del 11- M. Los acontecimientos aconsejan ahora suavizar las referencias a la guerra de Iraq. Incluso hemos escuchado a Álvaro Cuesta, portavoz socialista, hacer un elogio encendido de la grandeza de George W. Bush como estadista. Algunas señorías reían sonoramente, otras señorías abrían la boca en gesto de asombro y Aznar, que es un orador de escasas bromas, ironizaba acerca de la publicidad inmediata que se dará al elogio para ayudar a templar unas gaitas que los socialistas dejaron casi despedazadas. Está claro que los comisionados socialistas y sus compañeros de coalición, tras abandonar la investigación de la autoría intelectual de los atentados en manos del juez (de los autores intelectuales mejor no hay que hablar se agarran ahora a la tesis de la imprevisión del Gobierno respecto de las amenazas del terror islamista y su empeño en mentir durante las horas siguientes a los atentados. La guerra de Iraq, la amistad de Aznar con Bush, el triángulo de las Azores, antes, y ahora la imprevisión, la descoordinación de la Fuerzas de Seguridad, las supuestas mentiras a los ciudadanos y ciudadanas son obsesiones utilizadas para apartar de la investigación el acoso a las sedes del PP, los insultos a sus líderes, las pancartas, las manifestaciones espontáneas y la grave ruptura de la jornada de reflexión Y para esconder que los inventores de la masacre perseguían, al sembrar el terror, un vuelco electoral en las elecciones del 14, tres días después de la masacre. M IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA El interés por congraciarse con una minoría que merece todo el respeto no debe entrañar la ruptura de la idea de la familia ni la equiparación legal de lo que no es equiparable naturalmente INCOHERENCIA A polémica sobre el matrimonio entre homosexuales no enfrenta a católicos y a quienes no lo son. No es una disputa religiosa. Por mi parte, la cuestión está bastante clara. El interés por congraciarse con una minoría que merece todo el respeto no debe entrañar la ruptura de la idea de la familia ni la equiparación legal de lo que no es equiparable naturalmente. No merece la consideración de matrimonio y familia una unión, por afectiva que sea, que no entrañe la posibilidad de la transmisión de la vida. Sólo quisiera ocuparme ahora de un argumento que esgrimen los defensores del matrimonio homosexual, del que no son capaces de extraer las consecuencias debidas. Se trata de un problema de coherencia. Puede exponerse más o menos así. Quienes se oponen al matrimonio entre homosexuales son reos de dogmatismo e intolerancia. A ninguno de ellos se les obliga a contraerlo; sólo se les exige que respeten el derecho de quienes disienten Aparentemente, se trata de liberales, pero su liberalismo exhibe freno y marcha atrás. Retroceden ante las consecuencias lógicas de sus argumentos, algo que puede comprobarse mediante su actitud prohibicionista hacia la poligamia. Si el criterio fundamental es el arbitrio de las personas, siempre que no perjudiquen a otras, no acierto a entender en virtud de qué razones pueden oponerse a la poligamia libremente aceptada por adultos. En realidad, el caso dista de ser de laboratorio. Lo plantean, por ejemplo, los mormones y muchos musulmanes. Para evitar la consecuencia natural de sus planteamientos invocan, en vano, la igualdad, concretamente la de la mujer. Pero resulta evidente el uso tendencioso e impositivo de la idea de igualdad. Por un lado, se la invoca para equiparar lo que es esencialmente distinto: la unión matrimonial heterosexual tendente a la procreación y las uniones afectivas homosexuales, impedidas por L naturaleza de toda procreación. Por otro, se invoca la igualdad entre el hombre y la mujer, para imponerla a quienes- -hombres y mujeres- -pueden disentir. Si de lo que se trata es de tolerar todas las concepciones de la familia, sólo en nombre de la ideología o del paternalismo pueden ser excluidas las relaciones polígamas o las comunas como formas del matrimonio. El argumento debería llevar lógicamente a la misma conclusión: quienes discrepen de la poligamia, que no la contraigan, pero que toleren que sus partidarios la practiquen. Nadie debe imponer a ningún adulto sus propias convicciones. Por este camino, ni siquiera podría ser proscrita la ablación del clítoris practicada a mujeres adultas con su consentimiento. ¿A quién perjudican sino a ellas mismas? ¿Existe alguien dotado de una sabiduría superior que le permita imponer a los demás lo que es bueno o malo para ellos? ¿No nos encontramos ante un acto de imposición de las propias convicciones a quienes no nos perjudican por sus prácticas libremente asumidas? ¿Es que no se vulnera la igualdad si no se reconoce el derecho de los polígamos, discriminados por razones ideológicas? Así que, monógamos y polígamos, cada cual a lo suyo. Libertad para todos. Si las palabras son puras convenciones flexibles como chicle, ¿quién impedirá que cada cual llame matrimonio a lo que le venga en gana? Si no me equivoco, la contradicción reside en que no resulta fácil invocar los principios por quienes previamente los han destruido. Si unos ponen el límite en el número dos, no se ve por qué otros no puedan ponerlo en la condición heterosexual, por lo demás inexcusable para la paternidad y la maternidad. No hay matrimonio sin madre. Y no hay madre sin padre. Y dos personas del mismo sexo no pueden ser padre y madre. Luego, no son matrimonio.