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ABC DOMINGO 28 11 2004 La Tercera NUESTRO ENEMIGO, EL AUTOR L hombre que estaba conmigo en la barra del café me dijo: Al fin nos hemos librado de la tiranía de los autores Era un gerente. Controlaba varias compañías teatrales de las que actuaban en Madrid y casi todas las que hacían turnés por provincias. A los chicos de antes de la guerra, por lo menos a los que iban a mi colegio y a los que jugaban en mi calle, no les gustaba el teatro, ni siquiera el llamado teatro infantil Los que habían ido una vez no pensaban volver; y los que no habían ido y sólo lo conocían por referencias de amigos no pensaban ir nunca. Por lo tanto, el autor, la figura del autor, lo que significaba o dejaba de significar dentro del conjunto del espectáculo, les tenía sin cuidado. Pero a mí siempre me pareció, y habría deseado equivocarme, que a buena parte de los profesionales, desde los empleados de la guardarropía hasta los empresarios, pasando por los actores y actrices estelares y secundarios, los autores de las obras les inspiraban en unos casos menosprecio y en otros miedo. Tuve yo la suerte, la buena suerte, de ser espectador durante mi infancia de obras de teatro que se titulaban El signo del Zorro, 20.000 leguas de viaje submarino, Miguel Strogoff, el correo del Zar... Para un chaval de menos de diez años aquel teatro era algo tan divertido y emocionante como las novelas de aventuras o los tebeos; por eso no compartía con mis amigos de la calle y del colegio la opinión, unánime entre ellos, de que el teatro era un tostón. Esto pudo suceder porque allá por los años 20 y 30 del siglo XX el primer actor y director Enrique Rambal, en cuya compañía estuvo contratada mi madre, se había especializado en un género que denominaba gran espectáculo y que tenía su fundamento en adaptaciones de novelas y de películas. Las mil y una noches, Sin novedad en el frente, El conde de Montecristo figuraban en su repertorio. Después de Rambal, sólo esporádicamente se interesó la gente del teatro por las adaptaciones de otros géneros, aunque, como es sabido, de manera encubierta o declarada los autores teatrales siempre se han abastecido de obras anteriores a las suyas o, cuando no las había, de leyendas, crónicas, cánticos populares o textos religiosos. Shakespeare, Molière, Lope, Calderón... no se avergonzaron de ser adaptadores. Y en nuestros tiempos, poco a poco, entre los autores, directores y empresarios teatrales ha surgido y se ha reafirmado, quizás a impulsos de la actual globalización del gusto, y sirviendo de vehículos los festivales de teatro, la televisión y el cine, la tendencia a recurrir a adaptaciones teatrales de otros géneros. Hace años era habitual adaptar al cine obras teatrales o novelas de los más diversos estilos, Vive como quieras, Gran Hotel, Tarzán de los monos... Quizás cuando en sus comienzos el cine buscaba fuentes en la literatura narrati- E Ante el hábito actual de adaptar al teatro novelas y películas hay quien pregunta qué puede aportar a los espectadores la representación teatral que no hayan aportado ya las películas o las novelas. La respuesta es bien sencilla: en los tiempos de Rambal, el color y el sonido, algo que no ofrecían las películas de entonces, silenciosas y en blanco y negro va y el teatro, daba una prueba de modestia: frente a los dos grandes maestros se consideraba un novicio. En cambio, actualmente la versión teatral de la película El verdugo, de Berlanga y Azcona, consigue un gran éxito de público y de crítica, lo que en un mercado tan renuente a nuestro cine como el español es algo significativo. Y en unos espectáculos tan en boga como los denominados musicales los ejemplos de El fantasma de la Ópera y Los miserables son suficientes. Adaptar al teatro novelas, películas, crónicas, corres- pondencias, es ya una costumbre. Pero en este nuevo esquema, ¿dónde queda el autor? ¿qué lugar ocupa? ¿qué le corresponde? Hace algunos años, un amigo mío, excelente pintor y escenógrafo teatral, al preguntarle en un interrogatorio de prensa que después de haber trabajado con autores de los más variados estilos y tendencias a cuáles prefería, respondió que prefería a los muertos. ¿Un caso de menosprecio, o de miedo? Ante el hábito actual de adaptar al teatro novelas y películas hay quien pregunta qué puede aportar a los espectadores la representación teatral que no hayan aportado ya las películas o las novelas. La respuesta es bien sencilla: en los tiempos de Rambal, el color y el sonido, algo que no ofrecían las películas de entonces, silenciosas y en blanco y negro. Y en nuestros tiempos, la presencia viva de los actores, algo que sólo el teatro puede aportar. No digo que la relación espectador- actor vivo suscite una emoción superior a la que puede suscitar la relación espectador- actor reproducido (en el cine o en la tele) pero sí necesariamente una emoción distinta. Con frecuencia me viene el recuerdo de aquella lúgubre ingeniosidad de mi amigo escenógrafo cuando observo el trato que en el cotarro teatral se da actualmente al autor. Recibo la impresión de que se le desea no tanto como muerto, pero por lo menos medio desaparecido o no existente. Echo un vistazo a la cartelera teatral del periódico. En treinta y tres teatros de los que ofrecen espectáculos en Madrid no figura el nombre del autor de la obra que se representa. Y entre los que sí figuran, siete son de los que le gustaban a mi amigo escenógrafo: muertos. En el teatro actual una comedia para llegar al escenario puede tener promotores, ejecutivos, empresarios, traductores, adaptadores, consejeros culturales, patrocinadores, dramaturgistas (ojo, no es error: dramaturgo es el que hace la obra; dramaturgista, el que hace la dramaturgia. Y en algunos casos el autor es un colectivo Pero, por motivos que es difícil precisar, no conviene que el autor sea una persona humana de uno u otro sexo. Quizás se le menosprecia porque eso lo hace cualquiera o se le envidia porque no trabaja a horario fijo, o se le teme porque, al fin y al cabo, como la obra es suya tiene la sartén por el mango. Todo eso, en pretérito, porque, como me dijo mi amigo el gerente en la barra del café, se ha terminado la tiranía de los autores. Quizás sea conveniente que haya terminado, si la hubo, como cualquier otra tiranía. Pero no es útil ni justo convertir a este tirano en esclavo sin nombre. A mi modesto parecer lo más recomendable es superar las divergencias y, como en tantos órdenes de la vida, llegar cuanto antes a la reconciliación. FERNANDO FERNÁN- GÓMEZ de la Real Academia Española