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ABC JUEVES 25 11 2004 La Tercera TUERCAS SUELTAS H ACE unas semanas se aprobó en Consejo de Ministros la ampliación del matrimonio a las parejas homosexuales. La Iglesia puso el grito en el cielo, otros, no necesariamente creyentes, arrugaron la nariz, y otros todavía, antes que la nariz, arrugaron el entrecejo, porque la cuestión no está sólo en determinar si es correcto o incorrecto que se dé acogida en el Código Civil al matrimonio homosexual. Reside, más bien, en la dificultad de entender lo que se persigue con semejante medida. Hasta donde alcanza la memoria, matrimonio y reproducción han sido las dos caras de una misma moneda. Casarse era un modo, el modo por excelencia, de incrustar el hecho genésico en un entramado de derechos y obligaciones. Desde esta perspectiva, la legalización del matrimonio homosexual resulta por entero lunática. Permitir que los estériles se organicen para la procreación no sería mejor, o más inteligente, que garantizar a los huérfanos un mes pagado de vacaciones con su padre y con su madre. La historia, evidentemente, no puede concluir aquí. Ha de ofrecer otros ángulos, otras vías de entrada. Consideremos la alternativa siguiente: el matrimonio habría dejado de integrar en una estructura aplicada a tales o cuales funciones- -la crianza regulada de los hijos en el caso del matrimonio tradicional- para convertirse en una profesión de fe amorosa que se hace en presencia de la comunidad, congregada en calidad de testigo alrededor de los contrayentes. Dado este paso, se llega inmediatamente al matrimonio homosexual. El que se casa le dice al otro te quiero con más vehemencia, de modo más empeñoso y comprometido, que aquél que inicia una convivencia no mediada por el matrimonio. Los homosexuales están autorizados a decirse te quiero con el mismo denuedo que los heterosexuales. Ergo, los homosexuales tienen el mismo derecho al connubio y sus pompas externas que los heterosexuales. Éste fue, en mi opinión, el silogismo implícito de Zapatero cuando, en la sesión de investidura, aseveró que homosexuales y transexuales merecen la misma consideración pública que los heterosexuales y tienen el derecho a vivir libremente la vida que ellos mismos hayan escogido Resistirse al matrimonio gay sería insolidario. Entrañaría rehusar a los homosexuales la sanción social a que su amor les hace acreedores. La reducción del contrato matrimonial a un acto ilocucionario de coloración eminentemente emocional habría producido un pasmo infinito en nuestros abuelos. Durante períodos dilatadísimos de la historia, se ha dado por sentado que el amor era un lujo, un floreo, que por lo general se verificaba fuera del vínculo conyugal. Recordemos la era clásica. El amor que más ha trascendido a los textos era el que el hombre maduro y por lo común casado dispensaba al efebo- -véase Cicerón: Sobre la naturaleza de los dioses, Libro I, cap. 28- Mucho más tarde, en el 1300, Dante no celebró a la madre de sus hijos: celebró a la inaprensible Beatriz. La efusión amorosa, en una palabra, no ha equivalido, o no ha sido costumbre que equivaliera, al sistema de expectativas, inclinaciones y hábitos en que se sustentaba la sociedad formada por un esposo y una esposa. No se desprende de aquí, claro está, que muchos maridos no hayan estado enamorados de ¿Se pretende, acaso, abrir a los homosexuales una avenida hacia modelos amorosos que cierta izquierda, sin confesárselo, considera óptimos? ¿Sería el matrimonio homosexual un poco como los sistemas de becas para los jóvenes sin posibles? sus mujeres, y al revés. Presumo que dos personas que continúan mutuamente intrigadas o interesadas después de que se haya apagado el fuego de la pasión se aman, aparte de tenerse afecto. Pero, repito, el amor conyugal, ignoro si muy frecuente en términos estadísticos, no ha sido un fin. La gente no se ha casado para amarse mejor o con más plenitud, sino que, en habiendo suerte, ha resultado a veces que se iba amando conforme pasaban los años y el matrimonio se mantenía firme. El amor era un sentimiento surgido ex post, al