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22 Nacional DOMINGO 28 11 2004 ABC ALVARO DELGADO- GAL NI CONCEPTOS NI ARITMÉTICA e amplía el frente de desencuentros entre la Iglesia y el Gobierno. La última escaramuza la ha protagonizado Amparo Valcarce, secretaria de Estado de Asuntos Sociales. A principios de semana, Amparo Valcarce instó a los ciudadanos a que se abstengan de marcar la casilla correspondiente a la Iglesia en la declaración de la renta y apoyen a las ONG. Come es bien sabido, el contribuyente puede optar por ambas alternativas simultáneamente. Ello añade un punto de violencia a la recomendación de la secretaria de Estado. Pero no acaba aquí el asunto. Vayamos por partes. Resulta preocupante que el Gobierno se embarque en militancias que rebasan su capacidad de acción legítima. Por supuesto, el Gobierno tiene derecho a promover políticas sociales que no gustan a la Iglesia. A lo que no tiene derecho es a coaccionar por el lado fiscal a grupos o instituciones disidentes. Imaginemos por un momento que la financiación de los partidos se efectuase también colocando en el IRPF una serie de casillas, adornada cada una por las siglas de rigor. No sería recomendable, en mi opinión, que un S partido cualquiera llevara su celo hasta el extremo de proponer el boicot fiscal de otro partido. Pero lo podríamos entender, aunque lo reprobemos. ¿Por qué? Porque ningún partido está por encima de otro partido. Por definición, los partidos son parcialidades que se disputan la posesión del poder. Ahora bien, el Gobierno sí está, a ciertos efectos, por encima de todos los partidos, incluido aquél que lo sostiene en el Parlamento. Ha de poner por tanto un cuidado exquisito en no confundirse con una parcialidad concreta. La obligación de gobernar, y de impulsar políticas que no pueden ser del agrado de todos, no le autorizan en absoluto a valerse de la palanca del Estado para quitar de en medio a un rival ideológico. Eso es lo que ha hecho Amparo Valcarce, desconociendo gravemente los límites a que debe hallarse sujeto un cargo público. El exceso de la secretaria de Estado no es fruto, simplemente, de una ofuscación momentánea. Me temo que responde, más bien, a falta de claridad sobre aspectos fundamentales de la democracia. Valcarce pidió a los cardenales de la curia romana y a los obis- pos que respeten lo que han votado los españoles Valcarce presume, por las trazas, que los ciudadanos votan programas, y que la función de un Gobierno se reduce a servir de amanuense del programa más votado. El cual coincide, claro está, con el del partido que respalda al Gobierno. Esto es un disparate. En una democracia parlamentaria, los partidos negocian o pastelean la mayoría que hará posible la formación de un Ejecutivo estable. En pocas ocasiones coinciden en materia ideológica, ni mucho menos concurren en los objetivos a que la Administración debería destinar, prioritariamente, los recursos comunes. El resultado es que la relación entre el programa propuesto al votante y el que se lleva finalmente a cabo es tenue o, en todo caso, difícil de determinar de antemano. El votante, por supuesto, no está en Babia y acostumbra a no leer los folletos presurosos y con frecuencia incoherentes que circulan bajo el nombre de programa electoral Se votan orientaciones genéricas o se vota por motivos que ni siquiera dimanan directamente de la ideología: por ejemplo, porque se está harto del Gobierno anterior. Un político prudente no cometerá nunca el dislate de pensar que el pueblo ha suscrito sus pequeñas y personales obras completas. Será consciente del carácter precario de su mandato e intentará encontrar un punto de equilibrio entre la línea ideológica con la que vagamente se le identifica, las no- vedades sobrevenidas- -los socios cooptados entre bambalinas, no es la menor de ellas- -y la conveniencia de no agraviar innecesariamente a una masa importante de ciudadanos. La salida de pata de banco de la secretaria de Estado confirma una pauta de comportamiento casi constante dentro del Gabinete actual. Se diría, escuchando a José Luis Rodríguez Zapatero y a otros que están por debajo de él, que el Gobierno es la encarnación de la voluntad general. Como es bien sabido, fue Rousseau- -origen histórico de muchas dificultades francesas para montar un régimen parlamentario viable- -el acuñador del concepto voluntad general Rousseau, por cierto, contrastó la volonté générale con la volonté des tous o voluntad de todos La voluntad de todos era la suma de las voluntades particulares y nunca, ni aun en el caso de una unanimidad absoluta del electorado, podía equivaler a la voluntad general. Puesto que la última ha de expresar, sin desviaciones individuales de ningún tipo, los intereses generales. La voluntad de todos sólo será equiparable a la general en la hipótesis fantástica de que los pensamientos de cada ciudadano se vean absorbidos sin residuos por el bien común. En el caso español, la voluntad de todos tomando como referencia al PSOE más Izquiera Unida, apenas si rebasa el 34 por ciento del censo. Además de los conceptos, que es lo principal, falla la aritmética.