hilo de un proyecto inspirado en móviles, afanes e intereses no amorosos por fuerza, o no amorosos en primera instancia. Se trataba de un efecto colateral o de una economía externa del matrimonio, no de su causa. Lo que ha valido a lo largo de milenios para fulano y mengana, considerados individualmente, rige con igual rigor para la especie, tomada por junto. Imaginemos que llega el mago Merlín, agita su varita mágica y eterniza al personal en la edad envidiable de veinticinco años. ¿Porfiarían los hombres en seguir teniendo hijos? Es evidente que no. ¿Persistiría la institución matrimonial? Tampoco. Más aún: ¿seguirían vigentes los sentimientos conyugales? Otra vez, no. No sobreviviría el matrimonio, ni sobrevivirían, no ya el amor conyugal, sino, tan siquiera, los afectos conyugales, por lo mismo que no sobrevivirían los sentimientos sociales si a cada ser humano le aconteciera ser estrictamente autosuficiente. Los sentimientos sociales, inclui- dos los más sublimes- -lealtad, solidaridad, ciertas nociones del bien común- y también los conyugales, no han surgido de un conato de la voluntad, o de un esfuerzo deliberado. Más bien, representan respuestas funcionales a un estado de necesidad- -la indefensión del hombre aislado; el hecho de que son dos los aptos a multiplicarse, no uno- -que nadie ha escogido. Y que, en tanto que nadie ha escogido, cabe llamar naturales Por tales derroteros discurren, abstracción hecha de la ley divina, las objeciones de la Iglesia al matrimonio homosexual. O eso opino al menos. En esencia, la Iglesia considera vanidosa, inmodesta, la tendencia del sujeto moderno a rebelarse contra los límites que de tejas abajo imponen las cosas, como si éstas no ejercieran sobre él, empezando por su cuerpo, ninguna presión, ningún estorbo, ninguna dificultad. No me detendré aquí a discutir si la Iglesia está en lo cierto. Sospecho que el asunto del matrimonio homosexual, en un momento en que están desapareciendo las diferencias entre pareja de hecho y pareja de derecho- -más del 30 por ciento de las madres son solteras en la UE- se ha vuelto más confuso o estrafalario que escandaloso. Aun así, convengo en la extrañeza, el embarazo, de quienes no se explican en el fondo la militancia del Gobierno contra la vieja fórmula matrimonial. Pase que, en la España de la autarquía, dos españoles que deseaban vivir juntos se casasen. No habrían podido vivir juntos si no se hubieran casado, o no podrían haberlo hecho en condiciones tolerables. Ahora bien, ¿qué razón existe para que, en las fechas que corren, dos homosexuales que se aman hayan de casarse, amén de vivir juntos? ¿Cuál es la ventaja de que se casen en un momento en que los no casados no sufren discriminación alguna, o en el peor de los casos están expuestos a discriminaciones que pueden combatirse mediante garantías jurídicas asumibles incluso por la derecha conservadora? ¿Por qué, por expresarlo brutalmente, es tan importante que dos individuos que no se hallan conformados para la fecundación del uno por el otro desarrollen o intenten desarrollar el tipo de amor que suele crecer sobre una estructura orientada a la procreación? ¿Qué hay detrás? ¿Cuál es el truco? ¿Alimentar ilimitadamente la libertad del individuo? ¿Aumentar su menú de opciones? ¿Proporcionar a quienquiera los deliquios que la derecha nostálgica asocia al matrimonio supuestamente feliz, trabado, abundante en prole, de los años cincuenta? ¿Se pretende, acaso, abrir a los homosexuales una avenida hacia modelos amorosos que cierta izquierda, sin confesárselo, considera óptimos? ¿Sería el matrimonio homosexual un poco como los sistemas de becas para los jóvenes sin posibles? ¿Una extensión de bienes excelentes a los injustamente marginados? ¿Es injusto que dos homosexuales no repristinen en sí las vivencias- -y mutuos conflictos, y mutuas complementariedades- -de un padre y una madre prospectivos? Estas preguntas no impugnan derechos. Sólo indagan sentidos. ¿Por qué? ¿Para qué? Mala señal que los derechos excedan al sentido. Cuando ocurre tal, es que alguna tuerca se ha soltado del engranaje. ÁLVARO DELGADO- GAL